Sin embargo, cuando escuchamos cómo se siente la gente ahora, hoy, en España o en Europa, aparece otra realidad: cansancio, desilusión, la sensación difusa de que “algo no va bien”. Y esa sensación no es solo individual; es global en las sociedades analizadas.
El informe “300000 voces”, del Oliver Wyman Forum (Reino Unido), analiza cinco años de datos de casi 300.000 personas en 20 países. Allí se preguntan por trabajo, dinero, salud y calidad de vida, y las conclusiones son llamativas.
Mientras el progreso material continúa, la percepción del bienestar físico y mental ha caído un 9 % desde 2021. Como sociedad avanzamos, pero como individuos nos sentimos peor.
Una explicación fácil sería culpar solo a las redes sociales o a la comparación constante con lo que vemos en pantallas.
Pero el informe apunta a un mecanismo más profundo: la llamada “cinta de correr hedónica”.
A medida que mejoran nuestras condiciones de vida y nuestras expectativas de vivir más y mejor, nuestras exigencias crecen todavía más rápido. Nunca llegamos, siempre falta algo. Olvidamos desde dónde venimos y el listón se eleva sin pausa.
Los datos lo muestran con claridad. Hoy damos mucha más importancia al dinero, nos importa un 30 % más que hace cinco años. El éxito profesional pesa un 26 % más. Incluso el placer y la diversión se han vuelto un 25 % más importantes.
Corremos más para alcanzar estos objetivos y, aunque muchas conductas de autocuidado han mejorado (hacemos más ejercicio, cuidamos más la dieta), la percepción que tenemos de nosotros mismos empeora. La salud mental percibida cae un 11 % y la salud física un 8 %.
Nos cuidamos más, pero nos sentimos más enfermos.
El informe señala también que la independencia financiera se ha convertido en una de las necesidades más insatisfechas. Cada vez más personas sienten que necesitan ganar más, ahorrar más, protegerse más, simplemente para poder respirar ante la presión económica.
Esa presión no solo afecta al bolsillo; pesa en la cabeza.
Ante la sensación de que las grandes cuestiones del mundo —política, economía global, clima, seguridad— están fuera de nuestro control, se produce un repliegue hacia lo personal.
Nos volvemos más egoístas en el sentido literal, concentramos energía en lo que sí podemos manejar (finanzas personales, salud, relaciones cercanas, trabajo y conciliación) y nos desentendemos de lo demás.
Más micro y menos macro. “Al menos —pensamos— aseguraré mi pequeño espacio”. Ese giro hacia lo personal tiene un impacto directo en el trabajo, en la calidad de los servicios.
Tras la pandemia se ha consolidado una especie de “era de la suficiencia mínima”. No hay una huida masiva en búsqueda de nuevos empleos, pero mucha gente hace solo lo justo cuando su trabajo actual no le gusta.
No por pereza, sino por reasignación de energía. Si su proyecto vital está fuera de la empresa, el trabajo se convierte en un mínimo necesario.
Al mismo tiempo, la realización personal dentro del trabajo ha escalado hasta ser la segunda necesidad laboral más importante, solo por detrás del salario. Sentimos que nuestro empleo no nos ofrece un camino de futuro claro, y la precariedad y la incertidumbre económica desaniman cualquier salto arriesgado.
Como resultado, muchos desconectan emocionalmente de lo que hacen en su vida laboral.
Para las organizaciones y empresas, el riesgo ya no es solo la fuga de talento, sino algo más silencioso. Nos falta motivación, ilusión y compromiso.
Curiosamente, la Generación Z, a menudo acusada de apatía, aparece en los datos como la que más ha mejorado en satisfacción laboral y encaje cultural, lo que desmonta algunos tópicos.
En paralelo, vivimos un colapso de la confianza institucional. Solo aumenta la confianza en el círculo cercano (familia, amigos), que ha crecido un 23 % desde 2021, mientras la confianza en gobiernos y grandes corporaciones se estanca o cae.
Nos preocupa la desinformación y, ante ella, tendemos a fiarnos solo de lo que podemos verificar en nuestro entorno inmediato. Eso fortalece los lazos cercanos, pero también alimenta burbujas y empobrece la visión global.
Un dato especialmente inquietante del informe: el 28 % de los trabajadores y el 37 % de la generación Z a menudo acusada de apatía, aparece en los datos como la que más ha mejorado en satisfacción laboral y encaje cultural, lo que desmonta algunos tópicos, pero aun así preferiría tener un jefe de inteligencia artificial antes que un jefe humano.
No es un elogio a la máquina, sino una crítica directa al liderazgo actual. Trasladado a política, justicia, educación o sanidad, ese deseo de sustituir a los líderes humanos por sistemas automáticos nos acercaría a un escenario claramente distópico.
Lo que la gente está diciendo en realidad es que quiere consistencia en las decisiones, transparencia, criterios claros y evaluaciones justas, sin favoritismos ni arbitrariedades.
Y hoy no lo encuentra en muchos de quienes mandan, aunque sean personas suficientemente formadas para motivas y ordenar.
El informe propone una receta sencilla para empezar a reconstruir la confianza: más contacto real y más autenticidad. Líderes —en empresas, instituciones, administraciones— que estén disponibles cara a cara, que comuniquen con franqueza, expliquen decisiones difíciles y reconozcan la incertidumbre.
Estamos en mitad de una década llena de paradojas. Prosperamos en métricas objetivas, pero caemos en bienestar subjetivo.
Cuanto más nos apoyemos solo en la tecnología, más valor tendrán esos pocos líderes capaces de combinar sentido común, empatía y valentía para relacionarse con las personas como lo que son: seres humanos, no meros datos en una pantalla.

