2.1.13

Los profesores, los maestros, son los que ponen en valor la educación

En este hermoso colegio de la derecha, la antigua Universidad de Zaragoza, terminé de aprender materias lectivas importantes. Tuve luego casi otros 4 años de tiempo escolar con un profesor complicado.

En este colegio de la foto, estuve solo un año con un maravilloso profesor, Don Julio, que cuando me tuve que ir intentó con todos sus medios que no me fuera a otro centro; pero mis padres mandaban y por cambio de barrio me fui a un barrio, cuando en aquellos años la distancia de tres kilómetros eran un mundo.

Recuerdo su intermediación como un recuerdo absurdo, porque yo no entendía bien que él deseara algo distinto a mi madre.

Don Julio, del que nunca pude saber su apellido, era una maravilla de persona, un profesor que amaba su profesión y adoraba a los alumnos. Yo creo que incluso hasta a los malos chicos les tenía un cariño especial. En aquel 1966 nos impartía técnicas de estudio increíbles, para alumnos de 10 años.

Mesas redondas sobre temas que él planteaba para que todos interviniéramos en debates, concursos en donde nosotros mismos preparábamos las preguntas a los otros alumnos, dibujo libre.


Cuando caí en manos del otro profesor creí volver a las mazmorras, menos mal que yo era alto y me respetaba por ello, o tal vez porque en aquellos años no era malo ni tonto.

Pero de mis buenos golpes de regla en la mano no me libré en cantidad superior a mis aguantes. De las tortas a mano abierta o de los estirones de oreja hasta torcer el cuello, nunca tuve la mala suerte de recibir. Cuando veo el antiguo edificio en el que pude terminar mis estudios (o no) entre los 10 y los 14 años, me entra un poquito de pena.

Si alguien sabe como se llamaba de apellido aquel D. Julio, que me lo diga, por favor.

¿Qué hacemos con los desempleados mayores de 50 años?


Esta mañana tenía que ir a las oficinas de empleo a solicitar una renovación de prestaciones. No era urgente, sabía que podía esperar unos días, pero al llegar me he encontrado con la sorpresa de tener 119 personas delante mía en la Oficina de Empleo con arreglo al número del ticket entregado. Jope —he pensado—, si casi nunca hay más de una veintena de personas como mucho. 

Efectivamente he decidido abandonar y solicitar cita previa por teléfono. Ya he dicho que no era urgente. 

Antes, en las filas había muchos jóvenes, bastantes mujeres, inmigrantes y algunos adultos varones. Pero en los últimos meses veo muchos hombres de mi edad, mayores de 50 años, con cara triste y agachada, sin brillo en las miradas, sabiendo que están así para siempre.

Nadie sabe resolver este problema, pero España necesita a los millones de personas que estamos sin producir por los problemas sin resolver. Si se piensa que sobramos los millones de personas desempleadas mayores de 50 años, nada mejor que decirlo con claridad. Con dos bemoles.

Si sobramos y no vamos a ser capaces de darles una solución, si ya estamos condenados a vernos convertidos en los nuevos pobres, que se diga con arrojo. Algunos escaparemos con las ayudas familiares, pero muchos otros no. Y todos, dejaremos de ser ciudadanos normales para ser cargas absurdas.  

¿A esto quiere condenar España a los millones de desempleados mayores de 50 años? ¿a no ser capaces de producir, de consumir, de crear y trabajar, de ser válidos para la sociedad española, a vernos como unos parias que encima nos enganchamos a las ayudas públicas para no morir de miseria?