16.1.26

Mi primer trabajo. Apuntes desde el Borde 001


Mi primer trabajo fue en un taller de somieres, de esos que se hacían a mano con una especie de alambres, casi —con todos los perdones del mundo— como los de los campos de concentración, que venían en rollos y tu mismo ibas cortando o separando a la medida, para crear lo que llamábamos somieres de muelles, pues no existían los de láminas.

Yo tenía 14 años y algo menos de un mes de edad, cuando encontré trabajo en aquella fábrica que recuerdo con horror, en los bajos de un edificio de viviendas en un barrio de Zaragoza.

Tenía que ir desenrollando el alambre en tiras de un metro ochenta para la zona larga de la cama y de setenta centímetros para la zona de la anchura. Y luego en las puntas de cada tira se le añadía un muelle que era el que tensaba el conjunto con el marco metálico de cada cama. O se unían las tiras de alambres con unas piezas cortitas, hasta formar el somier. Sí, todo a mano. Es cierto, con unos guantes muy gruesos que me sobraban por todos los dedos de una mano de 14 años.

Pero ya ese trabajo, el de poner los muelles cortitos de tensión, lo hacía el oficial. Yo solo cortaba trozos a una medida determinada. Más que cortar era separar la suma de unas piezas metálicas de 10 centímetros cada una, formando tiras de 18 piezas o de siete piezas, según si eran para la zona larga de la cama o el ancho de los somieres de 90 centímetros.

Yo lo trabajaba sentado en el suelo, no había sillas pues todo estaba en el suelo, sin mesas de trabajo ni nada similar. El oficial también estaba en el suelo. Un suelo de cemento gris, casi metálico de lo mucho que se habían arrastrado por el suelo los rollos de alambre.

Eran diez horas diarias y de vez en cuando te dejaban levantarte para ir a mear o para ayudar a cargar y descargar camiones en el barrio de Las Fuentes. No había mucha luz pero te acostumbrabas al espacio.

Duré día y medio, solo. Me despedía. Llegué a casa el segundo día, a la hora de comer, con las manos hechas un cisco ennegrecido, casi sangrando de abrir los rollos de alambre para separar las piezas aunque llevara guantes, y mi madre dijo que no, que aquello no era para mi. Mi padre trabajaba mucho más que yo para ganar cuatro mierdas, pues era inmigrante de Soria en aquella Zaragoza de 1970. No venía a comer.

Me pagaron 100 pesetas por 16 horas de trabajo (10 más 6). Y mi madre me compró un cinturón de pantalón, mi primer cinturón de hombre. Eso era España y Zaragoza en la primavera del año 1970. Cosas viejas.

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