17.1.26

Yo nací en esta plaza - Apuntes desde el Borde 005


Yo nací en esta plaza que vemos en la imagen, bueno en una pequeña casa de esta plaza, San Nicolás de Bari en Zaragoza, en el centro del muy histórico barrio del Boterón.

El nombre de la calle es Sepulcro que aunque suene a curioso era algo que no teníamos en cuenta los vecinos, y en aquellos tiempos era una zona bastante degradada por serios problemas económicos de sus familias, pero sin casi problemas de convivencia entre gitanos de toda la vida y payos que veíamos crecer Zaragoza, pero que siempre se la veían mejorar de lejos aunque estuviéramos en el meollo.

Entonces se nacía en las casas. Cuando venían los dolores del parto se buscaba a la comadrona que estaba en su casa, y que debemos pensar tenía que estar todas las horas del mundo localizable en su hogar, y además eran tiempos en los que no existían ni teléfonos fijos; y te venía a casa a las atenciones propias del parto.

Mi nacimiento fue muy complicado. Mi madre, primeriza, en el dormitorio pequeño tuvo hemorragias y como yo no era capaz de llorar, la pobre comadrona tuvo que elegir entre atender al imbécil recién nacido o a la santa madre que no entendía nada pues seguramente se pensaba que un parto era algo muy sencillo pues lo saben hacer todos los animales.

Y como yo no reaccionaba, me abandonaron sobre los pies de la cama, dándome por imposible tras intentar con golpes en el culo que les llorara un poco.

Mi madre se salvó con transfusiones de sangre de mi padre, que era el único que podía dar sangre, aunque ahora sospecho que no era posible saber si su sangre era compatible, por falta de medios.

Me han repetido muchas veces a lo largo de mi vida, las voces de la hermana de mi madre, mi tía Carmen, que asustados todos por la situación, ella se salió a un ventanuco que había en la cocina a decirle al Santo Nicolas que ya le valía, ¡jodido!, que bien podía hacer algo por el hijo casi muerto, y por la madre ensangrentada y muy llorosa, en una imagen que nos recuerda al de una cochina por San Martín. Otro santo más.

El caso es que todo funcionó bien, la comadrona hizo lo suyo y no consta que los santos hicieran algo especial, pero la madre se salvó, y el niño abandonado a su suerte, observó que si nadie le hacía caso, debía llorar por sus propios medios o aquello se iba a acabar allí mismo, sin haber empezado.


—————————

En aquella plaza y pequeño barrio todos nos conocíamos, era como vivir en un pueblo dentro de una ciudad de algo menos de 300.000 habitantes que quería crecer.

Vivía la monjera; también una viuda delgadita y de muy mal carácter, que criaba conejos en el sótano —vemos las ventanas de ese sótano a la izquierda de la imagen— y de la que nadie se atrevía a explicar por qué era viuda y agria, aunque yo ahora creo entenderlo.

Vivían en la mejor vivienda de la plaza una familia de transportistas que era un matrimonio con un hermano soltero que utilizaban, como garaje del camión, el local que vemos debajo y junto a la casa de la monjera.

Vivían también los novios, que aunque los llamábamos así, estaban recién casados, pues en aquellos años no se podía vivir sin estar ungidos por el sacramento religioso, ya que lo contrario era pecado mortal. Eran llamados los novios y además los recuerdo siempre como acaramelados.

Creo recordar que vivía un tal Don Pío al que no coloco bien, pero todavía me falta una vivienda sin tener en el recuerdo mejores referencias concretas. Era todo como la casa de 13 Rue del Percebe, pero en real.

Don Pío era silencioso, solitario y algo triste, vete a saber por qué motivos. En aquellos años y en estas calles, lo habitual era estar tristes, pero eso lo he notado ya con los años. Incluso el carbonero de la esquina, al que no vemos su local en la imagen, era triste y de mala baba, un señor siempre de negro desde el pelo y la cara hasta sus sandalias.

También vivían dos pilinguis, que era como las llamaban mi madre, sin yo saber bien qué quería decir aquello. Debía ser una profesión moderna, pensaba. Eran jóvenes y elegantes, y se movían mucho, siempre sonrientes. Pero no hacían mucha vida de calle, quiero decir de barrio.

Eran amigas, o con los años tal vez he entendido que serían socias. Personalmente y más que en su forma de vestir, me sorprendía —con menos de 10 años de edad— su forma de peinarse, su pelo tremendamente alto y en redondo, rubio y equilibrado incluso ante los vaivenes del cierzo.



—————————



Mi hermano más pequeño que yo y este servidor de ustedes, jugábamos a la pelota en la plaza, y claro, utilizábamos de portería las puertas de la iglesia de San Nicolás de Bari.

Eso sí, no podíamos tirar muy fuerte a portería, pues si hacíamos ruido enseguida desde la ventana nos lanzaba improperios la monjera. Una muy buena mujer y amiga de mi madre, que nunca pasó de gritos elegantes.

Como la congregación era de clausura, la monjera era la persona que les compraba y limpiaba el convento, pero sobre todo el lazo de unión entre las necesidades de la calle y la vida interior. Alguna vez venía un médico al convento si se necesitaba mucho, y poco más.

Recuerdo que una vez tuvieron que salir las monjas a Votar —con mayúsculas pues era un acto especial— creo que en 1966 para el Referéndum sobre la Ley Orgánica del Estado, y aunque votar era una cosa casi imposible en aquellos años de Dictadura, como se trataba de perpetuar el franquismo, se buscó a las monjas con taxi, para que fueran al voto en apoyo presumiblemente, del dictador.

Aquella plaza hoy en el siglo XXI es ya anodina. En aquellos años era un lugar de peregrinación todos los lunes del año, con decenas y decenas de personas que acudían a rezar a San Nicolás y a pedirle novio si eras mujer.

Hay que tener en cuenta que en aquellos años había muchos menos hombres que mujeres, pues la guerra civil había acabado solo 17 años antes, y se había cargado a muchos hombres en el frente, mientras a su vez, seguía teniendo la dictadura a otros muchos sufriendo, metidos en las cárceles por sus ideas.

Según los censos, había más de un millón de mujeres que de hombres sin contar los encarcelados, y eso obligada a tener que buscar marido con denuedo. Y unas 20 veces más de hombres encarcelados que de mujeres.

Vamos, que como faltaban hombres para casarse, había que recurrir a San Nicolás que era el Tinder de aquellos años viejos. Y los lunes era el momento de acudir a la plaza a pedir ayuda.

A los lunes se sumaban otras fiestas anuales, que lograban hacernos creer a los vecinos que vivíamos en una zona privilegiada. Aunque fueran calles llenas de gentes pobres de economía y trabajo.




No hay comentarios: