20.1.26

Paraísos Cercanos. México


Y volver, volver, volver…

Hoy nos trasladamos hasta mi primer encuentro de mi vida con un mexicano el año 86, el ingeniero Juan Zamudio.

Ambos nos conocimos cuando yo tenía 19 años y fui conduciendo por Burdeos y el Loira hasta la ciudad de la luz, pues compartimos cuarto de literas en el Albergue de la Villette. Yo conseguí llegar metiendo a la almendra de París próxima al cementerio Lachaise y la Cuidad de las Ciencias mi Ford Fiesta de segunda mano, azul celeste camiseta de Uruguay, que perteneció antes a un aviador de la base madrileña de Torrejón. Dando algunas vueltas hasta ver esa salida del Boulevard Périphérique que por dos veces me lanzaba a la autopista de Lille y Bruselas.

En mi viaje iniciático, aparcado el buga en una calle sin zonas verdes ni naranjas, intoxicado de cultura francesa por mi profesor de instituto Antonio Muñoz, pensaba pasar una semana y matarme a ver museos, la escultura de Calder del Pompidou, tomar cafés, absentas y vinos alrededor de la Sorbona y demás planes entonces obligatorios, dos vocablos que siempre salen mal juntos.

Además de subir a Montmartre, a la torre esa de acero y visitar los Inválidos pues… Zaragoza nunca se rinde…

En vez de eso y dado que tanto Juan como yo viajábamos con la sobrevalorada “Rayuela” de Cortázar, mi encuentro fue con la cultura y actualidad mexicanas, con la poesía de Paz, y contra nulo pronóstico, visitamos la judería rica de las calles del Parc Monceau y gritamos contra los ejecutivos de las empresas trasladadas a los rascacielos promovidos por Mitterand, de centro centro con guiños y el último emperador socialista, en el barrio de Suresnes de “La Defense”. Por coadyuvantes en cuanto a la responsabilidad en alícuota parte de la deuda mexicana, el país iniciando su deriva a narco estado con la firma del PRI, siquiera en aquel entonces exportando simple marihuana y música de Santana.

Mi hilatura de ganchillo con México fue desde allí permanente e imperecedera. Reforzado porque mi escritor predilecto en lengua castellana es Juan Rulfo y que parte del cine que más me ha emocionado es de factura mexicana. Además de que me pegaron en Monzón la epidemia de adorar el rockabilly de “Los Lobos”.

En el país he visitado sus restos, gozado de la gastronomía del sur, me he entusiasmado ante su barroco no colonial sino testimonio cultural de sincretismo. Sigo manteniendo amigos en la UNAM, la Universidad sí nacional y también autónoma de México –las siglas del PSOE en revisión-, que están colaborando con el gabinete Sheimbaun en llevar a debido efecto un proyecto hermano de la UNED española que permita el acceso gratuito a la enseñanza universitaria en los Estados Unidos mexicanos y así se supere el insoportable clasismo que hasta en Cuba existe.

“Por mi raza hablará el espíritu” es el lema de este centro universitario que es un crisol de la sociedad mexicana mestiza. Pues al mismo asistieron y asisten rubios güeros, descendientes de criollos, hijos indios de Villa y Zapata, costeños afromexicanos y fue el foco que iluminó la decisión que tomaron los emigrados universitarios republicanos españoles, García Márquez, el Che, o el chileno Roberto Bolaño, de pasar una serie, la mejor, de los años de su vida en México DF. Cuestión compartida por Buñuel, Bunbury e incluso Bosé, algo tendrá la laguna cuando su corrompida agua la bendicen.

A tus brazos otra vez, llegaré hasta dónde estés…

Como autor de un recetario aragonés tradicional, mi única obra grande publicada, debo más de la mitad de la receta a los productos que se encontró en el mercado de Tenochtitlán, quedando deslumbrado, Bernal Díaz del Castillo. Militar que fue conquistado y a quien tantos términos debe el castellano. Castellano viejo de Medina del Campo, murió como alcalde de Antigua Guatemala, la incomparable ciudad que fundó en los reinados de los mayas del sur.

Toda su vida mantuvo una permanente curiosidad hija del humanismo de la Universidad de Salamanca, que dio como resultado las aportaciones de un excelente filólogo por interminable gastrónomo.

El maíz combinado en milpa con las alubias fertilizadoras y la calabaza que da sombra y vitaminas; el aguardiente de agave del lugar del Tequila como digestivo; pero fundamentalmente la adaptación del jitomate y los chiles dulces y picantes en la húmeda, por semejante en clima, costa atlántica peninsular; las papas adaptadas en ecosistemas fríos como Burgos o altiplanos de Navarra que reproducen las condiciones climáticas andinas; las sandías y mangos verdes que en América se consumen con lima, sal y polvo de chile picante; las papayas que en México se sirven partidas en zigzag; las apreciadas piñas reproducidas por los bonetes ceremoniales de los mayas; los moles de chiles asados y espesados con chocolate; el cilantro que se adquiere en un puesto de bello nombre, tanto como menúceles, como son las recauderías.

Este castellano detenido en el tiempo del que participan vocablos como guajolote por pavo, pozole por cocido de maíz, el fruto del aguacatero que contiene suficientes aceites como para no añadirle a su pasta guacamole, el chile chipotle contra el poblano; el pulque de las pulquerías, un zumo especial que no quiero descubrir y, especialmente, el cucuruchito de maní con sacramentos y el mamey, que se describe como una frutilla con color de piedras de tenzontli, y su riqueza en beta carotenos.

Todos me suliveyan. Y es que me suliveyan sus perjúmenes.

Os dejo esta gloriosa alineación del Instituto Mexicano del Sonido de los alimentos, a los platos siempre el cacique Camilo Lara. Poeta con el que me despido y al que tenéis que revisar cada domingo por la mañana en Radio 3, introduciendo cumbias y sonidos tan nuestros pero extraños, tan nutritivos y ya tradicionales, como los compartidos. Forma parte de un canción que huele a palo de lima mezclado con aires de buganvilla, llevada a DF por los exiliados amigos de los Kahlo-Rivera para tomarse unos caballitos de reposado en esas traseras con jardín y cochera de Mixcoac o la Colonia Roma, inmortales como parte principal de la cinta “Roma” de Alfonso Cuairón.

Arboles de la abarranca, Por quá no han verdesido
Es que no los han regado, Con agua del rio florido

Buñuel se levanta y se va a fumar al fondo del patio, pensando en la siguiente escena de Nazarín.

Recomiendo que os hagáis para acompañar al artículo y oírlo con música de Zoe o Camilo, un cuenco cerámico de chocolate ceremonial menos espeso que el que trasegamos, casi puro y con clavo, comino y un poco de picante; que lo paséis con un tequila dorado con sal y limón o, si todo os falla, una Modelo con gajo de lima dentro.

20.01 Luis Iribarren

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