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31.3.26

Viajar como obligación impuesta. De viajados a viajeros


Hay un sector que representa el diez por ciento o más de la economía española y en ciertas áreas es un monocultivo: en vez de inventar, recibir.

Los bares y restaurantes como punta de lanza se quejan estos días de que los efectos en precios y psicológicos de la guerra de Irán se están notando, entre eso y la bajada de temperatura están vacíos. Y la primera opción de escapada de Semana Santa en Zaragoza es ir a los pueblos como en los años ochenta, porque la mayor parte de nuestros padres no tenían la necesidad de viajar sino de cargarse de más obligaciones manteniendo el patrimonio de los abuelos que cobraban la perra gorda, muchos ni cotizaron. Cuando la vida les tocó, por trabajo o por su destino, por el contrario fueron personas viajadas.

Qué lejos nos quedan los viajes iniciáticos de los románticos, como el deliciosamente escrito de Goethe por Italia y el de los románticos franceses a España y la actual Marruecos. Cuando cruzaban los Pirineos, como los germanos y anglos los Alpes, pasaban al mundo de opereta de Carmen, a las tartanas por caminos de baches y las fondas o posadas de limpieza cuestionable. A los caprichos de Goya como poco, si no lo de más allá. Hoy al contrario, el norte de África y Península Ibérica dan lecciones de gastronomía popular y estado suficiente por el precio de los alojamientos, ser hospitalario es “su primera industria limpia” (a costa de su territorio).

Nuestros padres y abuelos vivieron en la hermosísima Calabuch de Berlanga y viajaron a la guerra como a un marine le encargan estos días no coger vacaciones y controlar, sin mirar una sola mezquita selyúcida, el Estrecho de Ormuz. Con que no les caigan drones ya cumplen como galeotes.

Mi abuelo materno vivió un tiempo en Tetuán y nunca me transmitió ni que hubiese un zoco especial y perfumado, una comunidad sefardí como nuestro origen descollante ni mezquitas o monumentos, ni siquiera artesanía, relevantes. Fue a lo que fue y yo fui a visitarla, no llevaba una guía de trenes ni de hoteles para atravesar la Península hasta Algeciras, comió y durmió lo que pudo y donde fuese, y me transmitió descripciones de cuarteles, barranqueras y rifeños. Y poco más haría Franco aparte de alguna recepción con vino fino con las autoridades locales que lo dirigió en su destacamento, como tampoco nos imaginamos al asesino serbio Gabrilo Princip dando una vuelta por Sarajevo antes de disparar contra Francisco Fernando.

La sensibilidad artística de Franco la entiendo limitada a salvar el Pazo de Meirás y ordenar la reconstrucción racionalista mudéjar de Toledo, el arco del Deán y la calle San Vicente de Paúl de Zaragoza llevándose por delante veinte palacios, que era lo que se llevaba entonces aunque Dominguín y Ava Gardner vivieran en su paraíso libertario.

Así nuestros antepasados fueron al frente y antes y después se turnaron los pastos sin fronteras de los puertos del Pirineo, bajaban a Pamplona a pasar un día y ver el ambiente para que Hemingway les robara el alma en una novela o se embarcaron a California y Argentina para no volver. Y un vez establecidos no les preguntes por si han ido a Yosemite ni el Perito Moreno, sino que sus pocas vacaciones las pasaban viendo Hollywood o chapoteando, no sabía nadar ninguno, en Mar del Plata con miedo montañés. O sea, yendo a Salou o Peñíscola al 90%.

Los viajes culturales iniciáticos, para recorrer catedrales o parques nacionales, los hacían Byron y cuatro más porque en España los de la Generación del 27 solo subieron a Guadarrama. Los anglos en su año sabático a la salida de Eton y antes de Oxford, muchos con lacayos y preceptores que pasaban los Pirineos y Alpes por sendas de pastor en macho y con las calesas desmontadas. Una vez en Bielsa o Aosta las recomponían para visitar.

Otros no viajeros, militares aparte, se desplazaron porque tenían un concepto del viaje como rogativa, como peregrinos poseídos por una fe o promesa dada. Vestían capas con el emblema del destino (la concha jacobea no se pesca en Jacetania) o, si iban de Aragón a Roma y Jerusalén –del mismo modo que hasta en Bosnia se pone el apellido Hadji, el que ha ido y vuelto a La Meca- recibieron el apelativo de romeros. Entonces el que doblaba a Eastwood, el gran Constantino Romero, es que descendía de uno de su pueblo especialmente inquieto.

En Japón sucedía lo mismo: alcanzar el santuario de Ise desde Nara entre cerezos en flor y cataratas o hacer la ruta de los templos de Shikoku implicaba tomar hábitos blancos. Era para iluminati, no necesariamente para “pijos” de la aristocracia y alta burguesía.

Quien más quien menos de la tribu que fuera conocía los relatos orales pasados de generación en generación de sus respectivos Odiseo, se les transmitía la obligación de la hospitalidad ante el extraño “de buena voluntad”. Tantos noviazgos y relaciones interrumpidos por el golpe de timón de la inconformidad hubo que se hacían rogativas y encargaban misas antes de empezar los viajes para preservar a los aventureros, se ponían efigies pequeñas a San Cristóbal en cada curva.

Hoy los accidentes son especial caldo de cultivo para conocimientos accidentales que dan lugar a relaciones cruzadas como en los viajes se conoce a almas gemelas y se discute con el amigo con quien compartes habitación, que pasa a presunto.

Ni Napoleón cruzo y conquistó el mediterráneo gracias a compañías de cruceros, ni según la mentalidad de Pizarro éste visitó Cuzco como Cortés no lo hizo con Tenochtitlán, y solo inquietos gourmands como Erasmo de Rotterdam al que le iba el buen morapio, dicen, fueron precursores de la actual sociedad de culos de mal asiento por querer recorrer Europa de universidad en universidad como catedrático. Precursor de Montaigne, los pintores y literatos del Barroco aragonés y español no tuvieron esa mentalidad cuando daban el salto de Nápoles a Roma para educarse artísticamente, sino que residían en colegios para estudiar los restos romanos sin pasar por los filtros de Mantegna o se tiraban como Cervantes, varios años de imaginarias.

Hoy cada crío de familia no hace falta que de clase alta es Erasmo haciendo ídem, es difícil distinguir a los romeros y resto de visitantes de Jerusalén, todos haciendo idéntico ruido pero con tres misas diferenciales, y se cuentan por millones los conquistadores anuales de Cuzco.

Pionero en los viajes introspectivos desde Humboldt, el turismo alemán nos redescubre permanentemente Aragón: en los 90 fue el Matarraña, hoy como destino de floración único en Europa.

El resto, viajamos como los antiguos comerciales, sin guías y con el libro de contabilidad de pérdidas y ganancias, vendiendo nuestra mercancía: contarlo luego. Ni peregrinos ni gentleman travellers, con la vista en el libro de cuentas y no en el de oraciones y paradas obligatorias, estaciones, de cada Rocío.

Midiendo el tiempo, con el guía pautando, bajo el cálculo porque todos somos del signo de Mercurio, hemos perdido la relación no productiva con el tiempo, la que trajo el románico lombardo, que tuvieron los romeros. En eso nos hemos convertido, en aprovechateguis del tiempo de ocio.

Todo este texto lo resumió mucho mejor un aragonés, el siciliano Battiato. Por no salir de Franco.

Nomadi che cercano gli angoli della tranquillità
nelle nebbie del nord e nei tumulti delle civiltà. 
La troverai, fuori città alla fine della strada.

31.03 Luis Iribarren

20.3.26

Irán Aragón en la Baja Edad Media. La Esperanza en el Redentor


¿Quién es realmente Donald Trump, quién Netanyahu? No son cruzados que reconquisten ni la isla de los barriles de Irán, no se plantean la gestión ulterior de la venganza chií. Van a pedir que Putin nos abra el grifo del gasoil a los que no vemos claro lo del coche eléctrico a cuarenta y dos grados subiendo Monrepós pero, vaya, que también se quema gas licuado para atender a tanto enchufe (del machihembrado y del otro).

Después está el neo líder mundial que a tanta población representa, caballero de la cada vez más triste figura, que nos ha sorprendido con un giro más de su personaje. El demagogo Sánchez se nos ha vuelto trágico, pasando por sofista. Y desafiando desde el quietismo al personaje que lidera al gendarme americano y su única industria competitiva (si no consideramos el desfase de costes misil-dro iraní), se ha apuntado a una versión de sí mismo hija de Gracián.

Ahora Pedro se ha comido al Jefe del Estado Borbón y aparece en el contexto internacional como un famélico, austero y firme de espíritu alcalde aristócrata de los pintados por el Greco, y ha conseguido laminar con su quietismo la huida sibarita hacia delante de sus pícaros conseguidores de Ferraz, no de sus ministros. Ha reemplazado a Felipe the King, como jefe de Estados –éste que tenemos plurinacional pero ampliado a los hispanoamericanos- y descuella por su discurso seco que ha anulado el de la oscarizada Yolanda.

Pareciera que le ha salido un sarpullido de pundonor, apelando a los principios generales del Derecho violados en caso de conveniencia por el comercial yanqui que coincide con el Islam de la yihad en que el derecho solo es una ley del talión, espirales de revanchas entre pueblos y a poner más para su OTAN en que maneja la plataforma de pago. Manda la fatalidad y la pasión, manda tapar vida privada y su chorboagenda, la siguiente será Cuba que para eso es de allí su ministro. 

Están probando a comprar ayatolas y los del chándal de Venezuela, que son pocos y no como todo un pueblo, porque la algarada de no comprar al ejército cubano cuando entren los de Miami con sus vetustos títulos de propiedad de Miami y Marco Rubio se instale en el Hotel Nacional, obligará a que un pintor o un fotógrafo aún desconocido pero próximo a Goya la inmortalice. Será un ejército que, con carácter íntegro y aun con sus antecedentes de tribunal de orden público, engrosará idénticas filas de otro de una democracia tutelada, como ya probaron en nuestra transición.

Retrate o pinte el artista las caras descompuestas, maceradas por el ron, de la primera noche de persecución de castristas de la manta de abajo o anticastristas en La Habana... los de Cubanacán deben estar suplicando clemencia del pozo de donde saben que no mana ese tipo de agua, a la desesperada, después de envenenar la suya…

La retórica siempre gana. Perdieron Platón, los superhombres de Nietzsche, el Concilio Vaticano II, gobiernan siempre los inmorales y la República, ni la segunda, es ideal.

España, antes de serlo, congregó hasta expulsarlas a las tres religiones del libro. Más que mezcladas, y como bien reflejan los mercados medievales, vivían en barrios diferenciados: la aljama judía, la medina morisca y la ciudad cristiana, en convivencia separada y cada una con su concepción de la autoridad moral de sus dirigentes. Apartados de los cargos públicos los judíos por decreto, reservados los mudéjares a oficios manuales como hoy.

En ocasiones, como con las expulsiones judías en la Baja Edad Media en la Corona de Aragón o la de los moriscos del siglo XVII para evitar conexiones con el turco, aquello fue un cafarnaum (batiburrillo) por no tomarse la adecuada política de Rodrigo Díaz de Vivar: en cuanto les conquistemos, los moriscos trabajarán para los nuevos titulares de la tierra. 

No siendo hasta la expulsión de los de dos de los tres libros que en Castilla se urbanizaron las plazas mayores, mercados y cosos taurinos para que los estratos sociales se mezclaran. En la Corona de Aragón no tuvieron predicamento, los conventos franciscanos y las lonjas de mercaderes ya fomentaban cierta ligazón social por conveniencia.

Quinientos años después, el interior de Irán sufre en el altar sacrificial, está padeciendo una guerra civil con apariencia de exterior para que nazca cualquier otro gobierno fuerte estraperlista, incluso religioso, sin las capas ilustradas de la sociedad persa. Hecatombe, en griego sacrificar cien bueyes para calmar a los dioses, se está quedando pequeño como indicador del volumen del sacrificio.

Como en toda guerra, así nació la tragedia o se refleja en el cine de los licenciados tras la Segunda Guerra Mundial, guerras de Vietnam o Irak, los participantes de los ejércitos o clanes kurdos no sacrificados deberán encontrar nuevo trabajo como señores de la guerra en la siguiente que nos preparen para especular con el carburante.

Los aristócratas del valor seguirán siendo arbitrarios en cuanto que les den otra oportunidad, pues toda Europa recuerda –lo manifiesta la posición de Meloni- que la jubilación de los comandos especiales del ejército italiano fue la causa de su integración en los fascios, provocaron un caudillismo acrítico justiciero al que no le importa la gestión del día a día, cuyos componentes suspiran por el retorno de los hidalgos y vivir a la sopa boba.

Contra todo este proceso imparable, resurge el mesías quijote Sánchez como actor del heroísmo ascético, del no pasarán y la inacción, del no a la guerra. Hay una parte de la España central que ya se lo está valorando (o la gestión del buen alcalde de Soria, que es lo mismo… 

Que aprecia que no se descomponga como el rápido con el florete e inconsistente Macron (Francia y Rusia tienen una conexión de siglos), que le haya salido bien no presupuestar e improvisar por Decreto-Ley –no como sucede con los fríos y desconfiados sajones, que se ponen en todos los escenarios menos cuando todo falla, y les sale el vándalo-.

Sánchez no necesita ser trepa, aguanta todas las emboscadas, se rodea de ministros funcionarios de alto valor gestor, no lo veremos en un consejo de administración de una petrolera… Es el actor poliédrico y buen sofista con sus mil asesores, y muchos muy buenos o taimados, que le matizan como un coro griego. 

Podría ser peor, podríamos tener a un populista con bigote y fundación sediento de hincarse ante el combo USA-Marruecos cabreando a Argelia, a un líder nuclear que se comporta como el cuarto mosquetero, a un destroyer iluminati seguidor de lo último que te diga tu rabino poseído, el imam de Ruzafa o un legionario de Cristo.

La atea pero ortodoxia Rusia, la Tercera Roma con estilo propio y patrimonio ingente, se carcajea a mandíbula batiente porque las guerras se dan porque las quiere Dios. Del río hasta el mar.

18.03 Luis Iribarren

14.3.26

Cómo evolucionará la Cultura y el Arte en el siglo XXI?


Debemos hacernos una pregunta bastante básica, llegando al punto actual de evoluciones artificiales en la creación artística, y reflexionar o ver, como por una parte el mundo de la Cultura se va a ver influido por la llegada a todos los niveles de la IA; y por otra parte, asumir, que este mundo de hoy, en el 2026, es una sociedad global mucho más violenta que la de las ocho décadas anteriores. Se dice incluso abiertamente por dirigentes europeos y norteamericanos, que las Normas de Bienestar anteriores, ya no sirven para este presente.

¿La suma de todos estos cambios afectará a la creación cultural y artística?

¿Cómo creemos que va a evolucionar el mundo de la Cultura en lo que resta de este siglo XXI?

¿Se producirá una globalización cultural, o al contrario asistiremos a un mundo de múltiples micro culturas?


La pregunta que planteo es muy compleja porque la cultura nunca evoluciona de forma lineal, sino entre tensiones históricas, a saltos según va moviéndose la sociedad. Si uno observa procesos históricos largos, lo más probable no es que el siglo XXI termine en una cultura global única, ni tampoco en una fragmentación total, sino en una globalización cultural por arriba y una multiplicación de las micro culturas por su base social.

La cultura siempre ha oscilado entre unificación y diversidad. En varios momentos de la historia han coexistido procesos similares al actual, en cuanto se producen tensiones de cambio. En el mundo romano hubo una cultura común mediterránea (el latín, su derecho, el urbanismo de aquella sociedad), pero también sobrevivieron muchas culturas locales.

En la Europa medieval existía una cultura universal cristiana y latina, pero mientras tanto cada territorio mantenía sus propias tradiciones vivas para no perderlas, tanto que muchas de ellas, las que podemos llamar micro culturas, han llegado hasta nuestros días. Por ejemplo los festejos, la gastronomía, los trajes, etc.

En el siglo XIX la industrialización creó una cultura nacional de masas, pero a la vez surgieron movimientos regionales y folclóricos. El nacionalismo cultural logró conservar sin perderse, desde pequeñas costumbres a formas de expresión. Y no solo siguen vivos, sino que además se intentan cuidar en la actualidad para que nunca se pierdan. La cultura moderna ya vive de ese equilibrio inestable entre lo común y globalizado, y lo particular de cada zona que se cuida para no perderlo.

Hay algo nuevo en nuestro tiempo. La infraestructura cultural se ha globalizado. Las grandes plataformas tecnológicas —hoy pueden ser entre otras Netflix, YouTube, TikTok o Spotify— están creando por primera vez en la historia un ecosistema cultural mundial compartido. Vemos, leemos, escuchamos lo mismo y desde el mismo instante, si así lo decide, un ciudadano de la India u otro de Soria o de Londres.

Esto tiene varias consecuencias. Los mismos contenidos circulan en todo el planeta. Las referencias culturales se sincronizan (series, música, memes, libros, músicas). Los creadores pueden tener público global sin intermediarios nacionales. Este proceso ya está generando lo que algunos sociólogos llaman “cultura planetaria de consumo cultural”.

Pero es cierto que aunque todo está a disposición de todo el mundo a la vez, luego cada persona decide qué leer, ver o escuchar. La libertad de elegir sigue siendo de cada uno de nosotros. Por eso la globalización en la disposición, no significa uniformidad completa.

Al mismo tiempo ocurre lo contrario. Nunca en la historia de la humanidad ha sido tan fácil crear comunidades culturales pequeñas y específicas. Internet permite que existan subculturas estéticas, o comunidades artísticas minoritarias, o culturas regionales muy pequeñas, microgéneros musicales o literarios, talleres de escenas locales pero conectadas globalmente, o grupos de expresión y reflexión que ni se conocen ni se conocerán nunca, aunque compartan toda su Cultura de Creación.

Es decir, la tecnología que globaliza la cultura y el arte también deja que se fragmente, creando espacios muy diversos, y muy alejados los unos de los otros, tanto que nunca se conocen personalmente los creadores, los modos incluso.

Se sabe por estudios recientes, que hoy, una comunidad de unas 20.000 personas que tengan un interés cultural muy específico, puede sobrevivir perfectamente en el tiempo y tener una implantación con cierto peso en sus sociedades.

Durante el siglo XX existía algo que hoy está desapareciendo: la cultura dominante nacional. En España, por ejemplo, durante décadas todos compartían las mismas cadenas de televisión que eran una o dos, a lo sumo en las últimas décadas cuatro, y los mismos periódicos, los mismos referentes culturales que habitualmente los organizaba el poder municipal o de comunidad. Se consumían lo que te entregaban, que era poco, controlado y estructurado para unos fines muy concretos, aunque hubiera democracia.

Hoy eso está desapareciendo.La televisión nacional ya no organiza el imaginario colectivo. Lo hacen redes dispersas, decenas y decenas de cadenas o de modos de acceder a los vídeos que deseas, y aunque se asume que también aquí existe la censura escondida, el consumidor puede elegir mejor entre muchas más opciones de cultura, de entretenimiento, de arte.

Otra característica clara del futuro cultural es la mezcla permanente de tradiciones que han logrado sobrevivir. Un ejemplo muy visible es la música actual. Coexisten ritmos africanos con electrónica europea, a veces se mezcla con pop coreano o rap estadounidense, triunfa el folklore latino y todo se mezcla, lo que nos muestra cómo una cultura local puede convertirse en producto global sin dejar de ser local.

Parece cierto que la inteligencia artificial cambiará el sistema cultural, aunque sea todavía pronto para definir en qué volumen, y sobre todo en qué importancia negativa. El impacto cultural de la inteligencia artificial puede ser comparable al de la imprenta. Y todos sabemos que no depende tanto de la herramienta en sí, como de la utilización que se haga con ella.

Pero sí sabemos que veremos tres cambios importantes. Una explosión de la cantidad de la producción cultural, muy variada además, pues habrá millones de creadores produciendo imágenes, música, textos o vídeos, al ser tan sencillo y barato crear.

No sabemos todavía el valor de su calidad, de momento sabemos ya, que la cantidad será brutal, tanta que es imposible consumirla toda, por falta de tiempo y deseos. Tendremos tanto donde elegir, que posiblemente colapsaremos no sabemos de qué forma.

El volumen cultural crecerá de forma gigantesca. Y eso nos lleva a ver la desaparición parcial del autor tradicional. Y también a que muchos contenidos serán colaboraciones entre humanos y máquinas. Es verdad que desde hace muchas décadas un libro impreso es la colaboración entre humanos y máquinas, sobre todo si lleva imágenes y está bien encuadernado.

¿Qué herramienta hace esas imágenes, de qué manera se convierten en algo visible “pegadas” en un papel? Pues efectivamente, es el ser humano pero ayudado de máquinas.

Es posible que en el futuro la cultura sea más personalizada. Los algoritmos tenderán a crear contenidos adaptados a cada persona, algo que nunca ha ocurrido antes. Ya hace mucho años que es posible la impresión bajo demanda de libros personalizados, en donde el protagonista es quien quiera el escritor en colaboración con el impresor digital. Pero podemos imaginar creaciones en las que estén adaptadas a los gustos del cosumidor, sean vídeo, literatura, música, etc.

Aunque haya micro culturas que sobreviven en ese mundo inmenso en lo creativo, existe un riesgo. La cultura global puede volverse muy uniforme en lo superficial, imponiendo las mismas estéticas, los mismos formatos, las mismas narrativas, y sea mucho más costoso acceder a otro tipo de productos distintos, minoritarios, diferentes, lo que los puede hacer todavía más minoritarios.

Muchas obras empiezan a parecerse entre ellas porque los sistemas recomiendan lo que ya funciona o interesa. Y eso supondrá que se abaraten en su coste, y se vendan mucho más, y además ocupen un espacio en el mundo cultural muy superior al que le correspondería por calidad. La rentabilidad de un producto cultural puede imponerse sin querer (queriendo), y homogeneizar el consumo casi programado para incluso manipular formas de pensar.

Curiosamente, frente a la globalización digital, las ciudades incluso pequeñas volverán a ser centros culturales muy importantes. La cultura que se haga y muestre en los barrios de las grandes ciudades, tendrá un peso diferente.

Las escenas culturales más interesantes seguirán surgiendo en lugares concretos como Berlín, Barcelona, New York, Lisboa o Ciudad de México por poner algunos ejemplos recogidos a voleo. Pero en espacios urbanos pequeños se seguirá creando un caldo de cultivo distinto.

Las ciudades y los barrios generan contacto humano, mezcla social y experimentación, algo que internet no puede sustituir del todo. Logran el “contacto” con la Cultura, algo que todavía es imposible de reemplazar. Lo que sean capaces de hacer las propias ciudades, tendrá una importancia crucial en el mantenimiento y la calidad de la Cultura de la zona.

Si tuviera que resumir cómo podría ser la cultura hacia el año 2100, tendría que pensar en infraestructuras culturales globales y compartidas (plataformas, redes, lenguajes digitales), pero a la vez la supervivencia de miles de microculturas activas, posiblemente conectadas globalmente.

Y asistiremos a un crecimiento hacia las culturas híbridas (personas perteneciendo a varias culturas a la vez) que logran resultados nuevos de mezcla, interesantes y que por la novedad, supondrán una nueva incorporación al mundo de la Cultura.

Eso nos puede llevar a crecer todavía más en una producción cultural masiva asistida y ayudada por la IA, y la vez a una revalorización de lo local y artesanal como reacción a lo digital. En realidad la cultura siempre se mueve entre dos necesidades humanas muy profundas; la necesidad de pertenecer a algo común y la necesidad de ser diferente, de crear desde lo que creemos que nunca se ha realizado. El siglo XXI no eliminará esa necesidad.

Algunos historiadores de la cultura, tecnólogos y teóricos del arte ya están utilizando —con cautela y dudas— la expresión “nuevo Renacimiento” para la mezcla de este siglo XXI aupado por esa IA que todavía no sabemos bien hasta dónde puede llegar. Sabemos de lo que ya es capaz de hacer, pero tenemos que reconocer que estamos en la prehistoria de esa IA del futuro.

No es todavía la IA un concepto consolidado entre todos ni admitido por muchos, pero aparece cada vez más en debates académicos y tecnológicos. La cuestión se hace al comparar la IA con el gran cambio cultural europeo del siglo XV, el Renacimiento, que estuvo ligado a varias innovaciones técnicas e intelectuales, especialmente la imprenta de Johannes Gutenberg. La idea es que la IA podría ser una herramienta transformadora de alcance parecido, aunque en un contexto histórico completamente distinto.

El Renacimiento europeo no surgió solo por un cambio estético. Hubo varias transformaciones simultáneas. Nació la imprenta y con ella el redescubrimiento de la cultura clásica. Pero a su vez hubo una clara expansión de las ciudades con la llegada de flujos migrantes de las zona rurales, por primera vez en la historia. Se crearon nuevas redes comerciales y a la vez con la suma de todo lo anterior, nacen y se asientan nuevas élites culturales.

La imprenta permitió multiplicar el conocimiento y difundirlo rápidamente, algo que antes estaba restringido a monasterios y universidades, a unas clases dominantes muy determinadas.

Hoy, algunos investigadores, creen que la IA puede provocar algo similar, una multiplicación gigantesca de la capacidad creativa humana. La democratización radical de la creación, como desde 1975 supuso la democratización (y abaratamiento) del color en la imprenta, de que todo dejara de ser en blanco y negro o a lo sumo impreso en dos colores, en dos tintas. Un cambio que nadie notó, pero que supuso una innovación tremenda para que los libros y revistas resultaran más atractiva y por ello más consumidas.

Hasta ahora muchas disciplinas culturales exigían habilidades técnicas difíciles de adquirir. Desde pintar con dominio técnico a componer música, desde diseñar para publicidad a crear o hacer cine, intentar ilustrar libros o componer música.

La IA ayuda a que individuo sin excesiva formación pero con una idea clara de lo que quiera puede generar imágenes, vídeos, música, animación, publicidad, literatura, y sin dominar completamente la técnica. A eso me refiero cuando hablo de que la llegada de la IA puede provocar una explosión de creación cultural comparable a la llegada de la imprenta.

En cada gran revolución tecnológica aparecen nuevos lenguajes artísticos. La fotografía cambió el concepto o sentido de la pintura, la llegada del cine creó un arte nuevo, pero la televisión transformó la narrativa y enseguida internet cambió la literatura y el periodismo. Hoy la IA abre las formas artísticas nuevas, híbridas, con Arte Diferente, al que le pondremos en breve el apellido que nos parezca mejor.

Es decir, no solo con las nuevas herramientas crearemos más, sino que seguramente surgirán nuevas formas de arte, que ya se están viendo en algunas narrativas. Posiblemente hoy entendemos que eso no es Arte, pero es cuestión de años.

Muchos teóricos creen que el papel del artista creador cambiará. El artista podría convertirse en algo parecido a un director de sistemas creativos y de inteligencias artificiales. Un creador de posibilidades.

Lo importante ya no será producir cada elemento manualmente, el artista planteará ideas tras explorar variaciones sin coste, seleccionará resultados para construir narrativas tras analizar varias opciones sin coste. Algo parecido a lo que hace un director de cine con su equipo, mezclando escenas para buscar una narrativa que le guste.

Si millones de personas pueden crear con facilidad, podría producirse algo parecido a lo ocurrido tras la imprenta, una multiplicación de libros y una tremenda circulación de ideas y debates intelectuales, pero… existirán tantas personas capaces de consumir todo eso?

La cantidad de obras culturales podría crecer de forma exponencial. Pero también hay una crítica importante pues enseguida se advierte de un riesgo. Es decir, una saturación cultural con obras repetitivas y una pérdida clara de la originalidad y que todo nos parezca incluso estéticamente idéntico.

Si los sistemas de IA se entrenan y crecer analizando el pasado ya creado, pueden tender a reproducir estilos existentes en lugar de crear algo realmente nuevo. Si la difusión cultural depende de plataformas y marcas o empresas, el riesgo es que los algoritmos decidan qué se ve y qué no es real. Eso podría limitar la diversidad cultural. El reto del siglo XXI es diferente al del Renacimiento europeo, ya no se trata solo de crear más arte, sino de entender la relación entre inteligencia humana e inteligencia artificial.

Si miramos a largo plazo (hacia el año 2050 al 2100), hay tres escenarios posibles desde el punto de vista de este 2026. Podríamos estar viendo nacer un nuevo Renacimiento creativo con una explosión de cantidad de creaciones.

Pero también podría ser que todas esas creaciones fueran simples churros casi industriales. Muy bellos, pero sin alma, perfectos pero aburridos.

Y también podría ser que la IA se pudiera convertir en una simple herramienta muy poderosa, pero manejada por personas creativas para que esa creatividad humana siguiera siendo el centro de la Creación de la Nueva Cultura.

Julio Puente

4.3.26

Irán 2026. Ya te lo dijo Moshé Zonder


A mí esta guerra ya me la han contado. Durante la hospitalización de mi madre cayó en mis manos un libro de aventuras extraordinario, que narra la salida en los primeros años 70 de Gran Bretaña del control al alimón con el sha Pahlevi del Estrecho de Ormuz y la adjudicación con mordida a los clanes de las dunas –Borbón vive allí- de cada concesión petrolífera de los eriales de su propiedad. La novela “Dubai” de Robin Moore.

En los mares territoriales en que se hallaban las principales bolsas de crudo, la cosa se puso más caliente antes de la primera crisis del petróleo, que el mercado del oro como ésta ya vaticinó con subidas siderales. Que alguien me explique en términos no económicos la partición de la desembocadura del Tigris y el Éufrates, el río-estuario Shatt-al Arab, entre Kuwait, Irán e Irak a base de rayas rectas. Río que significa el de la costa de los árabes cuando se halla compartido por los persas.

La novela de que os hablo anticipa la eclosión de Abu Dhabi, Dubai y el Sultanato de Omán –el del Simbad el Marino y cuyos capitales o navegantes extendieron una bella arquitectura árabe de puertas de madera labradas y torres de ventilación para crear corrientes en costas de calor inhóspito que llegó a Mombasa, Zanzíbar y Tanzania- como centros cosmopolitas en que se asentaron con arbitrario permiso de los emires aventureros americanos, navegantes traficantes con crudo, oro y perlas y demás intrigantes, que se reunían en los hoteles y bares que tuvieron las primeras licencias para expedir gin-tonics. 

Un negocio perfecto cuyo modelo siempre fue el crecimiento de Singapur y los combinados de su hotel Raffles.

El efecto en España y en el mundo de su actual, enésima escaramuza anglosajona y europea (los israelíes van de que lo son) con el gigante cultural del norte, pues Irán gobierne quien gobierne siempre es Persia, será el de la vuelta del mundo a una inflación más que desatada, no evitada, por todos deseada y que le viene a Sánchez de perlas para no convocar.

Para cualquier vecino del quinto como yo, el pregón es el que sigue: hoy han vuelto las colas en las gasolineras, las promociones de viviendas ejecutadas desde los años noventa hasta la fecha cuya casi exclusiva fuente de calefacción es el gas argelino –aliado siempre presente modulador de la política internacional española- son una superestructura que no permite la frivolidad de que las pasemos a hilo radiante en cuatro días ni tenemos soberanía energética. 

Se avecina —para los que se comen una pero quieren contar veinte—  viajar a precios astronómicos, el relativo final de que la clase media europea con o sin el paraguas nuclear de Francia tenga acceso a esos lujos, como ya lo veníamos teniendo a no poder dormir en Madrid menos si cambias tu casa por otro. 

Tendrá efectos positivos, los padres pasarán a que no se les caiga la baba la despedida de soltero del amigo de su hijo a 3.000 por cabeza en una ciudad con encanto.

Qué decir de cómo nuestras embajadas del Golfo y la sociedad en su conjunto nos tengamos que desvivir por salvar la vida a jóvenes que se hacen selfies en Doha, por repatriar a mazados de gimnasio que gritan como críos consentidos (exigen la salvación portando móviles con garras de rapaz que graban drones), por recolocar a los controladores aéreos con diez veces más su sueldo en la tolerante sociedad para lo que quieren emiratí, nuestros emigrados vip.

Presuntos aventureros que son ciudadanos de su mundo a los que, nos lo exigen por interés particular, se repatriará con el dinero de todos como a los montañeros sin federar se les venía fletando un helicóptero gratis para sacarles de un glaciar al que habían subido sin ningún respeto. Al grito de soy un disfrutón.

Esta guerra y el control del uranio enriquecido, la capacidad de soborno de unos y otros, los efectos del fuego amigo y de los comandos para ejecutar el terrorismo de estado, ya me los habían contado con parcialidad, reflejando la lucha de Israel por la libertad como artificio superador del derecho internacional, en “Teherán” de Moshé Zonder, como la reacción contra la intifada en “Fauda” de Lior Raz, su actor principal.

Esas series son muy creíbles pero desprenden el desigual valor de la vida de los mártires de uno y otro bando (o incluso de los tres en que están subdivididos).

Basadas en experiencias personales de los guionistas, sin el filtro que les daría la literatura de David Grossman, sus capítulos pasan en las conversaciones de los protagonistas con una naturalidad sideral del inglés al hebreo, del farsi al árabe. Debe recordarse que el Mossad utiliza agentes descendientes de los judíos mizrahí, los de las comunidades orientales que constituyeron gran parte de la base económica de Bagdad, Isfahán y Bujara. Comunidades con dos mil años de Pesaj a cuestas en territorios que ni eran musulmanes.

No hay alusiones en sus guiones al Yemen tribal, a los misiles rusos en Siria. Hay pocas a la dinastía saudí post Faisal que parte el bacalao moral al custodiar los lugares santos de La Meca y Medina

Sí revela en concreto “Tehran” la condición noble del pueblo persa que invoca Trump como no árabe –claro que no, el pueblo noble es el de Aragón-, el eterno retorno del eje civilizado ario del que el Tercer Reich era fan.

Resulta más completa para comprender el sancocho del Golfo Pérsico o Arábigo –la distinción no es moco de pavo, son el mismo- la relectura de la citada novela. Robin Moore, ese pedazo de adelantado a nuestro tiempo en estos tiempos de protección de los datos que les dé la gana, y transparencia opaca.

No os quedéis solo en el evangelio televisivo y los salmos según San Netanyahu, que tanto añoran los tiempos en que Teherán fue el principal centro de espionaje y control anticomunista, meted a China y Rusia en la ecuación, con la embajada americana y el reconocimiento a Israel del sha como ejes. 

Qué bien se comía entonces según Moore en sus restaurantes a la francesa a base de vodka helado -pues los iraníes se subraya que eran de relajadas costumbres coránicas- con caviar azerí o del beluga Tanit del Caspio iranio. 

Hoy en las series israelís, sale que los jóvenes de la resistencia iraní a los que están masacrando son hedonistas y se endrogan, visten muy bien porque además son guapísimos –los actores hebreos que les dan vida-.

Qué esplendor el del arte persa safávida de Ispahan y sus puentes cubiertos sobre el río Zayandeh nacido en los montes Zagros. Debemos a Irán los ladrillos vidriados, la suntuosa poesía farsi, el arroz pilaf con pollo y granadas, el concepto de jardín con árboles frutales como remedo del paraíso con el que nos solazamos en la Aljafería y el Generalife.

Puestos a comparar, quizá nuestro intercambio con Estados Unidos no haya sido mayor y, tiene arte el equilibrista Sánchez (y el gas argelino y los que mandan en las refinerías españolas detrás) en sostenella y no enmendalla, no solo en clave de que se lo exija la política interior española. 

Soy de los que piensan que Sánchez no está tan solo en las reuniones de la Unión Europea ni desafiando a la actual élite política americana y será una cuestión de tiempo su reconquista a partir de nuestra lengua. Tiene detrás a muchos Soros que cada día pueden engrasarle.

Peor es reconocer que Israel y los marines ejecutan decisiones en que participan los neutrales saudíes, emiratíes y pakistaníes. Como entren en suelo persa, volveremos a las andadas talibanas y quizá haya un efecto en Europa y España de descontrol de la población islamizada radicalizada. 

Esa con la que sí sabe qué hacer, pero dilapidaría el derecho de fraternidad, el presidente Macron que no podrá meter submarinos nucleares pore el Sena arriba para controlar sus propios banlieux. Europa tiene otro concepto de la legitimidad de las razones de Estado, en términos éticos y estéticos, tontadas de sus presidentes aparte.

Al Séptimo de Caballería decimos: ojito droniceis el puente de Shahrestan, ya lo hicisteis en nombre de la cruz con el de Mostar dejando hacer a los croatas, los buenos sucesores ustachi.

Poeta sublime que porta como apellido el varietal que da un vino balsámico y terroso de mi gusto, en el siglo XIV, Shams ud-Din Mohamad Hafez Shirazí regaló a la humanidad el siguiente oasis:

La fortuna es aquella que sin exceso de dolor se alcanza. Con esfuerzo y trabajo, el jardín del Edén es poca cosa.

A la orilla del mar de la aniquilación estamos, oh copera, apura ya, que del labio a la boca es poca cosa. Sé cauto, asceta, no te fíes del juego del orgullo:

Vive y no dejes morir.

04.03 Luis Iribarren

2.3.26

Robert Duvall, resultón confederado


Mi madre resurge cual ave fénix, después de un invierno muy amargo, sobrevolando una nueva primavera. Su generación artística muere por goteo: Hackman, Redford, ahora Duvall. Los hombres que le gustaban a mí madre podían abarcar insolentes como Walter Matthau, ambiguos en la masculinidad por la vía de Gary Cooper pero ninguno fuera de la categoría “hombre apuesto”.

Mi padre era el navarro medio como su primo lejano Alfredo Landa. Como yo, era un casi guapo sin demasiado porte y su mirada de estrella del cine, puesto que tenía caída de ojos, fue arrasada por las virutas de acero de su mandrinadora. Mira que le dije que se pusiera las gafas que le quedarían como a Gregory Peck en “McArthur” o a Mastroianni en “La Dolce Vita”, pero prefirió arriesgar y quemarse el cristalino. Qué tiempos sin bajas.

Duvall nació en California. Su parecido con el faraón de la nouvelle gauche Mitterrand no engaña: fue parte genética de esa serie de aventureros franceses, cazadores de castores, descendientes de los quebecois o de Luisiana.

Sus tatarabuelos que salieron de Brest apoyaron a la Unión y los WASP estos del vicepresidente Vance en su revolución puritana contra Inglaterra, pues siguieron al marqués Lafayette, y dieron logística con glam a Washington. Su posición e ideales inspiraron esa monumental obra que es “La Revolución en América” del muy conservador Alexis de Tocqueville, lectura imprescindible como las obras de Thoreau para todo joven amante de las intrigas políticas.

Sagas de apellidos y artistas de hugonotes o aventureros franceses en América, que no solo ha vivido de la grandeza artística de las de los judíos austríacos o sicilianos en los Soprano, son las de los banqueros Rotchschild, los Dupont de Nemours químicos, los sucesores del piloto de carreras Louis Chevrolet que fabricaron el “corvette” y todas las de los créole o criollos de origen francés de la salsa tabasco de Louisiana que quedan en los nombres de las ciudades del estado, como la dedicada al general confederado Pierre Beauregard, los fundamentales gobernadores Dupré-Bouvais o la dinastía de los Cartier de Québec con embajada en el bajo Mississippi.

La bella aunque fría Jackie Kennedy, Jacqueline Bouvier, era una atildada aristócrata neoyorquina de familia venida de Montreal.

A todos ellos y a su relamida prole los imaginamos tomando té helado o un blanco frío de Borgoña en los porches de sus haciendas de madera de listones blancos y balcones corridos, que tomarían como modelo al Vieux Carré, barrio Borbón, de Nueva Orleans diseñado por el fundador Le Moyne. En este estilo de ciudad colonial española al que se le incorporaron galerías de herrería que hemos visto tanto junto con bandas sonoras a partir de recrear el estilo musical zydeco –piano o acordeón haciendo frenéticas y barrocas escalas como en la música de Doctor John-.

“Un tranvía llamado deseo” la del personaje de Blanche DuBois que dependía de la amabilidad de los extraños; Kevin Costner en un bar del Barrio francés en JFK o “El Curioso caso de Benjamin Button de Fincher, con Pitt y la australiana Kate Blanchett (blanshéee) fueron rodadas en el corazón cultural francés de Estados Unidos.

En el reparto de ninguna de ellas aparece como actor, y es curioso, este portador del nombre de la saga aristocrática confederada sureña de los Duvall por vía doble, pues su madre descendiente del general Lee: el oscarizado Robert. Cuyo papel descollante para mí es ese en el que borda a otro europeo: al mafioso irlandés y secundario del Padrino, Tom Hagen.

Luego está su soberbia interpretación corta en “Apocalipsis Now” de Coppola. Su personaje es un majara que atraviesa peligros para practicar su pasión por el surf, el teniente coronel Kilgore por el que obtuvo en cuatro ráfagas interpretativas un merecidísimo “Globo de Oro”. No era fácil proferir, pero tiró de sadismo criollo, la frase.. “Nada en el mundo huele así. I love the smell of napalm in the morning"



Duvall con su vis de aristócrata austero (la contraria justo a Malkovich que tanto ha interpretado-jugado a franceses), el certero actor contenido de la fría escuela del Cardenal Richelieu, oficiaba sus papeles lento pero eficaz, con un freno de mano y mirada que rebelaba lo que la humanidad no quiere saber y, de pasar pantalla, quiere negar sobre ella misma. La vida fuera de los programas y los mandos, en el alambre pero con educación irónica, el destino sin control humano. Derrotar sin compasión pero con soberbia, bordar el papel de un racista con cimientos.

Me duele su pérdida como la de Hackman, pues me recordaban que cada uno de nosotros contribuimos a nuestras tragedias porque caemos en las manos de los dispensadores en la tierra de la arbitrariedad divina. Nada de ausentarse de ello como practica la escuela británica de actores menos el genial Gary Oldman, de la escuela de estos dos.

Arde Irán, Duvall ya se lo imaginaría. El cine tendrá que prescindir de él como actor del personaje de quienes hayan urdido la pasión según San Pahlevi. Nos deja con su cara y pose de embaucador honesto, de soldado de segunda línea, nunca moralizador, de su bajo Mississippi. El blues le gustaba tirando a poco a este dominador de todos los politeísmos, al profeta de que la ley y la justicia no han pasado mucho de la ley del Talión ni del baño de sangre de los sans culottes a sus primos de Francia.

Es un genio que todo esto lo expresó con un rictus, siendo calvo y relativamente agraciado aunque siempre apuesto. El mejor para tomarte una botella de bourbon sin aspaventar.

Savoir être et savoir faire.

02.03 Luis Iribarren

22.2.26

Podremos vivir mil años de aquí a un siglo?




Vi en una de esas notas rápidas de ascensor, un texto que me llamó la atención. Decía que el científico Raymond Kurzweil, experto en biotecnología había dicho que: “La primera personas que vaya a vivir 1.000 años, seguramente ya haya nacido”. Y me llamó la atención la tontería de fondo que pregonaba. 

No conocía al presunto autor y me lo guardé para ver desde dónde bebía para opinar así. Dicen que la profecía era del doctor Raymond Kurzweil, doctor honoris causa por 15 universidades menores de los EEUU y autor de numerosos libro.

Esta frase, atribuida en principio a diversos expertos en longevidad y transhumanismo como Aubrey de Grey y José Luis Cordeiro, sostiene que los avances exponenciales en biotecnología, inteligencia artificial y medicina regenerativa permitirán frenar o revertir el envejecimiento

Argumentan que quienes hoy son jóvenes vivirán lo suficiente para beneficiarse de terapias que extenderán la vida radicalmente. NO son tan osados de hablar de 1.000 años, y en eso ya uno puede estar de acuerdo, admitiendo que lentamente iremos aumentando la esperanza de vida.

Como es lógico, la frase primera no tiene sustento, es imposible, crea tonterías absurdas en la menta colectiva, en caso de que se la creyeran. Pero es imposible, aunque la IA vaya creciendo como setas de cueva, por pura lógica de supervivencia.

Se basa en la idea de que el envejecimiento es una “enfermedad más" tratable y reversible según avance la medicina. Los avances en rejuvenecimiento celular, ingeniería genética y nanotecnología permitirán "reparar" el cuerpo humano de forma continua. Lo cual ya deja más dudas, pues tampoco queda claro ni que sea posible ni que sea universal.

Se predice ya en este siglo XXI que llegará un punto no tardando mucho en que la ciencia aumente la esperanza de vida más rápido de lo que pasa el tiempo (más de un año de aumento de vida por cada año transcurrido), permitiendo extensiones indefinidas. 

Aunque parece ciencia ficción, esta teoría se fundamenta en la capacidad de curar enfermedades actuales y rejuvenecer órganos, lo que llevaría a una longevidad extrema, con las nuevas tecnologías de transplantes y recambios. ¿Será suficiente eso?

Nunca llegaremos a vivir 1.000 años, pues eso es imposible. Pero de alcanzar esa edad, sería de una forma tremendamente lenta, de muchos siglos en evolución. Decir que posiblemente alguien que ya haya nacido, vivirá 1.000 años es una idiotez. Aunque la Sanidad y la IA logre milagros.

Podríamos no morirnos, como podríamos tener un coche con un millón de kilómetros. Pero sería un coche muy viejito, al que ya le habríamos cambiado todo. Y sobre todo, sería un coche que nos resultaría mucho más caso de mantener que los coches nuevos.

Pero además, no morirnos supone un serio problema. A partir de los 60 años empezamos a necesitar remedios para las cronicidades de la salud. Con un 95% de la sociedad tomado de forma crónica medicaciones y necesitando atenciones médicas cada mes, sería insoportable mantener la Sanidad incluso en España. No digo nada en los EEUU.

A partir de los 70 años de media, una persona ya no puede trabajar. No es rentable. Por lógica de fuerza, de aguante, de salud. Estar el 93% de la vida soportando unas pensiones públicas o muriéndose de hambre, parece imposible. Es tanto como trabajar desde los 25 años de edad hasta los 70 años, y vivir el 96% de los años de tu vida sin trabajar y viviendo del trabajo del 4% restante.

Podríamos decir que esto, lo de vivir hasta los 1.000 años, sería solo para los ricos. Pero esa desigualdad vital acrecentaría las luchas y guerras, por alcanzar no ya la subsistencia, sino la vida casi eterna. Moriríamos en guerras, para intentar vivir más años.

Y pensar que eso lo podríamos ver y cambiar en el tiempo que representa una vida humana, en 70 ú 80 años de futuro, es de torpes en sociología o antropología, aunque el señor doctor Raymond Kurzweil parezca una persona muy formada en nuevas tecnologías y en análisis del futuro.

Posiblemente ni ellos mismos sean capaces de creerse esas presuntas palabras suyas, esos estudios que dicen publicar. Pero vayamos a poner sobre la mesa algunos datos más o menos conocidos, para ver si realmente estamos evolucionando en las edades máximas de vida.

Tenemos el ejemplo de Ramsés II (en Egipto, murió alrededor del año 1213 a. C.) pues es uno de los casos más conocidos. Murió aproximadamente a los 90 o 91 años de edad tras un reinado de 66 años. Su momia confirma que era un hombre de edad muy avanzada, con signos de artritis severa y problemas dentales. Una edad superior a la media actual en Europa. 

Dicen que Isócrates (en Grecia, un orador griego murió según las crónicas, a los 98 años de edad. No hablo de figuras teóricas o de la Biblia, como Matusalén (dicen que vivió 969 años) que representan una longevidad simbólica, pero no biológica.

La Esperanza Media de vida era en aquellos años de unos 30-35 años porque se promediaba con la enorme mortalidad infantil. Pero con una Sanidad casi inexistente, si se enfermaba a los 50 años con un problema crónico o una infección, no se podía vivir muchos más años desde el inicio de la enfermedad, que hoy nos parece habitual como podría ser la diabetes o los problemas respiratorios o cardíacos por poner ejemplos habituales.

El límite biológico del cuerpo humano no ha cambiado drásticamente en los últimos 30 siglos; el límite biológico de esos teóricos 120 años ya existía por entonces. 

Si una persona evitaba guerras, epidemias y accidentes, su genética podía llevarla a los 80 o 90 años de forma natural. No tiene sentido que ahora, en este sigo XXI seamos capaces de vencer a la muerte multiplicando por 10 su límite biológico.

El cambio de paradigma de estos científicos es dejar de ver el envejecimiento como un destino inevitable para verlo como una enfermedad tratable. A diferencia de la medicina tradicional, que trata las enfermedades cuando ya han aparecido (como el cáncer o el Alzheimer), estos científicos proponen reparar el daño acumulado a nivel celular antes de que cause problemas. 

Se centran en siete tipos de daños biológicos muy conocidos. Casi todos ellos en investigación de nuevas estrategias SENS (Reparación de Daños).

La base del optimismo para el siglo XXI es que la capacidad de secuenciar el ADN y editar genes (tecnología CRISPR) está creciendo de forma exponencial, no lineal. Lo que hace 20 años costaba miles de millones de dólares y décadas de trabajo, hoy se puede hacer en días por unos pocos cientos de euros.

Por acabar con este tema que puede ser tan apasionante como utópico, te dejo unas líneas del llamado Límite de Hayflick que es básicamente, el "contador de minutos" biológico de nuestras células. Fue descubierto por el Dr. Leonard Hayflick en el año 1961, y cambió por completo nuestra comprensión del envejecimiento.

Hasta antes de la llegada del Límite de Hayflick, se pensaba que las células eran inmortales si se mantenían en un entorno adecuado. Él demostró que una población de células humanas normales (como los fibroblastos) solo puede dividirse un número limitado de veces —entre 40 y 60 veces— antes de detenerse. Cuando la célula alcanza ese número, entra en un estado llamado senescencia: no muere inmediatamente, pero deja de dividirse y empieza a funcionar mal.

Imaginemos los cromosomas de nuestro ADN como si fueran cordones de zapatos. Los telómeros son las puntas de plástico (herretes) al final de esos cordones. Su función es proteger la información genética para que no se "deshilache" cada vez que la célula se copia. 

El problema es que cada vez que una célula se divide, los telómeros se acortan un poco. Cuando los telómeros se vuelven demasiado cortos después de muchas divisiones, la célula detecta que su ADN está en peligro y activa un "interruptor de seguridad" que detiene la división. Ese es el Límite de Hayflick.

Pero es cierto que no todas las células están sujetas a este contador. De momento sabemos que las Células Madre tienen una enzima llamada telomerasa que repara los telómeros, permitiéndoles dividirse casi indefinidamente. 

Y en el lado contrario tenemos a las Células Cancerosas que "secuestran" la telomerasa para volverse ellas mismas inmortales, dividiéndose sin parar y sin respetar el Límite de Hayflick.

Si activamos la telomerasa en todas nuestras células para saltarnos el límite de Hayflick y no envejecer, corremos un riesgo altísimo de provocar cáncer generalizado. O lo uno o lo otro. Envejecimiento o descontrol en la multiplicación de nuestras células.

La solución en la que se trabaja a nivel de investigación, es encontrar el equilibrio perfecto donde podamos "resetear" el contador de las células sanas mediante reprogramación celular, pero sin convertirlas en células tumorales. 

 Se cree que ese llamado Límite de Hayflick es la razón por la que la esperanza de vida máxima humana está "bloqueada" naturalmente en torno a los 120-125 años desde hace miles de años.

17.2.26

El burka o el niqab es una barbaridad en el siglo XXI


Sobre la prohibición o no, del burka o el niqab en espacios públicos, es decir en la calle, yo, a diferencia de una gran parte de la izquierda lo tengo claro y a favor de su prohibición. Los socialistas de todo el espectro ideológico alegan que la propuesta presentada ahora en España por la derecha, choca con la libertad religiosa consagrada en la Constitución. Eso ya es un rizo tremendo y absurdo, por no decir falso.

Con los problemas que tiene España, hablar del burka o el niqab en España parece una pérdida de tiempo, y sobre, si es o no libertad el prohibirlo, y hay que recordar que eso no se sostiene por esas motivaciones. 

Llevar y usar burka o el niqab, es literalmente una falta de respeto a la mujer, aunque a ella le parezca bien, y hay muchas otras leyes en España que impiden que esa falta de dignidad se consienta.

¿Cuántos hombres has visto tú con burka o con el niqab en España? Ninguno. 

La ablación también se podría considerar por el mismo principio legal que es libertad religiosa, o el tener un harén. Hay muchos más ejemplos que no soportan una análisis de que prohibirlo atenta con la Constitución española. ¿Tenemos libertad garantizada? También la vivienda, el trabajo, y ya me callo.

Y no, en España no todo está permitido, ni tampoco muchas otras normas que se han ido perdiendo y eran ancestrales. A nadie se le exige venir a España, para obligar a tus mujeres a taparse las caras. Es de lógica que cuando una persona se cambia de país se tiene que acoger con las leyes del lugar de recepción. También si nosotros nos fuéramos a vivir a Afganistán tendríamos que cumplir una seria de normas, aunque no las entendiéramos o dijéramos que en nuestra cultura las normas son otras.

A la mujer, en ciertas culturas, la hemos ido llevando hacia espacios de culto religioso (para disimular) que amparan la desigualdad del hombre con respecto a la mujer, y a eso lo podemos llamar como nos apetezca, pero es de una tremenda desigualdad social que siempre marca a las mujeres. 

Rezan en otros espacios, tienen que vestir de otra manera, y no pueden hablar con ciertas personas. No hay que moverse mucho para detectarlo.

Y curiosamente nos vamos convenciendo todos de que eso es y tiene que ser así, protegido por la libertad de cada mujer. Mentira. Y si hay duda, un paseo por ciertos países que no quiero nombrar, nos sirve de ejemplo. 

La mujer se va liberalizando de ciertas ataduras, de forma lenta, y todos nosotros tenemos también que ayudar a esas lógicas sociales.

Es verdad además, que prohibir el burka o el niqab en la calle tiene otras connotaciones curiosas. ¿Se prohibirá la Semana Santa en España por los capirotes? 

¿Qué haremos con los motoristas y repartidores de moto que llevan unos cascos que les tapan la cabeza? 

¿No deberíamos prohibir también que la mujer vaya a uno o dos metros de su pareja masculina, cuando van en familia por la calle? 

¿O tal vez deberíamos obligar a las parejas de las mujeres que llevan burka o niqab, a que también ellos lo llevaran, para evitar la discriminación por sexo?

¿Todos los derechos (todos) que tenemos los ciudadanos españoles, en España…, se les permiten a las mujeres que llevan burka o niqab en España?

15.2.26

¿Hacia dónde nos lleva la IA en este 2026?


Hace 70.000 años el ser humano
, un animal que iba evolucionando lentamente, decidió ponerse a pensar y a construir con sus pensamientos acciones que le facilitaran el aprendizaje. Crearon la cultura y la historia, sin darse cuenta.

En el año 2026 hemos detectado lo que desde hace dos años antes ya íbamos previendo con calma suave. La IA además de peligrosa, hemos logrado que ya piense y tome decisiones por nosotros. Empieza a mandarnos, a crear sus propias historias, a interferir en la nuestra con sus propios controles y no con los nuestros.

Esto es un nuevo paradigma, pues hemos abierto según dicen algunos expertos —de los que precisamente hemos puesto a trabajar para desarrollar esa nueva IA— la opción de que la propia Inteligencia Artificial tome decisiones sin consultarnos.

Hemos pasado de tener una herramienta que piensa por nosotros, que recoge múltiple información y nos la muestre en segundos para evitarnos horas o días de trabajo, a convertirla en un agente nuestro al que le podemos decir que termine el trabajo, que tome decisiones por nosotros. Ya no solo es capaz de informarnos, también lo es para decidir. 

Puede darle al interruptor, al botón, o puede evitar que se lo demos nosotros para apagarla.

El paso es tremendo, pues aunque estemos convencidos de que podemos seguir dominándola —pues ella depende de que le quitemos el enchufe— en realidad y en algunos casos, esto es falso. Si puede tomar decisiones, ya puede ser autónoma, aprender a defenderse, saber buscar las salidas ante posibles peligros que le puedan afectar a ella.

¿Crees que saben hablarse entre ellas, comunicarse entre ellas además de hacerlo con nosotros? ¿Crees que siguen siendo —en todos los casos— objetos pasivos artificiales, o que van evolucionando por nuestras órdenes, a ser sujetos activos de la información que manejan?

No es una distopía. Todo esto ya se puede hacer, ordenar que lo hagan en determinados casos y grupos de máquinas. Tu tablet nunca la hará, el ordenador de tu oficina estará siempre atado al cable de la energía para funcionar. Pero ya hay máquinas que saben defenderse y comunicarse con otras máquinas.

Y a esos modelos tenemos que añadirles un detalle que parece absurdo. Los humanos pueden ser buenas personas y no dejar que este peligro aumente, o al contrario, pueden utilizar esas nuevas capacidades para jorobar el mundo. 

¿De verdad podemos pensar que los que lanzan miles de máquinas voladoras para matar niños, no serán capaces de pensar modelos que decidan según el momento de cada tensión?

¿Acaso estamos convencidos de que todo el mundo mundial, todos los animales llamados humanos son buenas personas, capaces de controlar el bien o el mal, creyendo que siempre son capaces de dominar lo que crean?

Pensemos en algo sencillo. Hoy le puede preguntar a la IA por los modelos de explosivos caseros que se pueden fabricar en mi domicilio. O por los tipos de virus o bacterias que se pueden propagar de forma incontrolada. Con sus datos, capados y controlados por modelos de una defensa de momento eficaz, es cierto, puedo ir construyendo un dietario en sucesivas preguntas y recurriendo a diversos modelos de IA para complementar las respuestas.

Ese sería el camino de las personas Buenas. Y varios países —sus sistemas de control policial— ya sabrían, que desde un salón, alguien en la dirección X ya estaba mirando estos temas. Lo curioso es que las personas Malas hacen lo mismo pero desde otros apartados para no dejar pistas.

A mi no me leen los Malos, les aburro. Ellos buscan la información con otros modelos de consulta, pero utilizando la IA. Y pueden no parar. Y si están dentro de organizaciones dedicadas a la investigación legal, pueden ir tirando del hilo de forma más sencilla. Yo no, tú tampoco. Ni podemos, y si lo intentamos nos detectan. ¿Y las organizaciones creadas para la defensa y el ataque?

El investigador contra enfermedades letales tiene unas herramientas que puede dedicar a investigar para Guerras Bacteriológicas o Víricas. 

En estos momentos se calcula que por bacterias fallecen en el mundo más de seis millones de personas al año. Por virus unos tres millones. Pero seamos sinceros, son los Virus los que resultan más sencillos de manipular y de propagar. Las Bacterias —más peligrosas— no son tan fáciles de que produzcan contagios tremendos.

¿Suena a distopía? Hasta aquí nada ha cambiado. Estaríamos igual a como estábamos hace unos pocos años. Con máquinas capaces de investigar desde la globalización y de repartir los conocimientos incluso peligrosos, según en qué manos puedan caer.

La diferencia en este 2026 es que ahora ya le podemos decir a los modelos de IA que creen otros modelos más personales, mínimos pero “míos”, para mi y solo con la capacidad de trabajo que yo quiera, solo para mi trabajo y mis necesidades, a los que podemos llamar Agentes por disimular, y dedicarlos a que trabajen en la dirección que yo les indico. Y a que tomen decisiones según vayan avanzando. Y a que se comuniquen o no, con quien yo les haya ordenado.

Estos nuevos Agentes no van a parar, no están programados para frenarse, pues no tienen un animal humano dándoles órdenes. Ya se las dimos en su inicio. Buscan, analizan, toman decisiones según vayan avanzando, y finalmente dan el resultado final, sea este el que sea, lo vaya a utilizar yo para lo que me de la real gana o un grupo de presión para amenazar.

No hay animales humanos dándoles órdenes de buscar y reflexionar, pero tampoco obedecerán órdenes de otras máquinas que los intentarán engañar o frenar. Ya cuentan con mecanismos para saltarse complejos modelos de puertas cerradas.

Como es lógico, todos estos modelos ya están capados por las autoridades correspondientes en todos los países que se dedican a controlar estos desenfrenos tan peligrosos. Pero a su vez, estos mismos modelos, una vez que los hemos puesto en circulación, tienden a seguir aprendiendo sin freno. Ellos pueden tener una sola orden. Y pueden estar ordenados para no pararse ante nada y para sortear las indicaciones de freno. Y reprogramados para obedecer de nuevo.

Os pongo otro ejemplo muy sencillo y cercano. El de una empresa de nuestra competencia a la que queramos vencer. Ya es posible saber su facturación y contabilidad anual y con detalle de una manera sencilla. 

La competencia se basaba en otros criterios, hoy tenemos muchas más información de la que podíamos tener hace pocos años. Datos sensibles de su facturación, pago de impuestos o incluso pago de impuestos de sus trabajadores, son posibles de obtener. Posiblemente sin detalles personales, pero a poco que sigas tirando del hilo puedes configurar una fotografía muy real. Podemos saber sus puntos frágiles, sus fortalezas y la dependencia de proveedores o de ciertos clientes.

Esto que comento anteriormente no es grave para la seguridad de la humanidad. Es un ejemplo de la capacidad de la IA para hacer análisis de cualquier tema, o de ofrecer conclusiones y alternativas para defendernos ante un contrario. Y de plantear modelos de ataque para ganar.

Hoy las guerras de matar son muy diferentes. Y se mantienen vivas ciertas guerras para poder seguir probando nuevos modelos de ataque y defensa. Dentro de unos procesos controlados, es cierto, aunque nos suene esto a barbaridad. Se mata de forma estudiada. Tremendo. Y para aprender. Más tremendo todavía.

Pero lo más grave en la sociedad mundial occidental, es que se van destruyendo profesiones enteras y no existen recambios para esos profesionales. 

Un escriba dejó de producir libros a mano y aprendió el arte de la impresión como recambio a su trabajo. Hoy un asesor fiscal, financiero o de inversión (por poner otro ejemplo fácil) no puede encontrar un trabajo nuevo y diferente si la IA le usurpa el suyo, pues se lo vamos destrozando.

¿Sucederá algo similar con decenas de profesiones de gestión personal, entre personas, en donde no interviene el trabajo manual de una manera imprescindible?

Es posible que los fontaneros no noten en absoluto la entrada de la IA, pero los psicólogos ya la están observando de forma muy temerosa. No se cerrarán oficios específicos, sino una forma de entender el trabajo y por ello la formación. Los trabajos de bata y corbata desaparecerán, los de mono se transformarán brutalmente también. 

El ser humano necesita trabajar para sentirse válido y para lograr que las economías funcionen. Esos modelos económicos y de valoración vital del ser humano, están en profundo cambio.

La seguridad de una nación ya no depende de sus ejércitos de tanques o infantería, sino de los millones de ordenadores sin pantalla que le dediquen otros países a destrozar sus sistemas. Y por ello sus modelos de defensa también son ya construidos desde esa realidad.

Posiblemente una Guerra Atómica sea hoy menos preocupante —por sus posibilidades reales de que se produzca— que otros modelos de ataques, que llevados desde otras perspectivas, logran dejar los territorios indefensos pero válidos para ser ocupados y aprovechados. Un país, medio continente destrozado por una concatenación de ataques atómicos o nucleares, no sirve durante muchas décadas para nada.

Empecé el texto hablando de la nueva IA y lo termino con guerras brutales, admitiendo que los ataques bélicos ya no tendrán el modelos del siglo XX, excepto que así se quieran tener, por muy diversos motivos. En las próximas décadas la IA que estamos diseñando ahora mismo será la gran materia bélica que hará cambiar la humanidad.

Nunca antes, ni con la imprenta, ni con la llegada de la informática o internet, ni con el descubrimiento del fuego, asistimos a un invento que podría apoderarse de nosotros. Siempre los hemos dominado y su evolución ha sido relativamente lenta y por ello hemos dispuesto como humanidad de procesos de adaptación. 

Con la IA, posiblemente seamos más lentos que ella misma en ir evolucionando, aunque siempre lo hace…, a costa de nuestras propias ordenes… de momento.