Una de las ya constantes aseveraciones que nos vamos haciendo a la hora de reflexionar en estos tiempos históricos de pandemia es si no estaremos ya dentro de una sociedad liquida, donde todo se adapta a su contenedor, donde todo cambia de forma según los movimientos, donde incluso puede cambiar de estado (hielo, agua, gas) según la presión a la que sometamos a la sociedad.
Durante siglos cuando algo se convertía en una explosión de cambio, simplemente explotaba y se producía ese cambio, fuera a mejor o a peor.
Y por ello además de convertir en líquida la sociedad, convertimos en líquido cualquier otro elemento, sean mercados, empresas, ciudades, familias, relaciones, amistades, etc.
No hace tantas décadas se tenían los amigos para siempre, y los enemigos también para siempre. Incluso se heredaban los amigos y los enemigos. Todo parecía mantenerse en el tiempo durante décadas. Ahora ya todo es distinto y por ello más peligroso, pues tendemos a no fiarnos de los amigos o familiares o parejas, pues sabemos que pueden pasar en cuestión de momentos a convertirse en tus enemigos más feroces.
Junto a tus números activos, tienen unas claves que le indican al que lee si eres de fiar, si hay que tratarte con dureza, si eras positivo o peligroso. No necesitan conocerte, ya te han puesto la etiqueta y eres eso, simplemente eso: Lo que pone la etiqueta.
Durante décadas (o siglos), al menos teníamos claro qué eran las ideologías, las religiones, los modos de las ciudades Estado, las formas de relacionarnos, nuestra vida laboral.
Los católicos se dividen en decenas de distintas familias diferentes, los de izquierdas ya no son tan sociales como antes y los de derechas a veces son pobres y trabajadores que madrugan más que las calles. Un periódico es de una forma de pensar hasta que lo compra otro dueño distinto y empieza a comentar las noticias desde otra óptica. Y lo curioso es que los clientes no cambian de periódico, sino que cambian de opinión a la vez que el periódico.
No han comprado esos empresarios una empresa de comunicación, han comprado a una parte de la sociedad que como es líquida se ha convertido en “otra” cosa.
Una sociedad líquida es la que está formada por personas líquidas, por gente que pueden cambiar de color por la moda, que no tienen unos cimientos fuertes o no los tienen de cemento sino de goma de mascar.
Pero lo curioso es que los que ya somos líquidos —casi todos— lo somos porque nos van programando poco a poco para serlo.
Un ejercicio complejo pero maravillosamente eficaz para los que lo practican. Ya no se trata de dominar a las personas como si fueran esclavos sin opinión, sino de darnos la libertad de tener opinión aunque no la escuchan, pero a cambio sentirnos libres para consumir lo que ellos programan que consumamos.
Y para esa pelea necesitan tener unos mecanismos moldeables que faciliten las interacciones de los que realmente dominan todo. Tenemos que ser líquidos todos los demás. Los que consumimos, los que producimos, los que opinamos, incluso los que criticamos para moldearnos a las necesidades de los que realmente mandan y gobiernan, que ninguno de ellos está en el Gobierno de ningún país.
Tras la pandemia de la COVID nos necesitarán más líquidos que nunca.
Dicen que en España se ha aumentado el ahorro familiar en 47.000 millones de euros. Eso para los que dominan los procesos es fabuloso. Nos conocen y saben que empezaremos a consumir como posesos, que ese dinero nos escuece, y recuperarán los ritmos de facturación de forma rápida.
Lo curioso es que no hay ninguna garantía de que sepan utilizar bien nuestra capacidad de modulación. No siempre están los que gestionan con la inteligencia social para saber gestionar bien todas las facilidades que tienen para hacerlo. Ni con pandemia ni sin ella, menos ahora con ella pues hemos dejado en manos de los técnicos en Sanidad la capacidad de gestionar, cuando el problema sanitario requiere soluciones científicas en el plano sanitario y soluciones sociales en el resto de planos que son muchos más.






