Estoy cansado de escuchar a las personas que dicen que son claras y que siempre son así y sienten que tienen que decir la (su) verdad, por encima de todo.
Y que insisten en decir lo que piensan sobre las personas que se le acercan a su vida, como si la osadía de ser unos bocazas, tuviera algún valor. Son peligrosas pues dan un valor a su verdad, que muchas veces duele.
Si todo fuéramos diciendo por la calle lo que pensamos, apañados estaríamos todos. ¿Y para qué serviría, qué beneficio trae eso?
En la relaciones con los demás hay que tener educación, empatía, elegancia, a veces silencio, otras incluso debemos ser capaces de transmitir pequeñas mentiras, porque se debe ser benevolente con los que nos rodean, sin pensar además, en que es muy posible que nuestra verdad no tiene porque ser "la verdad".
Seamos un poco más suaves, y no pensemos que nuestra opinión tiene más valor si la espetamos a la primera de cambio; ni pensar que lo que nadie se atreve a decir es muestra de valentía, sino en cambio de imbecilidad.
Con los demás, hay que construir, no destruir. Y no, no siempre hay que decir la verdad. La verdad está sobrevalorada.
Si todo fuéramos diciendo por la calle lo que pensamos, apañados estaríamos todos. ¿Y para qué serviría, qué beneficio trae eso?
En la relaciones con los demás hay que tener educación, empatía, elegancia, a veces silencio, otras incluso debemos ser capaces de transmitir pequeñas mentiras, porque se debe ser benevolente con los que nos rodean, sin pensar además, en que es muy posible que nuestra verdad no tiene porque ser "la verdad".
Seamos un poco más suaves, y no pensemos que nuestra opinión tiene más valor si la espetamos a la primera de cambio; ni pensar que lo que nadie se atreve a decir es muestra de valentía, sino en cambio de imbecilidad.
Con los demás, hay que construir, no destruir. Y no, no siempre hay que decir la verdad. La verdad está sobrevalorada.

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