21.3.21

Pandemia (03) La juventud y el visitante no esperando


Nadie duda que para el 2020 no se esperaba la llegada del COVID19, en unos momentos que todavía parecían los idóneos para ir saliendo de la crisis del 2008 a ritmo lento y claramente programado para que no se notara mucho quien podía haber sido el responsable, gestionando incluso los tempos de la salida para seguir obteniendo beneficios incluso organizando el periodo de convalecencia de la enfermedad financiera. 

Teníamos en los EEUU a un Donald Trump al que le quedaba la costoso carrera por conseguir la reelección y nadie pensaba a principios de ese 2020 en sumar la enorme cantidad de errores, de pequeños o grandes desastres que nos llevaban literalmente y de forma clara hacia un caos poco controlable. 

Recordemos que el BREXIT entre Reino Unido y Europa había supuesto la patada en los riñones al Viejo Continente que se sumaba a los errores históricos mientras temblaba Europa Unida con el crecimiento de los populismo dentro de sus propias instituciones. 

Y todo aderezado con una grave crisis comercial entre China y la zona del sureste asiático con los EEUU y de un Trump que no era capaz de casi nada.

No era pues el momento para que nos creciera un enano virus pues los problemas a nivel global se agolpaban; pero este tipo de problema no preguntan. 

Descartada completamente —la posibilidad alguna vez apuntada levemente— de que tal vez China pudiera haber “creado” el bicho por experimentos descontrolado, queda muy claro que nos hemos comportado contra la propia naturaleza con una osadía tremenda. Y que ahora toca asumir los errores y prepararnos para los cambios necesarios. 

Aunque hay que admitir que este posible futuro del 2021 se crea con la misma descoordinación con la que desde el pasado llegamos a este punto actual, incluso con esa irresponsabilidad social y global, lo que vamos a crear en los próximos años no nos va a servir para nada, excepto para alimentar más debilidades, a no ser que seamos capaces de entender bien los motivos que nos han llevado a esta situación. 

Incluida la de observar como estamos empleando los mismos mecanismo de defensa pasiva que hace un siglo con la gripe de 1918, sin añadirle nada de esas presuntas tecnologías que creemos haber inventado durante estos 100 años transcurridos. 

La globalización no ha sido la culpable de esta pandemia, pero sí la responsable de su rápida propagación. 

Hemos tenido globalizaciones en siglos anteriores, culturales, artísticas, de gobierno, pero siempre han utilizado décadas de la historia en propagarse y difundirse. Ahora podemos sacar un nuevo invento en un punto del Planeta y a las pocas semanas estar en disposición de comprarse y venderse por todo el mundo. Y conocerlo y analizarlo en cuestión de horas. 

La globalización actual utiliza mecanismos de propagación vertiginosos pues así es como nos comunicamos todos. Tanto de forma virtual como de manera real. 

Podemos repartir la educación y las partes positivas de la vida en cuestión de minutos (si queremos o quieren los que gobiernan), pero no revisamos tanto como repartir la formas negativas o tóxicas que siempre se adelantan en cualquier proceso globalizador. 

Hemos trabajado mucho más en globalizar las tecnologías que en globalizar el reparto de alimentos o medicinas, en globalizar el trabajo para dominarlo y abaratarlo que en globalizar la justicia social, la sanidad o la dignidad hacia las personas.

Este mundo actual, globalizado hacia el consumo como forma de obtener beneficios casi escondidos, olvida a las partes de la sociedad que son incapaces de consumir. 

La población china había sido orillada del mundo capitalista del siglo pasado hasta que se detecto que ya se habían levantado y podían empezar a consumir y a producir. 

Se quiso controlar sus propios medios de producción como sucedió en otros países pobres de la zona, hasta que los chinos aprendieron a controlar esos procesos de forma interna para que no fueran empresas extranjeras las que dominaran esos procesos suyos. 

Hoy toda esa zona de Asia del mundo no solo controla y domina sus propias producciones sino que ya ha entrado en muchas de las grandes empresas del mundo a través del mismo sistema utilizado por el mundo capitalismo, comprando acciones, poniendo testaferros que disimulen a los verdaderos dueños, controlando los mercados comerciales a los que se accede desde empresas que nos creemos occidentales del todo. 

Y sobre todo aprendiendo del mundo capitalista sus procesos de gestión industrial, copiando ya no solo sus productos finales, sino sus mecanismos de control de las empresas, de productividad o de gestión de calidad, sus formas comerciales de incidir en nuevos mercados, y sus maneras de defender precios y conocer a fondo a sus competidores. 

Hemos logrado entre todos que China —sin dejar de ser comunista— abrace al capitalismo admitiendo que la mejor defensa es un buen ataque. 

El virus o la pandemia nos vino en el peor momento, y debemos también considerar que tal vez no a todos los países les pillo con el paso cambiado, o que al menos no todos van a salir igual de damnificados. 

Hay que admitir que este proceso brutal de enfermedad global va a beneficiar a algunos países y podría replantearse las posiciones estratégicas de medio mundo. Pero de eso hablaremos más en otra parte del análisis que irá viniendo. 

De momento nos debemos quedar con que esta enfermedad “casual y causal”, como en cualquier otra Guerra Mundial —aunque odiemos referirnos a la actual pandemia como una Guerra— va a dejar países vencedores y vencidos. Y como en todas ellas, la ciudadanía civil será la gran afectada. 

El grado de afección, el segmento social y por edad al que más afecten estos problemas en el futuro, está todavía por definir pues depende de las medidas que tomemos a partir de ahora, y el objetivo que nos marquemos con estas decisiones. 

No será igual si Europa es capaz de articular salidas económicas de gran volumen y de reparto de dinero gratuito a que las soluciones pasen por préstamos, o incluso a que no existan decisiones globales por frenos desde diversos gobiernos que buscan marcar territorio sea geográfico, identitario o ideológico.

¿De qué forma se puede salvar a una generación de jóvenes sin trabajo ni futuro claro, que necesitan encontrar sus espacios de futuro? 

¿En qué momento serán los jóvenes actuales los que tomen las decisiones, de un tipo o de otro, para ser los protagonistas de los momentos que tengan que venir? 

¿Podrían caer en la manipulación inteligente estas generaciones que necesitan rebelarse contra “todo” pues nada les está ofreciendo soluciones válidas?

Julio M. Puente Mateo

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