23.2.26

Mi 23-F me pilló a oscuras


A mi el 23-F de 1981, el Golpe de Estado de Tejero me pilló trabajando a oscuras y con la radio (la SER) funcionando. Estaba casi a oscuras en el laboratorio fotográfico cuando escuchando la votación saltó el ruido. Los primeros instantes personales fueron de convencimiento de que era un ataque terrorista de ETA, con unos tipos disfrazados de guardias civiles. Pero en cuanto salió el nombre de Tejero, todo me encajó de otra manera, pues ya era conocido. 

En los primeros instantes y tras los disparos sí pensé en muertos. Y que aquello iba muy en serio, no era una chapuzo de un idiota.

Salí de mi laboratorio, avisé a varios oficiales del taller de lo sucedido, yo tenía 24 años y eran las 18,23 de la tarde, y tenía que haber salido a las 18,15, pero estaba acabando unos trabajos urgentes. 

Enseguida dejé todo más o menos acabado y salí corriendo hacia mi casa, a buscar el autobús 33 que me llevara a recapacitar.

Desde la Plaza de los Sitios al Paseo de Independencia fue un recorrido rápido y de reflexión. ¿Qué debía hacer con urgencia? Tenía que avisar a mi hermano, con suma preferencia. 

Encontré una cabina de teléfono casi en la plaza de España y le llamé a la librería. Se acababa de enterar por un cliente. Dejó su puesto de trabajo y se fue a su sindicato del que era dirigente sectorial a nivel estatal.

Mis padres estaban en su pueblo de Soria y sin teléfono en su casa, llamé a mi mujer y le dije que se preparara para salir a comprar los básico en alimentación, y tras llegar a casa en silencio y comprar lo elemental para una semana, nos fuimos a casa de unos amigos, en donde él era militar democrático, para ver qué sabía él.

Aquella tarde fue de disimulo. El marido de nuestra amiga era de familia militar y no se debía hablar de muchos temas aunque supiera que era democrático, solo escuchar. 

Habló con su padre por teléfono y este le tranquilizó. No tardamos mucho en irnos a nuestra casa, para intentar nosotros, hablar con mi hermano.

No había móviles, y había que esperar a que sonara el teléfono. No estaba en casa, no sabíamos nada de él.

Él cuando me llamó me dijo que no iba a dormir en su casa, que estaban todos preparados para quemar archivos si fuera necesario, y que esa noche dormiría en un piso ajeno a nuestros padres, pues él todavía estaba soltero. Le ofrecimos nuestro piso, pero no quiso.

Me dijo que algunos militares de Zaragoza habían sido movilizados, que los fueron recogiendo en puntos estratégicos aquella noche para llevarlos a los cuarteles. Y que desde Madrid no le sabían decir nada concreto.

Hasta que salió el Rey por la tele, y con la radio pegada e las orejas, mi esposa y yo sabíamos que aquello era la continuación del Colectivo Almendros, de la Operación Galaxia, y que estaba muy bien organizado. Con el tiempo nos enteramos que era una chapuza, muy posiblemente organizado o alentado o consentido, para evitar males mayores.

Hoy mismo, en 2026, me entero que se van a desclasificar por fin, los Papeles del 23-F, tras 45 años de espera. ¿También las grabaciones telefónicas?

Nunca es tarde, y sabemos casi todos que no van a contener nada nuevo. No sabemos qué trama civil hubo, pero sí sabemos que la hubo aunque muy tapada. Se necesitó financiación que Tejero y sus amigos no tenían.

No sabemos de lo sucedido entre la hora del Golpe de Estado y la salida del Rey en televisión. Tampoco de lo que realmente hicieron los Subsecretarios convertidos en Gobierno por unas horas, ni del papel de ciudades militares tan importantes como Madrid, Sevilla o Zaragoza. 

Ni el papel de los EEUU antes y después, con serias dudas de su embajada y las indicaciones de la mañana anterior a sus ciudadanos en España. 

Intuimos quien era el Elefante Blanco, pero incluso pudo haber dos Elefantes Blancos, para engañarse entre ellos. 

Tampoco sabemos bien el papel del CESID a través de José Luis Cortina. Ni hasta que punto aquel 23-F estalló, para tapar un posible Golpe de Estado Civil y Militar mucho más potente.

Julio Puente


22.2.26

Podremos vivir mil años de aquí a un siglo?




Vi en una de esas notas rápidas de ascensor, un texto que me llamó la atención. Decía que el científico Raymond Kurzweil, experto en biotecnología había dicho que: “La primera personas que vaya a vivir 1.000 años, seguramente ya haya nacido”. Y me llamó la atención la tontería de fondo que pregonaba. 

No conocía al presunto autor y me lo guardé para ver desde dónde bebía para opinar así. Dicen que la profecía era del doctor Raymond Kurzweil, doctor honoris causa por 15 universidades menores de los EEUU y autor de numerosos libro.

Esta frase, atribuida en principio a diversos expertos en longevidad y transhumanismo como Aubrey de Grey y José Luis Cordeiro, sostiene que los avances exponenciales en biotecnología, inteligencia artificial y medicina regenerativa permitirán frenar o revertir el envejecimiento

Argumentan que quienes hoy son jóvenes vivirán lo suficiente para beneficiarse de terapias que extenderán la vida radicalmente. NO son tan osados de hablar de 1.000 años, y en eso ya uno puede estar de acuerdo, admitiendo que lentamente iremos aumentando la esperanza de vida.

Como es lógico, la frase primera no tiene sustento, es imposible, crea tonterías absurdas en la menta colectiva, en caso de que se la creyeran. Pero es imposible, aunque la IA vaya creciendo como setas de cueva, por pura lógica de supervivencia.

Se basa en la idea de que el envejecimiento es una “enfermedad más" tratable y reversible según avance la medicina. Los avances en rejuvenecimiento celular, ingeniería genética y nanotecnología permitirán "reparar" el cuerpo humano de forma continua. Lo cual ya deja más dudas, pues tampoco queda claro ni que sea posible ni que sea universal.

Se predice ya en este siglo XXI que llegará un punto no tardando mucho en que la ciencia aumente la esperanza de vida más rápido de lo que pasa el tiempo (más de un año de aumento de vida por cada año transcurrido), permitiendo extensiones indefinidas. 

Aunque parece ciencia ficción, esta teoría se fundamenta en la capacidad de curar enfermedades actuales y rejuvenecer órganos, lo que llevaría a una longevidad extrema, con las nuevas tecnologías de transplantes y recambios. ¿Será suficiente eso?

Nunca llegaremos a vivir 1.000 años, pues eso es imposible. Pero de alcanzar esa edad, sería de una forma tremendamente lenta, de muchos siglos en evolución. Decir que posiblemente alguien que ya haya nacido, vivirá 1.000 años es una idiotez. Aunque la Sanidad y la IA logre milagros.

Podríamos no morirnos, como podríamos tener un coche con un millón de kilómetros. Pero sería un coche muy viejito, al que ya le habríamos cambiado todo. Y sobre todo, sería un coche que nos resultaría mucho más caso de mantener que los coches nuevos.

Pero además, no morirnos supone un serio problema. A partir de los 60 años empezamos a necesitar remedios para las cronicidades de la salud. Con un 95% de la sociedad tomado de forma crónica medicaciones y necesitando atenciones médicas cada mes, sería insoportable mantener la Sanidad incluso en España. No digo nada en los EEUU.

A partir de los 70 años de media, una persona ya no puede trabajar. No es rentable. Por lógica de fuerza, de aguante, de salud. Estar el 93% de la vida soportando unas pensiones públicas o muriéndose de hambre, parece imposible. Es tanto como trabajar desde los 25 años de edad hasta los 70 años, y vivir el 96% de los años de tu vida sin trabajar y viviendo del trabajo del 4% restante.

Podríamos decir que esto, lo de vivir hasta los 1.000 años, sería solo para los ricos. Pero esa desigualdad vital acrecentaría las luchas y guerras, por alcanzar no ya la subsistencia, sino la vida casi eterna. Moriríamos en guerras, para intentar vivir más años.

Y pensar que eso lo podríamos ver y cambiar en el tiempo que representa una vida humana, en 70 ú 80 años de futuro, es de torpes en sociología o antropología, aunque el señor doctor Raymond Kurzweil parezca una persona muy formada en nuevas tecnologías y en análisis del futuro.

Posiblemente ni ellos mismos sean capaces de creerse esas presuntas palabras suyas, esos estudios que dicen publicar. Pero vayamos a poner sobre la mesa algunos datos más o menos conocidos, para ver si realmente estamos evolucionando en las edades máximas de vida.

Tenemos el ejemplo de Ramsés II (en Egipto, murió alrededor del año 1213 a. C.) pues es uno de los casos más conocidos. Murió aproximadamente a los 90 o 91 años de edad tras un reinado de 66 años. Su momia confirma que era un hombre de edad muy avanzada, con signos de artritis severa y problemas dentales. Una edad superior a la media actual en Europa. 

Dicen que Isócrates (en Grecia, un orador griego murió según las crónicas, a los 98 años de edad. No hablo de figuras teóricas o de la Biblia, como Matusalén (dicen que vivió 969 años) que representan una longevidad simbólica, pero no biológica.

La Esperanza Media de vida era en aquellos años de unos 30-35 años porque se promediaba con la enorme mortalidad infantil. Pero con una Sanidad casi inexistente, si se enfermaba a los 50 años con un problema crónico o una infección, no se podía vivir muchos más años desde el inicio de la enfermedad, que hoy nos parece habitual como podría ser la diabetes o los problemas respiratorios o cardíacos por poner ejemplos habituales.

El límite biológico del cuerpo humano no ha cambiado drásticamente en los últimos 30 siglos; el límite biológico de esos teóricos 120 años ya existía por entonces. 

Si una persona evitaba guerras, epidemias y accidentes, su genética podía llevarla a los 80 o 90 años de forma natural. No tiene sentido que ahora, en este sigo XXI seamos capaces de vencer a la muerte multiplicando por 10 su límite biológico.

El cambio de paradigma de estos científicos es dejar de ver el envejecimiento como un destino inevitable para verlo como una enfermedad tratable. A diferencia de la medicina tradicional, que trata las enfermedades cuando ya han aparecido (como el cáncer o el Alzheimer), estos científicos proponen reparar el daño acumulado a nivel celular antes de que cause problemas. 

Se centran en siete tipos de daños biológicos muy conocidos. Casi todos ellos en investigación de nuevas estrategias SENS (Reparación de Daños).

La base del optimismo para el siglo XXI es que la capacidad de secuenciar el ADN y editar genes (tecnología CRISPR) está creciendo de forma exponencial, no lineal. Lo que hace 20 años costaba miles de millones de dólares y décadas de trabajo, hoy se puede hacer en días por unos pocos cientos de euros.

Por acabar con este tema que puede ser tan apasionante como utópico, te dejo unas líneas del llamado Límite de Hayflick que es básicamente, el "contador de minutos" biológico de nuestras células. Fue descubierto por el Dr. Leonard Hayflick en el año 1961, y cambió por completo nuestra comprensión del envejecimiento.

Hasta antes de la llegada del Límite de Hayflick, se pensaba que las células eran inmortales si se mantenían en un entorno adecuado. Él demostró que una población de células humanas normales (como los fibroblastos) solo puede dividirse un número limitado de veces —entre 40 y 60 veces— antes de detenerse. Cuando la célula alcanza ese número, entra en un estado llamado senescencia: no muere inmediatamente, pero deja de dividirse y empieza a funcionar mal.

Imaginemos los cromosomas de nuestro ADN como si fueran cordones de zapatos. Los telómeros son las puntas de plástico (herretes) al final de esos cordones. Su función es proteger la información genética para que no se "deshilache" cada vez que la célula se copia. 

El problema es que cada vez que una célula se divide, los telómeros se acortan un poco. Cuando los telómeros se vuelven demasiado cortos después de muchas divisiones, la célula detecta que su ADN está en peligro y activa un "interruptor de seguridad" que detiene la división. Ese es el Límite de Hayflick.

Pero es cierto que no todas las células están sujetas a este contador. De momento sabemos que las Células Madre tienen una enzima llamada telomerasa que repara los telómeros, permitiéndoles dividirse casi indefinidamente. 

Y en el lado contrario tenemos a las Células Cancerosas que "secuestran" la telomerasa para volverse ellas mismas inmortales, dividiéndose sin parar y sin respetar el Límite de Hayflick.

Si activamos la telomerasa en todas nuestras células para saltarnos el límite de Hayflick y no envejecer, corremos un riesgo altísimo de provocar cáncer generalizado. O lo uno o lo otro. Envejecimiento o descontrol en la multiplicación de nuestras células.

La solución en la que se trabaja a nivel de investigación, es encontrar el equilibrio perfecto donde podamos "resetear" el contador de las células sanas mediante reprogramación celular, pero sin convertirlas en células tumorales. 

 Se cree que ese llamado Límite de Hayflick es la razón por la que la esperanza de vida máxima humana está "bloqueada" naturalmente en torno a los 120-125 años desde hace miles de años.