29.1.26

¿Hemos mejorado o cambiado desde el año 2021 al 2025?


Una de las paradojas de nuestro tiempo es que, objetivamente, nunca hemos estado mejor: vivimos más años, tenemos más acceso a la educación y sanidad, ganamos más dinero que generaciones anteriores y disfrutamos de comodidades impensables hace solo unas décadas. Visto desde 1990 o 2000, nuestra vida actual habría parecido casi ciencia ficción. 

Sin embargo, cuando escuchamos cómo se siente la gente ahora, hoy, en España o en Europa, aparece otra realidad: cansancio, desilusión, la sensación difusa de que “algo no va bien”. Y esa sensación no es solo individual; es global en las sociedades analizadas.

El informe “300000 voces”, del Oliver Wyman Forum (Reino Unido), analiza cinco años de datos de casi 300.000 personas en 20 países. Allí se preguntan por trabajo, dinero, salud y calidad de vida, y las conclusiones son llamativas. 

Mientras el progreso material continúa, la percepción del bienestar físico y mental ha caído un 9 % desde 2021. Como sociedad avanzamos, pero como individuos nos sentimos peor.

Una explicación fácil sería culpar solo a las redes sociales o a la comparación constante con lo que vemos en pantallas. 

Pero el informe apunta a un mecanismo más profundo: la llamada “cinta de correr hedónica”

A medida que mejoran nuestras condiciones de vida y nuestras expectativas de vivir más y mejor, nuestras exigencias crecen todavía más rápido. Nunca llegamos, siempre falta algo. Olvidamos desde dónde venimos y el listón se eleva sin pausa.

Los datos lo muestran con claridad. Hoy damos mucha más importancia al dinero, nos importa un 30 % más que hace cinco años. El éxito profesional pesa un 26 % más. Incluso el placer y la diversión se han vuelto un 25 % más importantes. 

Corremos más para alcanzar estos objetivos y, aunque muchas conductas de autocuidado han mejorado (hacemos más ejercicio, cuidamos más la dieta), la percepción que tenemos de nosotros mismos empeora. La salud mental percibida cae un 11 % y la salud física un 8 %

Nos cuidamos más, pero nos sentimos más enfermos.

El informe señala también que la independencia financiera se ha convertido en una de las necesidades más insatisfechas. Cada vez más personas sienten que necesitan ganar más, ahorrar más, protegerse más, simplemente para poder respirar ante la presión económica. 

Esa presión no solo afecta al bolsillo; pesa en la cabeza.

Ante la sensación de que las grandes cuestiones del mundo —política, economía global, clima, seguridad— están fuera de nuestro control, se produce un repliegue hacia lo personal

Nos volvemos más egoístas en el sentido literal, concentramos energía en lo que sí podemos manejar (finanzas personales, salud, relaciones cercanas, trabajo y conciliación) y nos desentendemos de lo demás. 

Más micro y menos macro. “Al menos —pensamos— aseguraré mi pequeño espacio”. Ese giro hacia lo personal tiene un impacto directo en el trabajo, en la calidad de los servicios.

Tras la pandemia se ha consolidado una especie de “era de la suficiencia mínima”. No hay una huida masiva en búsqueda de nuevos empleos, pero mucha gente hace solo lo justo cuando su trabajo actual no le gusta. 

No por pereza, sino por reasignación de energía. Si su proyecto vital está fuera de la empresa, el trabajo se convierte en un mínimo necesario. 

Al mismo tiempo, la realización personal dentro del trabajo ha escalado hasta ser la segunda necesidad laboral más importante, solo por detrás del salario. Sentimos que nuestro empleo no nos ofrece un camino de futuro claro, y la precariedad y la incertidumbre económica desaniman cualquier salto arriesgado. 

Como resultado, muchos desconectan emocionalmente de lo que hacen en su vida laboral.

Para las organizaciones y empresas, el riesgo ya no es solo la fuga de talento, sino algo más silencioso. Nos falta motivación, ilusión y compromiso

Curiosamente, la Generación Z, a menudo acusada de apatía, aparece en los datos como la que más ha mejorado en satisfacción laboral y encaje cultural, lo que desmonta algunos tópicos.

En paralelo, vivimos un colapso de la confianza institucional. Solo aumenta la confianza en el círculo cercano (familia, amigos), que ha crecido un 23 % desde 2021, mientras la confianza en gobiernos y grandes corporaciones se estanca o cae. 

Nos preocupa la desinformación y, ante ella, tendemos a fiarnos solo de lo que podemos verificar en nuestro entorno inmediato. Eso fortalece los lazos cercanos, pero también alimenta burbujas y empobrece la visión global.

Un dato especialmente inquietante del informe: el 28 % de los trabajadores y el 37 % de la generación Z a menudo acusada de apatía, aparece en los datos como la que más ha mejorado en satisfacción laboral y encaje cultural, lo que desmonta algunos tópicos, pero aun así preferiría tener un jefe de inteligencia artificial antes que un jefe humano

No es un elogio a la máquina, sino una crítica directa al liderazgo actual. Trasladado a política, justicia, educación o sanidad, ese deseo de sustituir a los líderes humanos por sistemas automáticos nos acercaría a un escenario claramente distópico.

Lo que la gente está diciendo en realidad es que quiere consistencia en las decisiones, transparencia, criterios claros y evaluaciones justas, sin favoritismos ni arbitrariedades. 

Y hoy no lo encuentra en muchos de quienes mandan, aunque sean personas suficientemente formadas para motivas y ordenar.

El informe propone una receta sencilla para empezar a reconstruir la confianza: más contacto real y más autenticidad. Líderes —en empresas, instituciones, administraciones— que estén disponibles cara a cara, que comuniquen con franqueza, expliquen decisiones difíciles y reconozcan la incertidumbre. 

Estamos en mitad de una década llena de paradojas. Prosperamos en métricas objetivas, pero caemos en bienestar subjetivo. 

Cuanto más nos apoyemos solo en la tecnología, más valor tendrán esos pocos líderes capaces de combinar sentido común, empatía y valentía para relacionarse con las personas como lo que son: seres humanos, no meros datos en una pantalla.


27.1.26

Preocupan los EEUU y el ICE


No hay duda de que tenemos un serio problema en estos momentos, tras tensionar el mundo y acabar con el Orden Internacional anterior. Se llama Donald Trump y los actuales EEUU, que no son los EEUU de siempre. 

Hay voces que alimentan los posibles bulos sobre la salud de Donald, y también las hay que advierten que sus compañías actuales podrán ser peores todavía si enfermara Donald. No parecen ser tiempos de calma.

Me preocupa los errores de los torpes con poder, con los fallos de gestión en su forma externa a sus territorios, pero también y mucho de forma interna. 

Las actuaciones de la policía ICE son tremendas y complicadas de explicar en un país libre y democrático. 

El ICE, Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos no tiene sentido de existir como fórmula militar sin derechos ni controles, y lanzado contra los civiles en periodos de paz. Pero son alentados por quien manda, y eso es una barbaridad.

El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas comenzó a operar en el año 2003,con un importante esfuerzo del gobierno para reforzar la seguridad nacional tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

El ICE es parte del Departamento de Seguridad Nacional, que comenzó a operar ese mismo año. Anteriormente, la aplicación de las leyes de inmigración en los EE.UU. estaba a cargo en gran medida del Servicio de Inmigración y Naturalización.

Pero lo que parecería Control Militar desde una policía especial para tiempos prebélicos o de presión terrorista exterior, se está usando para otras funciones muy diferentes.

No es cualquier cosa la policía ICE, suponen más de 20.000 personas trabajando para el ICE en más de 400 oficinas en Estados Unidos, y… en todo el mundo que ellos quieren utilizar para sus planes de defensa. 

Su presupuesto anual es de unos 9.000 millones de dólares, es decir, mucho dinero. En estos números no se cuenta al personal o a las presupuestos que desde la Casa Blanca se hacen llegar para misiones extraordinarias.

El gobierno de EEUU afirmó que centrarían la aplicación de la ley en los delincuentes, pues queda muy demagógico decir lo que quieren escuchar algunos. Pero una cuestión clave que hay que tener en cuenta es cómo se define el término “delincuente”.

La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, dijo esta semana que el gobierno considera delincuentes a todos los inmigrantes indocumentados. Y ante eso se debe hacer la sumisión y obediencia total ante los ICE, de cualquier persona ante sus requerimientos, en la calle o en el hogar, y estas obediencias deben ser totales. ¿No hay leyes que regulen esto?

Los traficantes de drogas criminales, los violadores, los asesinos, los individuos que han cometido actos atroces en los EEUU son ahora contemplados en el mismo rango de peligro que unos niños que han llegado desde México hace unos años y van a su escuela y sus padres trabajan y pagan impuestos.

La agencia ICE ha realizado miles de arrestos en estas semanas de 2026 con un promedio de casi 800 arrestos diarios.

Por si nos parece poco, Trump dijo que firmará un decreto que ordena al gobierno federal preparar la base naval estadounidense en la bahía de Guantánamo, en Cuba, para albergar a decenas de miles de inmigrantes. El ICE supervisará la instalación, dijeron Homan y Noem a CNN.