29.12.19

¿A qué edad empezamos a envejecer de verdad?

Es posible que estemos equivocados la mayoría de nosotros sobre el momento vital en el que empezamos a envejecer casi de golpe. Momentos en nuestra edad en que realmente nuestras proteínas, las energía internas de nuestras células, empiezan a cambiar de forma relativamente alta. Y eso se produce casi de golpe en ciertos momentos de nuestra edad biológica, según los últimos estudios.

Tenemos según estos, tres momentos de cambios profundos en las proteínas de nuestra sangre. A los 34 años, a los 60 años y a los 78 años. Momentos más o menos, en los que nuestro cuerpo realmente cambia y se transforma como si fuéramos subiendo o bajando una escalera vital, a peldaños. No es una edad fija, pues el margen que tenemos está entre los 2 a 3 años por arriba y por abajo.

Con el análisis de 9 a 10 proteinas bien elegidas de la sangre se puede determinar con claridad qué edad tiene esa persona portadora de la muestra, sabiendo de qué manera están esas proteínas. De todas ellas se puede saber el estado de salud de nuestras partes del cuerpo y lo más importante su edad de desgaste. Podemos tener un corazón de 75 años y un hígado de 60 con un estómago de 40. Eso nos indicaría el estado de nuestra salud y por donde debemos cuidarnos con más contundencia aunque no nos esté dando problemas.

Cuando cambian nuestras proteínas en sangre, nos demos cuenta o no, en realidad estamos cambiando nosotros. Y que estamos envejeciendo a la velocidad en que ellas envejecen. Es el marcado más exacto, sin duda mucho más que nuestro espejo o nuestra sensación de cansancio. Y sobre todo es anterior.

Y a la vez sabemos que estas proteínas que llevamos en el plasma pueden permanecer años de forma constante sin cambios entre nosotros, y en poco tiempo cambiar de forma brusca, por lo que el envejecimiento se produce también de forma brusca, más o menos atenuada por el resto de elementos de nuestro cuerpo. Sobre todo en esas tres fases de edades que representan la edad adulta real, la edad media tardía y la vejez clara.

¿Lo mejor es votar, o negociar hasta llegar al acuerdo?

Creemos que el máximo uso de la democracia es el derecho a poder ir a votar para decidir, a elegir, a seleccionar aquellos responsables que creemos mejor para gestionar nuestro país y nuestras necesidades. Pero no es cierto.

El mayor éxito de la democracia en general es precisamente el contrario, no tener que votar sino ponernos de acuerdo en una negociación entre partes. Otra cosa es el Acto Final de Votar para que así conste en Documento Oficial.

Pero seamos sinceros, ponerse de acuerdo en una negociación es muy complicado, casi imposible a veces, y al final tenemos que ir a votar para decidir y saber cuántos hay de cada postura. Para contarnos.

No podemos estar negociando sin tiempo tasado, y a veces es imposible el acuerdo en la negociación pues los tacticismos ya indican que a una de las partes le viene mucho mejor votar y punto pelota. A veces confundimos el derecho a votar con “nuestro” derecho a votar.

Y la verdad es que en política la mayoría de las votaciones se hacen al margen de los ciudadanos y al margen incluso del conocimiento de la sociedad. Nos dejan participar muy poco, nos dejan votar de vez en cuando para luego ser “ellos” los que votan por nosotros.

Todos los días en todas las administraciones de debate, se votan decenas de propuestas. O se negocian y se llega a la conclusión para que no sea necesario votar.

Cualquier asunto que se lleva a un ayuntamiento por un Grupo Político (por poner un ejemplo sencillo), antes de presentarlo se debate para llegar a un acuerdo, intentando que no se tenga que votar, pues el votar divide. Siempre. Posiciona y divide, lo cual no siempre es malo.
En el primer acto de cualquier asunto existe la negociación. Se presenta a una mesa de “posturas” donde están representados todos los Grupos con un responsable, para tomar posición sobre el asunto. Se vuelve a negociar, se hacen transacciones y se acuerda o no se acuerda.

Aquí ya se marcan las primeras votaciones —se hagan efectivas o no— en esa mesa, para que cuando se acuda al Pleno, donde vuelven a estar todos los demás Grupos con todos sus integrantes, se vote definitivamente para que así conste en Acta Oficial.

Pero en el Pleno ya se sabe de antemano y casi con toda seguridad el resultado de la votación. Aun así en ese acto se vuelve a negociar, a intentar convencer. A transaccionar que es cambiar cromos. Vuelve a estar sobre la mesa el derecho a la negociación, al debate, antes que el de la votación. El derecho a convencer y a ser convencido.

Las democracias débiles empiezan a demostrarlo cuando ya no se debate o estos debates nunca sirven para nada. Cuando todo queda circunscrito a la votación. Votar para decidir es pues la demostración de una debilidad final del sistema democrático que es incapaz de ponernos de acuerdo.

Y se vota en política pero también en los órganos de poder de las empresas, o en cualquier situación donde haya posturas encontradas entre partes que negocian o plantean alternativas.

La democracia nos ha enseñado a votar, pero no tanto a negociar, a ceder y convencer, a ser capaces de admitir de la otra parte ideas y proyectos que pueden ser interesantes, aunque vengan de la parte contraria.

Es todo un arte la negociación. Y el votar es lo más simple y la demostración que han fallado todas las demás posibilidades.