Debemos hacernos una pregunta bastante básica, llegando al punto actual de evoluciones artificiales en la creación artística, y reflexionar o ver, como por una parte el mundo de la Cultura se va a ver influido por la llegada a todos los niveles de la IA; y por otra parte, asumir, que este mundo de hoy, en el 2026, es una sociedad global mucho más violenta que la de las ocho décadas anteriores. Se dice incluso abiertamente por dirigentes europeos y norteamericanos, que las Normas de Bienestar anteriores, ya no sirven para este presente.
¿La suma de todos estos cambios afectará a la creación cultural y artística?
¿Cómo creemos que va a evolucionar el mundo de la Cultura en lo que resta de este siglo XXI?
¿Se producirá una globalización cultural, o al contrario asistiremos a un mundo de múltiples micro culturas?
La pregunta que planteo es muy compleja porque la cultura nunca evoluciona de forma lineal, sino entre tensiones históricas, a saltos según va moviéndose la sociedad. Si uno observa procesos históricos largos, lo más probable no es que el siglo XXI termine en una cultura global única, ni tampoco en una fragmentación total, sino en una globalización cultural por arriba y una multiplicación de las micro culturas por su base social.
La cultura siempre ha oscilado entre unificación y diversidad. En varios momentos de la historia han coexistido procesos similares al actual, en cuanto se producen tensiones de cambio. En el mundo romano hubo una cultura común mediterránea (el latín, su derecho, el urbanismo de aquella sociedad), pero también sobrevivieron muchas culturas locales.
En la Europa medieval existía una cultura universal cristiana y latina, pero mientras tanto cada territorio mantenía sus propias tradiciones vivas para no perderlas, tanto que muchas de ellas, las que podemos llamar micro culturas, han llegado hasta nuestros días. Por ejemplo los festejos, la gastronomía, los trajes, etc.
En el siglo XIX la industrialización creó una cultura nacional de masas, pero a la vez surgieron movimientos regionales y folclóricos. El nacionalismo cultural logró conservar sin perderse, desde pequeñas costumbres a formas de expresión. Y no solo siguen vivos, sino que además se intentan cuidar en la actualidad para que nunca se pierdan. La cultura moderna ya vive de ese equilibrio inestable entre lo común y globalizado, y lo particular de cada zona que se cuida para no perderlo.
Hay algo nuevo en nuestro tiempo. La infraestructura cultural se ha globalizado. Las grandes plataformas tecnológicas —hoy pueden ser entre otras Netflix, YouTube, TikTok o Spotify— están creando por primera vez en la historia un ecosistema cultural mundial compartido. Vemos, leemos, escuchamos lo mismo y desde el mismo instante, si así lo decide, un ciudadano de la India u otro de Soria o de Londres.
Esto tiene varias consecuencias. Los mismos contenidos circulan en todo el planeta. Las referencias culturales se sincronizan (series, música, memes, libros, músicas). Los creadores pueden tener público global sin intermediarios nacionales. Este proceso ya está generando lo que algunos sociólogos llaman “cultura planetaria de consumo cultural”.
Pero es cierto que aunque todo está a disposición de todo el mundo a la vez, luego cada persona decide qué leer, ver o escuchar. La libertad de elegir sigue siendo de cada uno de nosotros. Por eso la globalización en la disposición, no significa uniformidad completa.
Al mismo tiempo ocurre lo contrario. Nunca en la historia de la humanidad ha sido tan fácil crear comunidades culturales pequeñas y específicas. Internet permite que existan subculturas estéticas, o comunidades artísticas minoritarias, o culturas regionales muy pequeñas, microgéneros musicales o literarios, talleres de escenas locales pero conectadas globalmente, o grupos de expresión y reflexión que ni se conocen ni se conocerán nunca, aunque compartan toda su Cultura de Creación.
Es decir, la tecnología que globaliza la cultura y el arte también deja que se fragmente, creando espacios muy diversos, y muy alejados los unos de los otros, tanto que nunca se conocen personalmente los creadores, los modos incluso.
Se sabe por estudios recientes, que hoy, una comunidad de unas 20.000 personas que tengan un interés cultural muy específico, puede sobrevivir perfectamente en el tiempo y tener una implantación con cierto peso en sus sociedades.
Durante el siglo XX existía algo que hoy está desapareciendo: la cultura dominante nacional. En España, por ejemplo, durante décadas todos compartían las mismas cadenas de televisión que eran una o dos, a lo sumo en las últimas décadas cuatro, y los mismos periódicos, los mismos referentes culturales que habitualmente los organizaba el poder municipal o de comunidad. Se consumían lo que te entregaban, que era poco, controlado y estructurado para unos fines muy concretos, aunque hubiera democracia.
Hoy eso está desapareciendo.La televisión nacional ya no organiza el imaginario colectivo. Lo hacen redes dispersas, decenas y decenas de cadenas o de modos de acceder a los vídeos que deseas, y aunque se asume que también aquí existe la censura escondida, el consumidor puede elegir mejor entre muchas más opciones de cultura, de entretenimiento, de arte.
Otra característica clara del futuro cultural es la mezcla permanente de tradiciones que han logrado sobrevivir. Un ejemplo muy visible es la música actual. Coexisten ritmos africanos con electrónica europea, a veces se mezcla con pop coreano o rap estadounidense, triunfa el folklore latino y todo se mezcla, lo que nos muestra cómo una cultura local puede convertirse en producto global sin dejar de ser local.
Parece cierto que la inteligencia artificial cambiará el sistema cultural, aunque sea todavía pronto para definir en qué volumen, y sobre todo en qué importancia negativa. El impacto cultural de la inteligencia artificial puede ser comparable al de la imprenta. Y todos sabemos que no depende tanto de la herramienta en sí, como de la utilización que se haga con ella.
Pero sí sabemos que veremos tres cambios importantes. Una explosión de la cantidad de la producción cultural, muy variada además, pues habrá millones de creadores produciendo imágenes, música, textos o vídeos, al ser tan sencillo y barato crear.
No sabemos todavía el valor de su calidad, de momento sabemos ya, que la cantidad será brutal, tanta que es imposible consumirla toda, por falta de tiempo y deseos. Tendremos tanto donde elegir, que posiblemente colapsaremos no sabemos de qué forma.
El volumen cultural crecerá de forma gigantesca. Y eso nos lleva a ver la desaparición parcial del autor tradicional. Y también a que muchos contenidos serán colaboraciones entre humanos y máquinas. Es verdad que desde hace muchas décadas un libro impreso es la colaboración entre humanos y máquinas, sobre todo si lleva imágenes y está bien encuadernado.
¿Qué herramienta hace esas imágenes, de qué manera se convierten en algo visible “pegadas” en un papel? Pues efectivamente, es el ser humano pero ayudado de máquinas.
Es posible que en el futuro la cultura sea más personalizada. Los algoritmos tenderán a crear contenidos adaptados a cada persona, algo que nunca ha ocurrido antes. Ya hace mucho años que es posible la impresión bajo demanda de libros personalizados, en donde el protagonista es quien quiera el escritor en colaboración con el impresor digital. Pero podemos imaginar creaciones en las que estén adaptadas a los gustos del cosumidor, sean vídeo, literatura, música, etc.
Aunque haya micro culturas que sobreviven en ese mundo inmenso en lo creativo, existe un riesgo. La cultura global puede volverse muy uniforme en lo superficial, imponiendo las mismas estéticas, los mismos formatos, las mismas narrativas, y sea mucho más costoso acceder a otro tipo de productos distintos, minoritarios, diferentes, lo que los puede hacer todavía más minoritarios.
Muchas obras empiezan a parecerse entre ellas porque los sistemas recomiendan lo que ya funciona o interesa. Y eso supondrá que se abaraten en su coste, y se vendan mucho más, y además ocupen un espacio en el mundo cultural muy superior al que le correspondería por calidad. La rentabilidad de un producto cultural puede imponerse sin querer (queriendo), y homogeneizar el consumo casi programado para incluso manipular formas de pensar.
Curiosamente, frente a la globalización digital, las ciudades incluso pequeñas volverán a ser centros culturales muy importantes. La cultura que se haga y muestre en los barrios de las grandes ciudades, tendrá un peso diferente.
Las escenas culturales más interesantes seguirán surgiendo en lugares concretos como Berlín, Barcelona, New York, Lisboa o Ciudad de México por poner algunos ejemplos recogidos a voleo. Pero en espacios urbanos pequeños se seguirá creando un caldo de cultivo distinto.
Las ciudades y los barrios generan contacto humano, mezcla social y experimentación, algo que internet no puede sustituir del todo. Logran el “contacto” con la Cultura, algo que todavía es imposible de reemplazar. Lo que sean capaces de hacer las propias ciudades, tendrá una importancia crucial en el mantenimiento y la calidad de la Cultura de la zona.
Si tuviera que resumir cómo podría ser la cultura hacia el año 2100, tendría que pensar en infraestructuras culturales globales y compartidas (plataformas, redes, lenguajes digitales), pero a la vez la supervivencia de miles de microculturas activas, posiblemente conectadas globalmente.
Y asistiremos a un crecimiento hacia las culturas híbridas (personas perteneciendo a varias culturas a la vez) que logran resultados nuevos de mezcla, interesantes y que por la novedad, supondrán una nueva incorporación al mundo de la Cultura.
Eso nos puede llevar a crecer todavía más en una producción cultural masiva asistida y ayudada por la IA, y la vez a una revalorización de lo local y artesanal como reacción a lo digital. En realidad la cultura siempre se mueve entre dos necesidades humanas muy profundas; la necesidad de pertenecer a algo común y la necesidad de ser diferente, de crear desde lo que creemos que nunca se ha realizado. El siglo XXI no eliminará esa necesidad.
Algunos historiadores de la cultura, tecnólogos y teóricos del arte ya están utilizando —con cautela y dudas— la expresión “nuevo Renacimiento” para la mezcla de este siglo XXI aupado por esa IA que todavía no sabemos bien hasta dónde puede llegar. Sabemos de lo que ya es capaz de hacer, pero tenemos que reconocer que estamos en la prehistoria de esa IA del futuro.
No es todavía la IA un concepto consolidado entre todos ni admitido por muchos, pero aparece cada vez más en debates académicos y tecnológicos. La cuestión se hace al comparar la IA con el gran cambio cultural europeo del siglo XV, el Renacimiento, que estuvo ligado a varias innovaciones técnicas e intelectuales, especialmente la imprenta de Johannes Gutenberg. La idea es que la IA podría ser una herramienta transformadora de alcance parecido, aunque en un contexto histórico completamente distinto.
El Renacimiento europeo no surgió solo por un cambio estético. Hubo varias transformaciones simultáneas. Nació la imprenta y con ella el redescubrimiento de la cultura clásica. Pero a su vez hubo una clara expansión de las ciudades con la llegada de flujos migrantes de las zona rurales, por primera vez en la historia. Se crearon nuevas redes comerciales y a la vez con la suma de todo lo anterior, nacen y se asientan nuevas élites culturales.
La imprenta permitió multiplicar el conocimiento y difundirlo rápidamente, algo que antes estaba restringido a monasterios y universidades, a unas clases dominantes muy determinadas.
Hoy, algunos investigadores, creen que la IA puede provocar algo similar, una multiplicación gigantesca de la capacidad creativa humana. La democratización radical de la creación, como desde 1975 supuso la democratización (y abaratamiento) del color en la imprenta, de que todo dejara de ser en blanco y negro o a lo sumo impreso en dos colores, en dos tintas. Un cambio que nadie notó, pero que supuso una innovación tremenda para que los libros y revistas resultaran más atractiva y por ello más consumidas.
Hasta ahora muchas disciplinas culturales exigían habilidades técnicas difíciles de adquirir. Desde pintar con dominio técnico a componer música, desde diseñar para publicidad a crear o hacer cine, intentar ilustrar libros o componer música.
La IA ayuda a que individuo sin excesiva formación pero con una idea clara de lo que quiera puede generar imágenes, vídeos, música, animación, publicidad, literatura, y sin dominar completamente la técnica. A eso me refiero cuando hablo de que la llegada de la IA puede provocar una explosión de creación cultural comparable a la llegada de la imprenta.
En cada gran revolución tecnológica aparecen nuevos lenguajes artísticos. La fotografía cambió el concepto o sentido de la pintura, la llegada del cine creó un arte nuevo, pero la televisión transformó la narrativa y enseguida internet cambió la literatura y el periodismo. Hoy la IA abre las formas artísticas nuevas, híbridas, con Arte Diferente, al que le pondremos en breve el apellido que nos parezca mejor.
Es decir, no solo con las nuevas herramientas crearemos más, sino que seguramente surgirán nuevas formas de arte, que ya se están viendo en algunas narrativas. Posiblemente hoy entendemos que eso no es Arte, pero es cuestión de años.
Muchos teóricos creen que el papel del artista creador cambiará. El artista podría convertirse en algo parecido a un director de sistemas creativos y de inteligencias artificiales. Un creador de posibilidades.
Lo importante ya no será producir cada elemento manualmente, el artista planteará ideas tras explorar variaciones sin coste, seleccionará resultados para construir narrativas tras analizar varias opciones sin coste. Algo parecido a lo que hace un director de cine con su equipo, mezclando escenas para buscar una narrativa que le guste.
Si millones de personas pueden crear con facilidad, podría producirse algo parecido a lo ocurrido tras la imprenta, una multiplicación de libros y una tremenda circulación de ideas y debates intelectuales, pero… existirán tantas personas capaces de consumir todo eso?
La cantidad de obras culturales podría crecer de forma exponencial. Pero también hay una crítica importante pues enseguida se advierte de un riesgo. Es decir, una saturación cultural con obras repetitivas y una pérdida clara de la originalidad y que todo nos parezca incluso estéticamente idéntico.
Si los sistemas de IA se entrenan y crecer analizando el pasado ya creado, pueden tender a reproducir estilos existentes en lugar de crear algo realmente nuevo. Si la difusión cultural depende de plataformas y marcas o empresas, el riesgo es que los algoritmos decidan qué se ve y qué no es real. Eso podría limitar la diversidad cultural. El reto del siglo XXI es diferente al del Renacimiento europeo, ya no se trata solo de crear más arte, sino de entender la relación entre inteligencia humana e inteligencia artificial.
Si miramos a largo plazo (hacia el año 2050 al 2100), hay tres escenarios posibles desde el punto de vista de este 2026. Podríamos estar viendo nacer un nuevo Renacimiento creativo con una explosión de cantidad de creaciones.
Pero también podría ser que todas esas creaciones fueran simples churros casi industriales. Muy bellos, pero sin alma, perfectos pero aburridos.
Y también podría ser que la IA se pudiera convertir en una simple herramienta muy poderosa, pero manejada por personas creativas para que esa creatividad humana siguiera siendo el centro de la Creación de la Nueva Cultura.

