14.4.21

Pandemia (22) ¿El futuro dependerá de las máquinas o del contacto táctil?

La tecnología todavía está siendo dominada por los seres humanos
, pero cada vez menos y en peores condiciones. Diríamos que muy pocos humanos dominan la mucha tecnología que domina a todos los humanos. Y que lo único que nos falta como humanos para perder todo el control, es que las máquinas o la tecnología sepa dominar a esos pocos humanos que diseñan y toman las decisiones de seguir diseñando y creando opciones cada vez más tecnológicas. 

La inteligencia artificial es una palabra muy ambigua y que de momento nos sirve para entender todos estos cambios de forma fácil. Esa inteligencia artificial nos puede dominar, toma decisiones ella sola porque la hemos creado para eso. ¿Cuándo podrá tomar decisiones contra los que la diseñan?

De momento no tiene sentimientos y eso es un fallo corregible, y tampoco tiene toda la libertad del mundo para controlarse así misma. No puede (casi) conectarse ella misma si los humanos la desconectamos. Son pequeños pasos que nops hemos ido poniendo nosotros mismos para que no se nos apodere del todo, pues casi todo lo demás ya es capaz de hacerlo.

Tenemos todos en nuestro bolsillo las cadenas de la esclavitud y no lo queremos ver así. Lo sabemos, eso sí, pero nos hacemos los locos. 

Si alguien quiere y sin preguntarnos a nosotros, pueden saber dónde estamos, con quien nos hemos reunido y cuanto tiempo hemos hablado, qué hemos comprado, con quien hacemos sexo o solo cervezas, a qué dedicamos el tiempo libre y cuando tiempo permanecemos agachados o de pie. Saben cuántas horas dormimos y si es sueño de calidad o no, y además a qué horas dormimos más profundamente. 

Si todo eso lo convertimos en estadísticas y lo repartimos gratuitamente a cualquier que quiera leer esos datos, saben cuantas personas hay despiertas en una calle, cuanta carne de cerdo se ha vendido el lunes en relación a otro lunes y qué tipo de coche circula más o menos por una hora determinada en una ciudad elegida o en todas.

Saben de nuestros ahorros y a qué los dedicamos, pueden detectar cuánto dinero negro manejamos y para qué lo empleamos aunque sea negro, y de qué amigo nos debemos fiar más o menos aunque nosotros no lo sepamos pero las máquinas si quieren sí lo saben. 

E incluso sabemos ya que nos pueden reconocer de forma artificial con su propia inteligencia de máquinas, para saber cuando paseamos y que en media docena de años si no es antes la base de datos con nuestras caras será accesible a toda las policías que sean “amigas” entre ellas, para detectar si nos comportamos bien o mal.

Y la inteligencia artificial sabrá decir en cada momento quién es el que sale en el vídeo y junto a qué otras personas se encuentra. Y si lo quieren hacer, nos podrán marcar en sus fichar de cada uno de nosotros a qué manifestaciones vamos, qué tipo de relaciones personales tenemos y añadirnos ceros o unos sin que podamos controlar qué quiere decir eso que ponen de nosotros. 

¿Cuántas casillas de nuestras fichas personales son tan personales que no las conocemos ni nosotros mismos?

Todos estos procesos están ya entre nosotros. En las ciudades importantes del Reino Unido ya hace muchos años que hay decenas de cámaras de vídeo grabando todo, incluido en los interiores de los autobuses urbanos. A veces en algunas esquinas te puedes encontrar con media docena de cámaras de vídeo diferentes de distintos organismos o particulares. ¿Qué se hace con esas imágenes? 

Pues nos imaginamos que procesarlas, y luego borrarlas, pero en ese procesamiento se obtienen datos, y es eso lo que se busca. Los datos se puede interrelacionar con otros muchos más datos. Las imágenes de vídeo en realidad no pues requieren tiempo para revisarlas y cuando hay millones de horas ya no sirve tenerlas guardadas.

Lo importante no es tener muchos datos, sino saber buscarlos, ordenarlos e interpretarlos. 

Si tenemos 200 sellos en nuestra colección la podemos disfrutar contemplándola. Pero si tenemos dos millones de sellos ya no nos sirve de nada pues la inmensa mayoría no nos trasmiten nada, no tienen valor para nosotros al estar dentro de tantos sellos. La información es exactamente igual. 

Pero el “sistema” quiere tener mucha información de todos pues que tan importante es reunirla como procesarla y convertirla en información legible y manipulable por las máquinas.

¿Nos dominarán las máquinas? Digamos que las máquinas tendrán una función cada vez más amplia y potente. Es lógico si pensamos en que hay poco trabajo, debe ser repartido, y los trabajos más penosos no tiene sentido que lo hagan personas. Pero en esa división hay mucho de lo que hablar. 

¿Limpiarle el culo a un enfermo es un trabajo penoso? Si admitimos que sí… estamos admitiendo que deberíamos programar a una máquina para que limpiara el culo de los ancianos. Y entonces admitimos también que esos trabajos relacionales y de contacto no siempre deseado entre personas… también habría que ir pensando en programarlos para que los hicieran máquinas.

¿La prostitución la podrían ejercer máquinas? ¿Tendríamos que saber programar máquinas para que nos dijeran que tenemos una enfermedad grave y así evitar el sufrimiento del médico? ¿Los fontaneros que limpian nuestros desagües son trabajos a recomendar de forma personal en el futuro? ¿Y los camareros a los que les gritamos con chasquidos de dedos para que vengan a servirnos con urgencia?

Todo esto es posible acelerarlo o no, depende de muchos factores y una pandemia mundial que dure más de un año al menos, es un momento crucial para que algunas decisiones se tomen. Hoy ya no podemos acudir al médico público, sino llamar por teléfono y esperar a que él te llame. Pero eso mismo lo hemos copiado en las peluquerías, en la óptica, en las tiendas de calzado, en los restaurantes, en el mecánico de coches.

Ya no existe la presencialidad como hace menos de un año. ¿Volveremos a recuperarla? ¿En qué grado se perderá y sobre todo en qué medida será sustituida por una atención de máquinas? 

Hoy (antes de la pandemia también) acudes a una empresa de comida rápida, digamos de hamburguesas, y ya no pides comida a una persona, lo haces a una máquina que con una pantalla te va ofreciendo opciones. Y te cobra y te pide propina y te sugiere que hagas un donativo a una ONG. Y te da un papelito que guardas hasta que aparece en otra pantalla como comida servida y te la entregan, de momento eso sí, una persona. 

Pero es cuestión de muy poco tiempo que con el código QR te  entreguen la comida en un cajetín que abres con dicho código.

Las máquinas no son capaces de programarse y sobre todo no son capaces de pensar, de reflexionar sobre su propio futuro. Saben hacer muy bien lo que se les programa que hagan, incluso parecen que piensan ellas solas como en el ajedrez, pero todavía no son capaces de reaccionar si el otro jugador da un manotazo a la mesa y se caen las piezas al suelo.

Las auténticas máquinas con poder relativo son seres humanos que son capaces de ordenar a las máquinas que se comporten como seres humanos. 

Ese es el peligro. Donald Trump decidió nada más entrar al poder de los EEUU que él era el Poder, que él era los EEUU y que lo básico era estar todos los días en los sueños de los americanos. Le importó tres pelotas si era para amarlo o para odiarlo. Es caso era que todos soñaran con él. Creo que lo logró muy bien, casi como si él fuera una máquina del poder. 

Con ejemplos como Trump no se necesitan máquinas que nos manipulen, él y sus colegas que los va despidiendo con furor incluso cuando no obedecen, son suficientes para dominar las máquinas. Luego estas dominan a las personas. La guerra de los datos, de la información es la capaz de dominar al mundo. O de hundirlo.

En algunas ocasiones se cae Google en medio mundo, deja de funcionar como programa buscador, pero también dejaron de hacerlo todos los programas de su compañía. El mundo pareció pararse. Dejó de funcionar el correo electrónico con más clientes, los blog, alguna red social, YouTube y sobre todo parte de esa “nube” en donde guardamos los datos y que nos permite trabajar conjuntamente sobre un documento desde distancias diversas. 

Un trabajador no podía continuar con su documento alojado en la nube y lo peor de todo. NO SABÍA EL MOTIVO. La incertidumbre se apoderaba de su trabajo presente y pasado. ¿Dónde ha quedado lo que he ido haciendo hasta ahora? Debemos replantearnos que es peligroso depender de la tecnología de “otros”. Pero enseguida se nos olvida todo.

¿Quién controla estos servicios ya imprescindibles? ¿Quién tiene el botón de apagarlos? ¿Qué contienen sus tripas que no vemos, dispuestas a defenderse si ellas mismas quieren? ¿Qué nos han podido meter en nuestras tripas del bolsillo sin preguntar, para podernos atacar si en un momento dado ellas necesitan defenderse? Estamos todo el día conectados con los EEUU, este mismo documento se crea a la vez en mi ordenador y en esa nube curiosa que controla Apple. Es comodísimo.

Puedo estar escribiendo en mi ordenador de casa, continuar en el iPad en el tren, y terminar de rehacer los cambios en el ordenador de mi hijo. Maravilloso. El documento parece que lo tengo yo, pero lo tiene Apple. 

Yo solo accedo a él y si acaso me hago copias para tenerlas guardadas. ¿Pero si un día Apple decide que ya no me deja entrar en “SU nube”? ¿Y si las copias de esos documentos, guardadas en mi ordenador llevan un código que si no puedo entrar a Apple no se dejan abrir? 

De hecho estos documentos se escriben con un programa gratuito de Apple: el Pages. Fabuloso y gratis. ¿Y si un día deja de existir o de funcionar? ¿Quién podría abrir esos documentos míos? Mientras seamos amigos de Apple o de los EEUU esto nunca sucederá. Lo sé. ¿Y si me vuelvo como país, un enemigo de quien domina esto?

El poder no es simplemente aparentar que se tiene poder, sino prepararse por si fuera necesario demostrar que se tiene poder y se quiere defender ese poder. Y en la medida en que no somos capaces de controlar o simplemente conocer el poder de los otros, no somos capaces de entender las defensas que podemos hacer.

En realidad la tecnología somos nosotros pero convertidos en cachibaches dispuestos a trabajar por nosotros. 
Son nuestros deseos convertidos en máquinas, para poder controlar más con menos trabajo y nulo sueldo. 

Tener esclavos gratuitos es el lujo de estos tiempos. Máquinas que cocinas por nosotros en nuestras casas, máquinas que nos barren los suelos y que controlamos desde el teléfono, cámaras que nos dicen quien ha entrada en nuestro portal, aparatos para hacernos un café espumoso a las 11 de la mañana sin hacer nada que no sea ir a buscar la taza pues todo lo demás ya lo hemos programado antes, consultar telefónicas para que nos digan si nuestra forma de mear es la correcta, plátanos comprados en Bali sin movernos de casa y que nos llegan perfectamente envueltos 48 horas después de pagar con unos números. 

Tenemos lo que nos proponemos. ¿Sexo? Pues tenemos chupadores, o sopladores, absorbentes y desorbentes, sexo virtual con sonido o con imagen. pero en cambio está prohibido darnos la mano y un abrazo ya es pecado mortal.

Eso parece ser el futuro, pero es mentira. El futuro será volverse a tocar, abrazarnos o abrazarse casi con gula, tocarle y sentir el calor de una mano amiga. Y si eso no es el futuro, seremos tan imbéciles que no nos lo merecemos y lo mejor sería apagar el tinglado y dejar que sean las cucarachas las que dominen todo esto.

Julio M. Puente Mateo

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