Pocos dudan de que estamos dentro de una tormenta política
necesaria que debe terminar con cambios profundos en España. O no. Depende de
la sociedad que está en estos momentos entre preocupada y desafectada, entre
dolida y cabreada, entre miedosa y olvidada.
Los políticos de carrera saben que al final tendrán que ser
los ciudadanos que no hablan los que decidan, es decir, les importa tres pitos
las mareas, los grupos de presión o las nuevas formas de señalar con el dedo en
el ojo, que estemos quemando las últimas banderas de la democracia vieja. Creen
controlar el tinglado a costa de los silenciosos.
Los viejos políticos que llevan casi 40 años dentro del
sistema saben que estamos ante un cambio y por eso intentan sin que se note
mucho desconectarlo, dominarlo si acaso, entenderlo si son capaces y
controlarlo si se dejan. Son buenas gentes que creyeron (creímos) ferozmente en
la democracia hace años, pero pensando que una vez conseguida ella sola se
bastaría para seguir viva siempre. Pero hoy estamos entre dormidos y dominados.
O creemos en la utopía, que no sé qué es peor.


