12.8.15

La escuela pública está herida. Y es grave

En los primeros años 80, los que teníamos niños pequeños y creíamos en la escuela pública, creíamos que a los padres se nos iba a tener en cuenta, simplemente porque íbamos a presionar junto a los profesores para lograr más calidad, más presupuesto, más cuidado y atención en la educación desde los poderes políticos.

Eran tiempos de ilusión política, de grandes cambios, de ministros que sí creían en la diferenciación entre escuela pública y concertada y sabían del enorme barullo y chollo que tenían algunas fuerzas de presión social con la educación como estandarte.

Los padres nos apuntábamos a las APA, algunos las dirigíamos, entrábamos en los primeros Consejos de Dirección que luego se fueron transformando en Consejos Escolares para tras ello descafeinarlos, y sobre todo nos empapábamos de todo lo que fueran sistemas educativos diferentes a los que nosotros tuvimos que tragar en los años 70.

Como siempre, las familias se implicaban mucho en los preescolares, seguían con fuerza —entonces muy potente, ahora mucho más menguada— durante la EGB o los cursos de Primaria, para decaer la implicación en cuanto se entraba en la Secundaria. Podría hablaros de escuelas, de sistemas, de implicación, de colaboración, de peleas políticas para hacer colegios nuevos (y lograrlos) o de batallas para acotar religión u otras materias con muy diversos valores. Sin duda podría hablaros de la clara diferenciación que ya entonces había entre profesores MUY implicados y profesores vagos.

Pero no, sólo quiero señalar un síntoma. La educación pública está herida grave. Nos están ganando la batalla los carcas y las confesiones religiosas. La están perdiendo nuestros hijos y ya nietos que ven cómo se juega con la educación como arma política. Excesivos cambios legales, nada de aumento de calidad, poca implicación de todos y todas, separación de los modelos europeos, etc. Sniff!