12.5.15

Nos medicamos mucho y muy mal. La salud no es lo mismo que la sanidad

No solo nos recetan muchos más medicamentos de los que necesitamos, no solo bajamos las cifras de control en sangre de enfermedades muy habituales a partir de cierta edad para que así todos tengamos colesterol, glucosa o ácido úrico por encima de lo que algunos laboratorios consideran normal, sino que además los estudios que se hacen sobre las ventajas de algunos medicamentos saben los profesionales que no son ciertos dando solo un valor estadístico en los últimos años  a un solo 11% del total de los publicados, si entendemos que la medicación o tratamiento producen más ventajas que problemas.

No voy hablar de que los laboratorios se inventen enfermedades cuando en realidad solo son trastornos habituales y normales, para así adaptar sus nuevos productos a un mercado que busca la felicidad en pastillas de colores. No lo pienso decir, pero debo reconocer como todos vosotros, que el número de ansiolíticos, de pastillas para dormir o para despertarse, han crecido alarmantemente en los países occidentales, incluido España.

Usted está rodeado de muchísimas personas que sin que lo digan toman diferentes pastillas que no sirven para curar la tristeza, el agotamiento mental, la hiperactividad, el aumento de la glucosa por la edad, etc. Un cambio de hábitos de vida, una modificación de su alimentación, es mucho más eficaz que unas pastillas baratas y mucho más beneficioso para la totalidad de la salud.

No hablamos lo suficiente, hablar es intercambiar miradas y sentimientos, comemos de forma excesiva y mal, no hacemos actividad con el cuerpo que ya no digo deporte sino solo moverse, ya no dormimos tras pasar diez minutos respirando aire puro y mirando a las estrellas, ya no somos capaz de abrazarnos si no es para hacer sexo. Así es normal tener que tomar muchas pastillas rápidas y baratas. 

¿Deberíamos comunicarnos más, mejor o menos?

Cada vez resulta más complicado interactuar entre personas, intercambiar sensaciones entre desconocidos, incluso hablar con algo más que con monólogos desde un invento llamado internet que nos había abierto las puertas en apariencia hacia una comunicación mucho más amplia. Pero parece que la realidad es muy otra.

No tenemos ganas de comunicarnos, si acaso de lanzar gritos al aire, pues para comunicar se necesitan dos direcciones y estas no se dan. Lanzamos mensajes en botellas modernas, pocas veces se recogen, cada vez hay más botellas flotando en el aire, pero bien cerradas con corchos herméticos. Si acaso vemos imágenes, aunque sean de textos, picoteamos durante segundos y nos movemos con increible velocidad entre páginas, buscando lo nuevo sin pararnos en nada, pensando más en lo que nos perdemos si seguimos allí que en lo que ganamos si continuamos leyendo. ¿Tendremos los ojos preprados para tanta mirada tan rápida y escasa?

La sociedad debe abrirse, pero no estamos por la labor. Tal vez por miedo, por hastío o por saturación. Nos volvemos a encerrar sobre nosotros, acortamos la recepción de los mensajes y nadie sabe como abrirlos más. No sé si debemos aceptarlo como ahiora está o revisar bien nuestras formas de comunicación. Ambas posibilidades son correctas a priori.  Cada vez más estamos abandonando los ordenadores y abrazando los teléfonos móviles como forma de comunicación global. Pero cada herramienta es diferente y sus posibilidades aunque nos parezcan las mismas, no lo son. Seguiremos atentos, pero de momento casi la mitad del consumo de internet en España se hace desde el teléfono.