22.2.25

Unas palabras sobre el socialismo teórico


Independientemente de los ideales políticos que uno tenga, la eliminación de rigideces en los mercados y una competencia basada en la igualdad entre participantes da —a través del egoísmo personal, o la búsqueda de la felicidad particular (que queda mejor)— el optimo social a niveles generales. 

Esta es la teoría utilizada para defender el liberalismo económico como camino hacia la eficiencia y el crecimiento.

En los modelos económicos se hace partícipe al ser humano como si fuera un agente con el mismo poder de mercado que las empresas o las industrias, igualando la persona física a la jurídica, y es un mal comienzo si queremos entender las rigideces existentes en el mercado de trabajo, y por ende, en la economía en su conjunto.

Cuando hablamos de rigideces solemos pensar que es algo malo, algo por lo que deberíamos esforzarnos en eliminar como, por ejemplo, las barreras al comercio. 

Pero en muchos casos, las rigideces asociadas al ser humano son intrínsecas al propio ser humano, ni malas ni buenas, sino la realidad por la que debemos luchar. 

El origen mismo de la economía era la gestión de unos recursos escasos para unas necesidades (ilimitadas se suele añadir, y es una palabra que no está exenta de matiz). 

El hecho de tener unas necesidades obligatorias para la sustentación de la vida, es a la vez origen de la ciencia económica y origen de ciertas rigideces a las que debemos acostumbrarnos y superar. 

Hablo de la alimentación, la salud, y en segundo lugar la educación y la libertad (conceptos más etéreos).

No podemos pensar que el mercado de trabajo puede ser como un mercado cualquiera, porque las personas, por lo general, tiene la necesidad imperante de comer, y de atender a una familia y no tienen otra manera de hacerlo si no es mediante el trabajo y su remuneración como tal. 

No hay un bien sustitutivo del trabajo, por así decirlo. 

Por lo que se debe pasar por el aro, y trabajar, y si no garantizamos las condiciones que estimamos que podemos y debemos garantizar, trabajaremos como esclavos.

Los ciudadanos chinos lo hacen o lo hacían antes. Y no lo hacían por gusto. Tienen que comer igual, y la única forma de hacerlo era y a veces sigue siéndolo, cobrando mal o no cobrando casi nada.

No podemos crear teorías liberales y de competencia perfecta en un mercado donde la gente, si no tuviera más remedio, trabajaría por lo que le dieran, simplemente para sobrevivir.

Porque tenemos que alimentarnos para sobrevivir. Sufrimos imprevistos sanitarios. Y tenemos que permanecer en un nivel mínimo de igualdad con el resto de la sociedad de nuestro entorno.

En términos económicos: El poder de mercado, medido a través de la elasticidad de la demanda (de trabajo) que es muy pequeña, es muy grande.

A la hora de una negociación unilateral entre una empresa y un trabajador, el status quo es muy diferente. La empresa está negociando el aumento o sustento de un x% de su producción total (en empresas más grandes un trabajador tendrá menos papel que en las pequeñas), pero el trabajador está negociando el 100% de su producción, todo su salario.

El liberalismo económico sería mucho más sincero con una base socialista. 

El hecho de asegurarle a una persona su propia vida con unos mínimos comunes, le hace ser más libre para participar en el mercado. Le hace arriesgarse más. Invertir más. Los mercados se vuelven mucho más flexibles, más competitivos, y por tanto, más liberalizados. 

Una persona puede participar en el mercado en igual de condiciones que una empresa. Las personas, físicas y jurídicas, se igualan en parte.

En Estados Unidos, por ejemplo, los liberales defienden bastante el impuesto sobre sucesiones y donaciones. Su objetivo es maximizar la igualdad de oportunidades de los ciudadanos. Es la otra cara de la moneda. 

El pensamiento de que, si todos tienen las mismas posibilidades, todos pueden tener lo mismo. Potenciando la eficiencia (y no la equidad, como hace el socialismo) se llega a lo mismo.

Pero la igualdad de oportunidades no es equivalente a la igualdad económica. Podemos ver claramente con un juego de cara o cruz.

Tu pones a 64 personas por parejas, y que jueguen a cara o cruz. El ganador pasa a la siguiente ronda. 32 personas por parejas vuelven a jugar. Luego 16, 8, 4 y finalmente 2. Tras 6 juegos habrá un ganador y 63 perdedores. Y no se equivoquen. AL principio del juego todos tenían las mismas posibilidades, e incluso en el juego no influye ni la inteligencia ni ningún tipo de habilidad. Sólo suerte. 

¿Alguien va a negar que la suerte influye en la vida? La suerte y el caos asociado lo es todo.

Es cierto que conforme avanzamos los juegos de suma cero van desapareciendo. Esto es, que existen cada vez más situaciones en las que varios ganan sin que uno tenga que perder. Pero no podemos olvidarnos de que el poder (1) las diferencias intrínsecas de cada ser humano (2) y la suerte (3) influyen en nuestra vida, imposibilitando el llegar a una igualdad justa partiendo de la simple igualdad de oportunidades y el libremercado.

El socialismo, y Marx lo comentaba abiertamente cuando escribía sobre ello, no es sólo el camino a seguir. Es el fin a conseguir.

MPA

La edad de jubilación: Hay que reflexionar


Parece que hace falta un debate consensuado entre las diferentes partes de este acuerdo que llamamos “sociedad”, y quiero hablar de la edad de la jubilación laboral, que no vital. Aunque admitamos que el problema real es soportar el pago a tantas personas que se jubilan. Y que siguen consumiendo y pagando impuestos.

En cambio, cuestiones tan importantes y que atañen directamente a nuestro modo de vida (organización y calidad de vida) curiosamente nos son impuestas desde el consenso a puerta cerrada, desde los que dicen tener la única verdad, mientras las diferentes voces divergentes callan, tras la puerta invisible del corazón que parece no darse cuenta de lo que es la calidad de vida.

Hecho: La esperanza de vida ha aumentado considerablemente en estos últimos 50 años, y lo seguirá haciendo. No siempre estos años van acompañados de calidad de vida.

Verdad a medias: Este hecho hace insostenible el actual modelo de pensiones, que hay que cambiar. Pero hay muchas maneras de afrontar estos cambios, y no siempre bien explicados de qué manera afectan a las economías públicas.

Mentira: La única posibilidad es aumentar la edad de jubilación. Es falso pues las propias empresas no quieren esa solución. Una persona a partir de los 60 años ya no puede producir lo mismo que un joven. Su experiencia ya no sirve, no está bien adaptado a los cambios. Su salud no es la misma, y por ello su productividad tampoco. Aunque haya excepción muchas veces dependiendo del tipo de trabajo.

Aunque es cierto que vivimos más años, es discutible el hecho de que en los cinco años inmediatamente posteriores a la actual edad de jubilación (los que quieren aumentar para pagar más y jubilarnos más tarde) nos encontremos igual de sanos y productivos. 

Lo que sí aumenta su productividad es el estrato de trabajador joven. 

Desde la OCDE podemos ver como la producción per cápita en estos últimos 40 años se ha multiplicado por 2,35. Pero hay que analizar desde qué edades laborales se logra ese aumento.

Mientras el ritmo del aumento de la producción per cápita no esté por debajo del aumento de la esperanza de vida, no existe peligro real. Se produce más, luego se puede soportar mejor un aumento de los años de jubilado, añadiendo a los impuestos no solo lo que pagan los trabajadores como futuros jubilados, sino también lo que se debería pagar por el aumento de la producción.

Claro está, existen diversos problemas:
Si aumentase al mismo ritmo la calidad de vida y el IPC, el pensionista no mejoraría si no existieran medidas correctoras. 

Se produce más pero hay más a los que repartir, de forma que al final te quedas igual. Pero aun así no es sensato pensar que la calidad productiva vaya a ir a la zaga, y sea un problema pagar a más personas. 

Por cuestiones biologías y de la Sanidad en los años en los que somos adultos, la esperanza de vida ha aumentado de forma brutal en estos últimos años de vida, pero no podemos creer que la tendencia siga en aumento indefinidamente. Sobre todo teniendo en cuenta las enfermedades asociadas a nuestra forma de vida.

Así que tenemos que pensar en varias cosas. 

Primero, el canal por el que una parte de la producción se traslada a los estratos más adultos. Un impuesto que fuera capaz de gravar las rentas de capital o de la producción asociada al beneficio, además de las cotizaciones del trabajo, mejoraría la fluidez del dinero, amen de ser más realista en cuanto a la proporción trabajadora y la jubilada, en cuanto a la generación de renta. 

Una mayor cobertura social, pública. Es decir, más residencias, centros de día, etc. que revertiera los pagos en jubilación a un trabajo público rentable como actividad.

El consumo de las personas mayores no es el mismo que el de los trabajadores, y si bien la dependencia de los más mayores puede ser un coste añadido, también existen beneficios sociales asociados en la perdida de la independencia. Un jubilado mantiene con sus consumos actividades que no mantienen otros segmentos de la sociedad.

Por supuesto, una ampliación de la edad de jubilación sería permisible, pero de forma sostenible y socialmente adecuada. 

No podemos forzar a según que personas, en según que puestos de trabajo, sobre todo si hay alternativas (muchas más de las propuestas aquí, que son un simple esbozo personal) mejores y más sociales.

MPA