23.3.21

Pandemia (07) ¿Sabemos dominar las situaciones de la pandemia?


En todo proceso de gestión habitual y más si es de una crisis
, hay que estar preparado para dominar, controlar todo proceso de cambio en todas las situaciones posibles, tener esa cintura en la gestión que nos permita decir e incluso hacer una cosa y la contraria si las condiciones cambian de forma drástica. Eso supone tener muy controlada la información para ir siempre por delante de ella, y tener un margen de tiempo entre los datos reales e inamovibles y los datos que hemos ido entregando a la población.

Dominar la situación no supone aparentar ese dominio, sino tener cartas sobre la mesa que nos permitan en un momento de transformación poder seguir demostrando que se dominan todas las posibles alternativas. Y efectivamente, esto no es sencillo y sobre todo requiere de un equipo potente y un modelo de comunicación eficaz, para no aparentar mentiras donde solo hay gestión del tiempo para tener espacios para reaccionar.

Entramos de lleno en el aspecto psicológico de masas, en la inteligencia social y emocional de todos los que conforman la situación, entramos sin duda en la necesidad de disponer sin duda de técnicos sanitarios o de investigación de pandemias, pero también de sociólogos, psicólogos sociales, expertos en comunicación, agentes que sepan transmitir confianza y seguridad.

Uno de los errores más absurdos que cometió España en marzo y abril del 2020 fue empezar las comunicaciones a la sociedad con unas formas ajenas al siglo XXI y al problema real, gravísimo y nuevo, pero que requería demostrar una capacidad de seguridad no solo para el momento que se vivía sino para cualquier otro posible y futuro cambio del proceso de la pandemia.

Aparecer en Ruedas de Prensa de cinco miembros donde constantemente al menos tres de ellos eran Capitanes Generales vestidos de militar era la manera más sencilla de explicar la gravedad del momento sin tener que escuchar qué se decía, solo con la imagen, pero también suponía asumir unos riesgos y equivocaciones no previstas pues se enfrentaba a militares a periodistas muy duchos en saber preguntar, y ellos no estaban preparados para esa labor compleja de saber qué se puede y qué no se puede decir, y sobre todo de qué manera hay que decir las medias verdades y las pequeñas mentiras.

A eso hay que sumar que aparecer con las planas mayores de los ejércitos supone poner en sus manos la gestión teórica de cara a la sociedad. ¿Y si va mal el asunto… qué nos queda? ¿A quién podemos recurrir si nos obliga el virus a dar el salto hacia arriba?

Si a eso le añadimos las frases militares utilizadas en algunas de aquellas Ruedas de Prensa como: “sin novedad en el frente”, “todos somos soldados” o “en la guerra todos los días son lunes”, estaba dando la sensación —el Gobierno de izquierdas de PSOE y Podemos— de estar ya en una situación de guerra. De estar en manos de los militares que además se fueron desplegando por la grandes ciudades para labores de apoyo y control junto a la policía y de desinfección en zonas públicas.

El problema eterno de sacar a los militares a la calle, a las Ruedas de Prensa, el mismo desde hace siglos, es que es muy complicado retirarlos y volverlos a los cuarteles. En España en aquellas semanas nos lo pusieron a todos muy fácil, pues ellos mismos se fueron equivocando, cayendo en esos errores lógicos de comunicación al no estar preparados para actuar como políticos siendo militares. El vestido militar en las comparecencias y el no saber plantear una única figura de comunicación hacia la sociedad alentaron una imagen bestialmente antigua, ajena a lo que se necesitaba.

Era pues sin duda, un descontrol y un NO saber dominar la situación, al menos en cuanto a comunicación hacia la sociedad. Aquellas imágenes tristes, duras, excesivamente serias, producían una sensación que en nada servían para que la sociedad percibiera que se estaba dominando la situación.

Es curioso comprobar la enorme diferencia entre países con unas culturas o con otras a la hora de informar y asumir los casos de contagios y fallecimientos. Con independencia de lo transparentes que sean a la hora de informar. Las culturas orientales, más vividas en dictaduras, asumen sin repensar todas aquellas órdenes que vienen desde el poder instituido.

El mundo occidental y su sociedad lo medita, le busca la vuelta sobre todo en culturas del Sur de Europa, o literalmente no las obedece al faltar mecanismos de control y represión. Que no es eso lo que pido, sino constatar las distintas maneras de cada sociedad para asumir lo que está entre todos. 

Para cualquier Gobierno el no poder dominar las situaciones es un grave problema, pues todas las medidas que se tomen están mediatizadas antes con el convencimiento de que no producirán la respuesta adecuada. Eso supone tenerlas que aplicar de más tamaño, para que al final lo que quede sea lo que se necesite.

Si necesitamos que baje un 50% los movimientos de personas para controlar la pandemia, hay que ordenar el confinamiento del 100% de la sociedad y así poder estar seguros de que al menos será un 50% efectivo. Y los perdedores son ese 50% “de más” que se ha tenido que confinar, por culpa de la desobediencias asegurada de una gran parte de la sociedad. 

Si se necesita que confinar una Comarca, hay que confinar una provincia, si necesitamos que a las 10 no se circule, hay que ordenar el cierre a las 9. Y todas estas medidas no son aplicables en otras culturas, donde la seguridad de la obediencia es casi total, y se puede dominar mucho mejor la cantidad y calidad de las medidas.

En España por ejemplo ha sido imposible poner en funcionamiento la App Radar Covid pues nadie se la ha querido poner en sus teléfonos. Las excusas han sido de muy variado calibre y el gobernante no ha tenido los arrestos de ponerla obligatoria. 

¿Se puede? Si, claro, es tan sencillo como exigir que sea mostrada al subir a un autobús urbano, a un tren o para entrar en un Centro Comercial. Si no se tiene activa, no se entra.

En otras culturas ha funcionado muy bien, aquí ya se está pensando en implantar cartillas de vacunación para los mismos fines. Necesitamos desde la gobernanza ir un poco más lejos en el control pasivo de las aptitudes personales, si queremos resultados admisibles en salud y que no afecten brutalmente a la vida común que sin duda suponen un enorme lastre en la economía y funcionamiento de los países.

En otros países lejanos se toma la temperatura por voluntarios en plena calle y (casi) nadie se queja. Eso es impensable en España. Ni si lo hicieran los policías municipales. Se admite en las entradas a los ambulatorios médicos porque acudes tú a buscar ayuda pública. En otros espacios privados sería complicadísimo excepto en algunos lugares muy concretos y en donde la saturación de personas es ya un hecho constante.

Tras el inicio declarado en Europa de la pandemia, en las primeras semanas de marzo 2020, se empezaron a tomar medidas de una forma altamente dudosa y sin tino, pues no fueron capaces de medir la importancia del problema, algo que es entendible aunque hacía un siglo que algo así no sucedía y en el mundo occidental todos pensábamos que éramos mucho más capaces de lo que realmente éramos, para defendernos e incluso para atacar. Enseguida se demostró que nuestro sistema sanitario no era tan robusto ni se había construido con la preparación idónea para estas situaciones.

Se creció muy rápido con medidas de confinamiento totales, con salidas del hogar solo para asuntos imprescindibles y una sola persona, manteniendo esta situación durante varias semanas según países. Se logró vencer la curva con la llegada del verano y sin haber detectado que el contagio por aerosoles era el fundamental una vez que ya todos íbamos con mascarilla, se rebajaron las medidas de confinamiento casi hasta la nada.

Y llegó septiembre con una Segunda Ola tan feroz como la primera (menos fallecidos, muchos más contagios), más preparados para defendernos, para mitigar el número de fallecidos, pero aprendidos ya de que relajarnos era una muy mala situación y rebajar de forma rápida las medidas de confinamiento lo peor que se podía hacer. 

La situación que se pensaba dominada en junio se tornó descontrolada en septiembre, lo que llevó a tener todo congelado hasta la entrada del 2021. Se rebajaron drásticamente los números de media sobre afectados en 14 días hasta los 25 por cada 100.000 habitantes para entender que esa era la cifra para poder salir de la pandemia.

Cuando esto se impuso se estaba en algunas ciudades de España en números superiores a los 1.500 como Burgos, y en muchas comunidades con cifras superiores a los 1.000, alejadísimos de esos 25. 

Al ser tanta la distancia entre lo que había y el objetivo, no toda la sociedad quiso entender el reto, y lo que en la Primera Ola costó bajar los contagios un par de meses, en el otoño se tardó cuatro meses. El reto era mayor, el frío no ayuda a la autodefensa, y el cansancio social (no reconocido o literalmente negado) no ayuda a la obediencia.

¿Existe o no existe cansancio social entre la sociedad que no puede entrar a los bares en España, no puede estar fuera de su casa desde las 11 de la noche, no puede salir fuera de la ciudad de Zaragoza, no puede viajar a su Segunda Residencia o a visitar a sus nietos en otra localidad? 

Se muestran estudios que dicen que NO ¿nos los debemos creer o es una argucia para dominar precisamente ese cansancio social, para negarlo? Tal vez el crecimiento de fiestas privadas descontroladas sea precisamente un síntoma de esa fatiga pandémica.

Para que exista cansancio social por el COVID tienen que entrar dos factores: el de las medidas que nos restan libertad y el temor a contagiarse. 

¿Crees probable contraer la enfermedad tanto tú como tu núcleo familiar más cercano? 

¿Crees que de contagiarte las secuelas y la enfermedad va a ser grave para tí o para tus familiares más cercanos? 

Estas respuestas, o la percepción que hagas a estas cuestiones sí crean fatiga ante la situación pues producen miedo. La falta de libertad se puede reemplazar por otro tipo de libertades, pero si entra el miedo no hay sustituto, simplemente hay que superarlo y no tenerlo… lo que a veces produce más miedo.

Pero además hay algunas realidades que no queremos decir, contundentes y duras pero reales. Menos del 4% de los españoles habían cogido la enfermedad a finales de noviembre de 2020, casi un 7% a finales de marzo de 2021. En la misma fecha de noviembre 2020 un 0,4% del total de españoles han necesitado ingreso hospitalario por la pandemia. Y hasta esa misma fecha un 0,1% de los españoles han fallecido, la inmensa mayoría mayores de 70 años. 

Esos números hace que una gran parte de la población entienda que “no es para tanto” el problema de la pandemia, pues no quieren ver más allá. Pero tal vez haya que analizar otros números históricos de fallecidos.

Casi unos 20 millones de personas enferman de cáncer diagnosticado en el mundo, en España unos 280.000 cada año. Cerca de unos 10 millones mueren al año de cáncer. En España unos 110.000 enfermos fallecen. De tuberculosis fallecen cada año en el mundo sobre 1,4 millones pero casi todos ellos en ocho países (Bangladesh, China, Filipinas, India, Indonesia, Nigeria, Pakistán y Sudáfrica). Pero de diarreas todavía mueren más personas en el mundo superando los 2,5 millones y de SIDA casi 1,8 millones.

Es necesario conocer estos datos y ponerlos encima de la mesa para entender también en qué punto del COVID estamos para valorar sus consecuencias, brutalmente duras… en el mundo occidental, al contrario que la tuberculosis, las diarreas, el hambre, el bajo peso al nacer o el SIDA. 

En ese noviembre 2020 que utilizamos como primera referencia, es verdad que ya tenemos 60 millones de contagiados por el COVID y sobre 1,4 millones de fallecidos en todo el mundo (casi 130 millones de contagios y 2,8 millones de fallecidos declarados a finales de marzo 2021), pero siendo una cifra muy alta, lo es sobre todo porque se da en ciertos países. EEUU con 13,5 millones de contagiados en noviembre encabeza la lista con 270.000 fallecidos. 

Para ver más números: en la Guerra del Vietnam fallecieron unos 56.000 soldados americanos, en la Guerra de Corea unos 36.000 americanos y en la II Guerra Mundial murieron unos 116.000 soldados americanos (unos 170.000 si contamos a civiles o desaparecidos), así que debemos entender con claridad que este problema actual de una pandemia sin dominar, representará para el futuro un punto de inflexión enorme en todo el mundo.

No es lo mismo contemplar las soluciones a finales de 2020 que reflexionar sobre un 2021 que todavía no es capaz de llevarnos hacia la normalidad nueva, hacia un cierto control de la pandemia. Si a la llegada del verano de 2021 no hemos sido capaces como civilización de doblegar la enfermedad y nos sigue dando curvas que suben y bajan, Olas que se van acumulando, sin haber encontrado una vacuna eficaz…, sin duda entonces, sí que habría que ir pensando en un problema mucho más contagiante, y sobre todo en unas desigualdades entre países que complicarían mucho el futuro.

Julio M. Puente Mateo

Ramón Acín y el gesto rebelde de un carpintero


Siempre me gustaron los gestos anónimos, silentes y pausados que son más rebeldes que los gritos,
manifestaciones puntuales y ¿ganas de vanidad? de los grandes defensores de proclamas que, al fin y al cabo, siempre se sustentan en ansias, más o menos disimuladas, de poder y ostentación. Pero retomemos, sin entrar en discusiones sobre qué es el poder, quién lo enarbola, cómo afecta al resto de la población y si, en definitiva, todo es un eterno retorno nietzcheniano que nace y renace con sus virtudes y defectos, la idea inicial: esos pequeños gestos como pequeños tesoros de tozudez y dignidad.

Estos dos últimos conceptos son los que tenía el carpintero que se enfrentó de manera silenciosa al poder franquista de esta España mía, como diría Cecilia, y el lugar donde ocurrió este milagro ateo, se me permitirá la contradicción, es en Huesca. A priori, muchos dirán: ¿cómo pudo un simple carpintero derrocar durante años al poder omnipotente y opresivo del clero y el ejército franquista? Pues, precisamente, a través de un pequeño símbolo tallado en madera con mimo e intuyo que con lágrimas de rabia, coraje y amor.

El carpintero no era José. Dije que se obraba un milagro ateo, pero no que la que escribe estas líneas se extasié como si fuera Pitita Ridruejo.

El carpintero es un ser anónimo del que seguro no querría que su nombre se supiera. Vale su gesto. Ya lo dijo Cervantes a través de su inmortal Quijote: Dad crédito a las obras y no a las palabras. 

Este gesto, esta obra de rebeldía se halla en el Santuario de San Úrbez. En su iglesia de muros de piedra, que han visto desfilar tanto la pompa como la humildad, la penitencia sincera como el perdón hipócrita, esconde, de manera silenciosa y anónima, la rebeldía de un leal carpintero que, homenajeando y rindiendo tributo a la muerte violenta e injusta de Ramón Acín y su mujer, talló una pajarita de madera y la colocó en uno de los retablos con un sencillo tornillo de quita y pon.

Se ponía todo el año. Se quitaba cuando se celebraba alguna festividad y acudían demasiadas sotanas, medallas pomposas en pechos militares y trajes planchados con esmero de los que formaban parte de esa administración obediente y cobarde. Nunca una batalla ideológica tuvo tal triunfo; no solo durante aquellos cuarenta años de dictadura, sino actualmente. Ahí está la pajarita de madera colocada en un retablo de manera discreta, pasando desapercibida para los visitantes porque ¿los triunfos tienen que publicitarse?

Si alguna vez van al Santuario de San Úrbez, busquen la pajarita de Ramón Acín. Solo daré una pista. Diríjanse a la nave lateral izquierda. Observen sus retablos y, entre uno de ellos, descúbranla porque es el mejor ejemplo del triunfo ad extremum temporum sobre el fanatismo, la violencia, la mendacidad y la injusticia. Los de las medallas, sotanas, trajes impolutos son polvo y huesos olvidados. Por contra, Ramón Acín, con el gesto noble, tozudo y digno de un rebelde carpintero, se convierte en un ser inmortal en San Úrbez gracias a una pajarita atea y rebelde.

Olga Neri

22.3.21

Pandemia (06) ¿Habrá revolución juvenil por la pandemia?

Todos los modelos de sociedad se agotan en algún momento de la historia
, todos tienden a ser sustituidos por otros. Es cuestión de tiempo, de oportunidad, de motivación, de un acelerante que sea capaz de producir la combustión de lo viejo. Hay momentos históricos en los que todo parece acelerarse, en los que notamos que el cambio es necesario, previsible, incluso imparable pues se unen diversas situaciones en diversos lugares y a la vez en una misma dirección o en direcciones complementarias. 

Cuando esto sucede —y se nota casi siempre con anterioridad— se acelera el cambio propulsado además por los mismos que lo están notando y que no se atreven a pararlo. Lo admiten, lo aceptan y quieren participar en el tiempo nuevo a ser posible como protagonistas.

Es como si cada pequeño elemento del cambio formara parte de un proceso organizado hacia el cambio. 

El COVID es uno más de entre muchos procesos que se mueven y de momento tampoco es seguro que vaya a propiciar un cambio histórico de Sistema, pero intervienen el cambio climático, la debilidad de los EEUU, el posicionamiento de China o el declive del comunismo del Este de Europa. Influye el BREXIT y la debilidad de la Europa del siglo XXI e incluso los problemas sin resolver de Corea del Norte o Irán, del terrorismo internacional o de la inmigración descontrolada. 

Son en realidad la suma de varios elementos dispares los que inflaman la herida mundial.

Entre los años 2010 a 2012 estuvimos a punto de vivir un momento muy similar excepto sin el detonante de una pandemia que acelerara la combustión. Las Primaveras Árabes de los países del Norte de África se incendiaron pero de forma controlada en muchos de los casos. No hubo un descontrol real a la vez, no hubo una inflamación o un contagio real, pues se trabajó bien la separación por países. Líbano, Kuwait, Libia, Túnez, Argelia, Omán, Arabia Saudí, Sudán, Yemen, Somalia, Sahara, Mauritania, Jordania, Siria, Egipto, Irak, Irán, Palestina, Líbano y en pequeña cantidad Marruecos iniciaron una ola de movilizaciones con muy diversos fines y objetivos, aunque todos sonaran similares.

Más libertad, cambios profundos, hambruna, cansancio de unos gobiernos déspotas, etc. Y aunque entre todos los países se calcula entre 120.000 y 200.000 fallecidos, sobre todo en Libia y Siria, no fue un proceso que incendiara de verdad otras zonas del mundo. 

Faltó para un Cambio de Era esa chispa que a veces surge casi por combustión espontánea. Tuvieron un papel importante las Redes Sociales, y fueron acciones de los jóvenes de estos países que en mayor o menor medida reclamaron cambios profundos, pero todo fue (casi) perfectamente asumido y controlado de forma interna. 

Era el “Tiempo del Cambio” pero tal vez era demasiado pronto para el cambio de verdad.

Este fue el ejemplo más claro de que un incendio es muy complejo de parar en sus alrededores más cercanos, y que hay que formar defensas sobre un espacio de influencia superior creando caminos libres de combustible alejado del núcleo del fuego. 

Por eso la actitud de Marruecos fue fundamental, que Europa se callara fue muy importante, que no interviniera ninguna de las grandes potencia fue imprescindible para que todo se fuera consumiendo dentro de unos territorios delimitados para que el fuego se consumara sin contagiarse, dentro de unas fronteras decididas por muchos. Curiosamente casi todos ellos son países con presencia militar más o menos declarada de los EEUU.

¿Alguien se imagina esa misma situación si se hubieran implicado en esa Primavera Árabe más o menos manipulada, los países o las sociedades de Israel, Irán y Turquía?

Muchas veces tenemos que analizar, sopesar, revisar a quien le interesa cada movimiento de rebeldía. Y sobre todo si es el momento del estallido. Nada se produce por casualidad, o lo que sería lo mismo, casi siempre se produce por causalidad. 

Casi nada es casual, casi todo es por alguna causa. Excepto que como en ese 2020 tan cercano y lejano a la vez nació un detonante no controlado en forma de virus mundial, que puede además crecer o decrecer sin poderlo dominar, y que es un simple virus que se mueve sin control, y casi sin conocimiento suficiente para vencerle. Un mal enemigo al que no vemos.

La capacidad de la persona para aguantar momentos complicados en asuntos alejados de su propio “yo” es enorme, por eso aunque haya confinamientos y se resten libertades individuales, mientras eso no afecte a uno mismo no hay ningún peligro de estallido social. 

Otra cosa es que los cambios te afecten en tus ingresos por pérdida del trabajo, de la empresa, o por restarte la capacidad de tener ingresos sin bajar la de tener gastos. Mientras exista la esperanza de que sea algo muy temporal no sucede nada descontrolado. Si los tiempos de reacción gubernamental se eternizan o no producen el efecto positivo que se necesita, la situación se puede descontrolar. 

Los procesos de control sobre lo descontrolable son también muy eficaces y están muy estudiados desde el Poder. 

Por eso ha sido necesario construir toda una nueva arquitectura de ayudas directas o de cambios laborales, para evitar que el descontento salga a la calle de forma organizada. Los ERTEs o incluso los créditos sin interés pueden servir durante un tiempo, pero sin duda las ayudas directas y sin devolución son el único camino de apaciguamiento si la situación se eterniza. 

La capacidad de poder ir cambiando las formas de apoyo es fundamental, pues ninguna de ellas es en sí misma suficiente para calmar los ánimos y hay que ir intercalando diversos procesos, entre los que sin duda para algunos sectores muy afectados debe estar el abrir y apoyar con modelos de discriminación positiva.

En cuanto a los propios procesos de la enfermedad pandémica, tienen ese punto sociológico que entra dentro de la pirámide poblacional, para que no sea algo a provocar en sí mismos ningún proceso de cambio permanente. 

Lo pueden producir las medidas que se tienen que tomar para controlar los contagios, pero no las consecuencias directas de esos procesos graves en la salud. El hecho de que de forma grave y mortal sobre todo, afecte en mucha mayor medida a las personas ya jubiladas, mayores de 65 años, hace que la sociedad lo contemple de una manera muy distinta a si afectara a otro segmento por edad. 

Si la terrible pandemia afectara a los niños o a los adultos jóvenes por encima de todos los demás cortes de la pirámide poblacional, produciría unas tensiones brutales para tomar medidas mucho más contundentes que pondría contra la pared de las soluciones a cualquier que gestionase los tiempos.

Pero los fallecidos son —en el mundo occidental— en la mayoría de los casos personas de más de 70 años y con enfermedades previas que los enfrenta al COVID19 ya debilitados. Parte de la sociedad entiende incluso que es un proceso lógico de selección natural. 

Y si a eso añadimos que de los fallecidos mayores, un porcentaje enorme estaban previamente internos en Residencias para Personas Mayores que es en donde se han contagiado, entenderemos mejor la incidencia sobre las reacciones sociales de la propia pandemia.

Julio M. Puente Mateo

Pandemia (05) China o el impulso que necesitamos para cambiar el siglo


No será suficiente con el COVID para asegurar un cambio de Ciclo, de Era, de Sistema
, por mucho que esta situación actual por su duración en el tiempo ponga todos los elementos para ello. Lo establecido está muy bien como está, y esta pandemia le ha venido a trastocar su caminar que requiere tranquilidad en sus zonas de influencia y complejas violencias y movimientos entre sus zonas de suministros. 

Sobre todo el Sistema que domina y ya establecido, lo que desea por encima de todo es dominar también las crisis. Y aunque esta ni la ha provocado ni la entiende bien, está aprendiendo mucho más rápido que los propios científicos que buscan una solución médica al problema.

Es mucho más complejo poder construir una vacuna eficaz que aprender a controlar un proceso enfermo antes que el enemigo. 

Pero contra la vacuna solo existe la dificultad del tiempo y las defensas no siempre entendibles del virus. Contra el enemigo social todo es más complejo pues también quiere posicionarse, defenderse con tus mismas herramientas. Un virus es en realidad tonto aunque estropee la vida de millones de personas. Un Sistema Social enemigo es mucho más similar a otro Sistema Social y utiliza los mismos mecanismos de defensa y ataque. 

Ya en las primeras páginas de esta seria de reflexiones me preguntaba: ¿Quién liderará el mundo tras este proceso que nos ha movido los cimientos del capitalismo consumidor?

Todas las esperanzas a una salida rápida están puestas en una vacuna urgente, eficaz, con capacidad de inmunizar durante suficiente tiempo, barata, fácil de administrar y de conservar. 

Cada vez que un laboratorio occidental habla de “su” vacuna suben en Bolsa sus valores. Saben que ese es el gran próximo negocio. De marca, de utilidad como empresa, de futuro. También de beneficios por la venta de su producto, pero eso importa mucho menos. 

Hemos sido incapaces de poder construir una alternativa de defensa que no pase por una vacuna. En ningún lugar del mundo. Incluso tampoco hemos sido capaces de conocer bien sus métodos de transmisión y por aerosoles se ha reconocido a partir de octubre de 2020 aunque la propia China advertía de esta posibilidad en sus revistas médicas en febrero de ese año 2020. ¿Por qué hemos vivido esos 8 meses de pérdida de tiempo o de error en los métodos de defensa pasiva?

La Comisión Nacional de Salud y la Administración Nacional de Medicina Tradicional China advirtió a mitad de febrero que al contagio por gotículas respiratorias y contacto con elementos donde se hubiera depositado el virus había que incluir el aire del ambiente sobre todo en lugares cerrados por acumulación de aerosoles de la respiración de las personas afectadas. 

Se refería a la mezcla del virus con gotitas en el aire para formar aerosoles, que pueden flotar por largas distancias y causar infección después de la inhalación. Y eso se advertía en ese mismo febrero, antes de que en España por poner un ejemplo cercano se hubiera decretado la existencia del problema.

La rectificación del plan inicial chino también sugería entonces que los pacientes ya recuperados se quedasen en casa y evitaran el contacto cercano con otras personas durante 14 días para reducir el riesgo propio de infección con otros patógenos y visitarán el hospital para chequeos en la segunda y cuarta semana después del alta, advirtiendo además que los pacientes infectados con Covid-19 en condiciones severas podrían sufrir una "falla orgánica múltiple” de momento sin especificar. 

¿No supimos leer estos Planes de China para defenderse ellos del COVID en febrero de 2020? Si observamos el transcurso de los meses, de sus propios datos de contagios y fallecimientos, tal vez debamos pensar que se puede hacer todo y siempre, de varias formas. Y algunas son torpes.

Los datos de acierto y error son tan contundentes que nos obligan a sopesar que la batalla por el liderazgo mundial ya está planteada, al menos en su primera fase. 

Del total a finales de marzo de 2021 de unos 124 millones de contagiados, en los EEUU hay casi 31 millones, en España 3,2 millones y en China unos 90.000. La población de China es cuatro veces superior a los EEUU y unas 30 veces superior a España. China nos puede engañar con sus números de contagiados, seguro. ¿Tantas diferencias entre contagiados pueden ser capaces de engañar?

Sin duda estamos en muy distinta fase, y las medidas tomadas en China y países cercanos han funcionado de muy diferente forma a las de Europa, incluso siendo similares restricciones. 

En la propia ciudad de Wuhan hay vídeos en YouTube de españoles que viven allí y las mascarillas llevan meses sin estar siendo utilizadas hoy con el rigor de España, aunque nadie se salta las normas impuestas por su Gobierno, sean las que sean. 

Por ejemplo es normal ver a personas voluntarias que toman la temperatura de los viandantes cuando traspasan puntos cruciales de la ciudad o zonas que marcan la división entre barrios. De forma voluntaria y respetada por todos los vecinos de la ciudad que no se quejan de los mecanismos que puso (y sigue poniendo) el Gobierno chino para frenar la pandemia.

Este impulso de datos tan diferentes va a marcar el futuro, no tanto porque los ciudadanos dejen a de creer en sus propios países, como por la elevación de las economías de los países que mejor están sorteando este proceso que afecta contundentemente en los procesos de productividad y de consumo. Si la pandemia es un grave problema, que afecta de forma muy diferente a unas zonas u a otras, supone un añadido de distanciamiento ante el poder de gestión mundial.

Recuerdo que en los años 70 se decía en mis círculos de joven una frase que por entonces no sabía descifrar bien. “Cuando despierte China, el mundo temblará”, pues yo la achacaba más a sus procesos comunistas, a la posibilidad de que se enfrentara contra Rusia, a que se estaban multiplicando tanto los propios chinos que no cabrían en su país.

La realidad ha sido distinta y el mundo está temblando ante China por sus abrazos al mundo occidental para aprender de sus economías, de sus producciones, de sus tipos de comercio, de su capacidad a dominar el mundo sin hacerlo temblar, simplemente infiltrándose entre sus estructuras.

La realidad es que 1.400.000.000 personas consumiendo a la vez, descontroladas en sus consumos energéticos y contaminando en un crecimiento descontrolado no es soportable sin que el Planeta haga “clic” y se raje. 

Tienen derecho los chinos a tener nuestro nivel de vida, a comportarse como nosotros nos hemos comportado antes durante décadas. Y tienen la fuerza para que nadie les diga nada. Y el resto tenemos la debilidad de no haber sabido prevenir el proceso, o al menos de retrasarlo o lentificarlo, para hacerlo asumible. ¿Cuántos Planetas necesitamos si todos nuestros habitantes por igual desean consumir y contaminar lo mismo que un americano medio?

Si repasamos las aglomeraciones urbanas más grandes del planeta vemos que casi todas ellas están en el Sudeste Asiático. Un ejemplo de donde se mueven las personas, en donde se pueden esconder los problemas y las soluciones, por donde debemos mirar si queremos observar los cambios geoestratégicos del mundo más próximo. 

En esas ciudades se vive el futuro en estos momentos. No es algo que debamos copiar, en su interior no está la calidad de vida, el ejemplo a seguir, pero sí está la realidad del presente. Hay ciudades metropolitanas con más población que toda España.

Cantón, Tokio, Shangai, Yakarta, Delhi, Manila, Bombay, Seúl, México, Sao Paulo, New York, El Cairo, Daka, Pekín, Laos, Bangkok, Karachi, Los Ángeles, Osaka, Moscú, Calcuta, Buenos Aires, Estambul, Teherán, Londres, Johannesburgo, Río de Janeiro, Lahore, Tianjin y Kinsasa forman el núcleo de las 30 principales ciudades y sus entornos por número de habitantes. Estamos hablando de unos 640.000.000 de personas encerradas en 30 conglomerados urbanos alrededor de 30 ciudades ingobernables.

De todas estas personas sobre unos 400 millones habitan en la zona del Sudeste Asiático y unas 240 millones en el resto del mundo y muy repartidos. Hablamos siempre de enormes conglomerados que a veces llamamos ciudades. Es normal pensar que será en su interior en donde se gestará una parte importante del futuro de la humanidad. 

¿Cómo es posible gestionar una conurbación de casi 47 millones de habitantes? Estamos hablando para entendernos de espacios teóricos como Barcelona y su entorno periurbano, el Gran Bilbao, etc. pero con una población multiplicada al menos por 10.

Cualquier decisión que se tome de cara al futuro del Planeta pasa por entender este tipo de conglomerados, de saber qué se gesta dentro de ellos, qué capacidad tenemos para evitar su multiplicación.

E incluso de cara a las soluciones que necesita el mundo actual para defenderse de la pandemia, hay que entender la complejidad de la gestión democrática de una enfermedad de transmisión comunitaria como esta pandemia entre espacios urbanos tan inmensos. 

¿Cuántos hospitales se necesitan en estas ciudades? 

¿Es fácil contar a los fallecidos diarios? 

¿Qué capacidad de obediencia se puede dar en estos conglomerados para controlar la propagación de una enfermedad? 

¿Sabemos contar bien los contagios? 

¿Sirven el mismo tipo de medidas para los distintos tipos de conglomerados urbanos?

Evidentemente las respuestas con complejas y muy diversas. Cualquier error en la gestión de todos estos millones de habitantes se notará en el futuro, sobre todo porque están viviendo en una zona muy sensible, con grandes esperanzas internas de cambio, con una cultura claramente distinta a la occidental y a veces con odios contenidos, y con unas economías emergentes que pueden suponer un cambio tremendo en las maneras que hoy entendemos el comercio, la industria, las relaciones entre distintas culturas y espacios económicos.

Tenemos el mundo dispuesto a cambiar de rumbo, pero necesitamos ese impulso que la pandemia del COVID podría darle aunque también es muy posible que no sea suficiente. 

Para que algo se produzca muchas veces necesita dos impulsos simultáneos. La gasolina y la cerilla por separado no son peligrosos, para lograr un desastre necesitamos que se unan en el mismo momento y en el mismo lugar.

21.3.21

Pandemia (04) Los hijos se comerán a sus padres. Ruptura contra el Pasado


Si algo marcará nuestro futuro más cercano tras la pandemia será el intento de romper con el pasado, o mejor dicho, “contra” el pasado. Es inevitable sospechar que aunque todo está circulando por cauces pacíficos al menos durante este 2020 que acaba e inicio del 2021 que avanza titubeante, en algún momento además de soluciones se destapará la válvula de escape, no sabemos bien todavía de qué manera. Más en unos países que en otros, según el grado de satisfacción o dolor social que hayan sufrido en este periodo de pandemia. 

Nada es más necesario para quien sufre que encontrar culpables sobre los que descargar las iras contenidas.

Y digo necesario porque de lo que se trata es de que no explote, sino de que se escape la presión de una forma controlada. Aunque haga ruido como una olla rápida, e incluso asuste la escena mientras contemplamos como se llena de vapor de agua el recinto. Si no dejamos salir el vapor contenido, puede explotar el acero y herirnos en la cara los trozos descontrolados de la explosión.

Por eso la válvula de escape tiene que marcarnos un enemigo, y ese será el pasado. No sabemos si el pasado de un año atrás o el de 20 años atrás. Lo contemplaremos mientras nos asustamos. 

Los jóvenes tienen que “comerse” a sus padres como es lógico y el Complejo de Edipo o de Electra (sin sexo que analizar) explica muy bien las necesidades de tener que marcar nuevo territorio de los jóvenes, desplazando a los padres para ocupar ellos su puesto. 

Sobre todo si los progenitores sociales no han sido capaces de solucionar el futuro de los hijos, en dotar de recursos y soluciones a toda la variedad de problemas que representa edificar un futuro nuevo, una emancipación simple sobre la que hacer palanca.

Esta pandemia es sin duda el punto de arranque de una rebelión callada o no contra lo que podríamos llamar “Sistema” y que no es otra cosa que las formas de vivir en la actualidad. Muy distintas si eres africano de Mauritania, americano de Colombia, europeo de Suiza o un ciudadano de Laos. 

Pero todos llevan consigo la misma necesidad. “Lo actual ya no nos sirve a los jóvenes” por mucha tecnología que le hayamos añadido los mayores a las formas de vivir. 

Hay que romper “contra” el pasado, pues se trata sobre todo de buscar responsables de lo que está mal. Y “contra” ellos cargar las tintas para vencerlos.

Hay una crisis soterrada de evolución humana, de entender de otra manera la realidad tan distinta entre personas, entre animales de la misma raza de mamíferos inteligentes, que buscan como es lógico una uniformidad de posibilidades mucho menos distinta. 

Todos queremos mantener nuestra cultura, nuestro idioma, nuestras costumbres, pero todos también queremos un acceso más similar a la dignidad humana.

Podemos ser de diferente religión o de distinto color de piel, pero queremos tener los mismos derechos y las mismas obligaciones, la misma justicia y el mismo acceso digno a la vida. 

Y en ese campo se van a pelear las próximas guerras mundiales, como ya se demuestra con las inmigraciones que llamamos masivas sin darnos cuenta que la palabra “masiva” es otra cosa muy diferente a que vengan 300 personas en cayucos.

Pero también está claro que no todos los seres humanos se van a dejar impregnar por los cambios de la misma manera. Y por eso está seguro que será inevitable una guerra de conceptos humanos. 

Si una cultura determinada no desea tener hijos irá perdiendo influencia, si una cultura no desea mezclarse con el resto será tratada como enemiga, si una cultura se abre al intercambio comercial, cultural y de convivencia será más fuerte.

Esto supondrá una globalización de las razas, de las culturas, de las formas. Y en apariencia —aunque esto no nos guste— es muy fácil que suceda. Amparado también por la actual pandemia si las soluciones no son encerrarse en uno mismo como país. 

Hace 60 años costaba seis horas como mínimo ir desde Zaragoza a Aranda de Duero en la frontera entre Soria y Burgos. Hoy en muy poco más de tiempo se va desde Madrid a New York. 

Hace 60 años ibas a lo sumo una vez al año (por coste soportable) desde el pueblo a la capital, hoy —si lo necesitas— viajas varias veces desde tu pueblo a cualquier capital de Europa. El esfuerzo económico es similar. 

Es inevitable pues que las calles de Roma o de Madrid, de Kuwait o de New York se parezcan cada vez mas entre ellas, llenas por los mismos comercios, las mismas marcas, los mismos tipos de iluminación en las fachadas. ¿Es esto bueno? Lo que sí parece ya es inevitable.

La globalización de las calles, de los locales, de las personas, de los deseos de romper con el pasado, no van a representar una diversidad mayor, sino una homogeneización más contundente. 

Mas uniformidad, cuanta más globalización cultural exista. Pero eso también puede tener su punto positivo y que afecta más a los mas débiles. Cuanto más globalizados estemos menos posibilidades tenemos de destruirnos entre nosotros.

Tras la II Guerra Mundial quedó claro en todos los Gobiernos del Mundo que éramos capaces de autodestruirnos entre nosotros mismos. Pues el primer momento de la historia de la Humanidad en que asumimos nuestra capacidad de poder matarnos como raza, de poder destruir todo el Planeta. 

En teoría lógica, cuando más globalizado esté el mundo, cuanto menos posibilidades tengan los disidentes del “Sistema” global, menos posibilidades hay de destrucción. Nadie quiere destruirse así mismo, excepto que estés loco. 

Efectivamente, el propio “Sistema” tiene que conseguir que no gestionen el mundo ningún “Loco” de libro, o procurar mecanismos de auto defensa contra eso posible “Loco”.

El COVID nos ha mostrado que “algo” nos convierte a todos iguales, débiles, enfermos, sin control, pobres. 

Ya no es la constatación de que ese “algo” nos podría convertir, ahora ya se trata de la seguridad de que lo ha realizado, aunque tengamos mecanismos de una defensa a posteriori en el campo económico. Pero los miedos, las micro revoluciones en las economías de todo tipo, eso, ya no es posible revertirlo aunque aprendamos a imprimir dinero como posesos. Sobre todo porque puede volver a suceder y las medidas podrían ser de otro tipo y las soluciones no existir para todos por igual.

Romper con el pasado podría suponer abrazar un nuevo futuro, pero también podría suponer abrazar un pasado más remoto que el actual. Y en eso es donde tenemos el peligro la sociedad actual. 

Si nos remontamos al año 450 y observamos la Caída del Imperio Romano vemos a continuación la entrada en la Humanidad de la Edad Media. Era claramente una ruptura con todo lo que representaba el poder de Roma y su civilización.

Esa histórica Edad Media que vino por vacío de poder más que por otro motivo claro…, aportó muy poco a la humanidad aunque duró… 1.000 años. 

Tuvo que venir el Renacimiento (otra ruptura de Ciclo, de Era Histórica) para incluso volver a los conceptos que se habían quedado quietos en el siglo V. En este siglo V la humanidad decidió —posiblemente sin proponérselo— que lo que había servido hasta ese momento había que vencerlo, o más claramente, el mismo Imperio Romano se venció a sí mismo. Pero tardamos 1.000 años en lograr algo realmente innovador, que volvía a la casilla de salida en conceptos sociales, de arte, de estética, de organización urbana, de poder, de exploración, de innovación. 

Cuidado pues con quedarnos atascados ahora, si admitimos que lo viejo es muy malo, pero no somos capaces de encontrar un recambio válido.

Estamos en este 2021, entrando pues en la Tercera Década del Siglo XXI, en ese momento histórico de poder decidir si somos capaces de saberlo hacer mejor, para respondernos qué queremos hacer con el futuro, una vez que ya hemos decidido romper con el pasado.

Muchos de nosotros es posible que no deseemos romper con nada pues nos va —como civilización— entre bien y muy bien, pero hay muchos otros a los que hemos dejado orillados —o no hemos atendido con la urgencia que ellos esperaban de nosotros—, que no piensan lo mismo que la parte del mundo occidental a la que le va entre regular y bien, y que desean romper totalmente con ese pasado, el mismo que incluso hoy los privilegiados entre la mayoría admitiríamos como mal menor.

Cuando a mitad de la década de los años 50 los EEUU se convirtieron en la Primera Potencia Mundial, con un cambio claro en sus maneras de entender las economías productivas, asistimos a la clarificación de quien había ganado la guerra, esa II Guerra Mundial que había acabado en teoría en el año 1945. Pero tuvieron que pasara 10 años para que los resultados de aquella victoria de los EEUU sobre todos los demás, lo admitieran o no, se dejara notar sobre las formas de dominar, de construir cultura y maneras. 

Uno de aquellos cambios fue cambiar el azul de los monos en las empresas por el blanco de las camisas en las oficinas. Un cambio táctico. Poner en valor no la mano de obra de la cadena de producción, sino la reflexión sobre cómo obtener mejores beneficios en los laboratorios de Ideas, aunque fueran financieras o de control de calidad o de los recursos humanos de cada empresa. 

Era potenciar la economía del papel, del despacho, por encima de la economía del trabajo manual.

Ese concepto fue una ruptura con el pasado, una revolución en el concepto del beneficio, de la economía, del dinero, que rompía con el concepto de que cuanto más trigo se plantara, más rico era un país. Ya no había que plantar trigo para tener mucho trigo y muy barato. 

Simplemente había que mandarlo plantar en otra zona del mundo y pactar el precio de compra antes, para saber a qué precio se podía vender el pan un año después. Se sabía qué beneficios se iban a obtener un año después vendiendo, sin ponerse el mono azul. Simplemente había que crear panaderías y controlarlas desde una mesa.

Este concepto de cambio brutal aunque no lo parezca, se multiplicó enseguida en una globalización de los años 50/60 del siglo XX, y también en esa globalización se tomaron posiciones estratégicas en el cambio para no perder protagonismo en todo el mundo. Si era bueno vender CocaCola, había que controlar la fabricación en la misma zona en donde se vendía. Y el dueño de la CocaCola controlaba y controla desde su mesa en Atlanta o en Delaware lo que se fabrica en Madrid o en Londres, marca el precio, el diseño, el tamaño del envase.

El resto del mundo es “libre” para decidir cuántas CocaColas se bebe al año. Eso es globalización a la que podemos llamar negativa o positiva, pues es ambas cosas. Y contra esa globalización no se puede pelear desde abajo. Si acaso podría suceder que los dueños de la CocaCola se descubrieran un día como NO americanos. Pero poca más ruptura que esa es posible… de momento.

Nota.: La imagen de arriba es del fotógrafo Jaime Villanueva de Madrid para el diario El País.

Julio M. Puente Mateo

Pandemia (03) La juventud y el visitante no esperando


Nadie duda que para el 2020 no se esperaba la llegada del COVID19, en unos momentos que todavía parecían los idóneos para ir saliendo de la crisis del 2008 a ritmo lento y claramente programado para que no se notara mucho quien podía haber sido el responsable, gestionando incluso los tempos de la salida para seguir obteniendo beneficios incluso organizando el periodo de convalecencia de la enfermedad financiera. 

Teníamos en los EEUU a un Donald Trump al que le quedaba la costoso carrera por conseguir la reelección y nadie pensaba a principios de ese 2020 en sumar la enorme cantidad de errores, de pequeños o grandes desastres que nos llevaban literalmente y de forma clara hacia un caos poco controlable. 

Recordemos que el BREXIT entre Reino Unido y Europa había supuesto la patada en los riñones al Viejo Continente que se sumaba a los errores históricos mientras temblaba Europa Unida con el crecimiento de los populismo dentro de sus propias instituciones. 

Y todo aderezado con una grave crisis comercial entre China y la zona del sureste asiático con los EEUU y de un Trump que no era capaz de casi nada.

No era pues el momento para que nos creciera un enano virus pues los problemas a nivel global se agolpaban; pero este tipo de problema no preguntan. 

Descartada completamente —la posibilidad alguna vez apuntada levemente— de que tal vez China pudiera haber “creado” el bicho por experimentos descontrolado, queda muy claro que nos hemos comportado contra la propia naturaleza con una osadía tremenda. Y que ahora toca asumir los errores y prepararnos para los cambios necesarios. 

Aunque hay que admitir que este posible futuro del 2021 se crea con la misma descoordinación con la que desde el pasado llegamos a este punto actual, incluso con esa irresponsabilidad social y global, lo que vamos a crear en los próximos años no nos va a servir para nada, excepto para alimentar más debilidades, a no ser que seamos capaces de entender bien los motivos que nos han llevado a esta situación. 

Incluida la de observar como estamos empleando los mismos mecanismo de defensa pasiva que hace un siglo con la gripe de 1918, sin añadirle nada de esas presuntas tecnologías que creemos haber inventado durante estos 100 años transcurridos. 

La globalización no ha sido la culpable de esta pandemia, pero sí la responsable de su rápida propagación. 

Hemos tenido globalizaciones en siglos anteriores, culturales, artísticas, de gobierno, pero siempre han utilizado décadas de la historia en propagarse y difundirse. Ahora podemos sacar un nuevo invento en un punto del Planeta y a las pocas semanas estar en disposición de comprarse y venderse por todo el mundo. Y conocerlo y analizarlo en cuestión de horas. 

La globalización actual utiliza mecanismos de propagación vertiginosos pues así es como nos comunicamos todos. Tanto de forma virtual como de manera real. 

Podemos repartir la educación y las partes positivas de la vida en cuestión de minutos (si queremos o quieren los que gobiernan), pero no revisamos tanto como repartir la formas negativas o tóxicas que siempre se adelantan en cualquier proceso globalizador. 

Hemos trabajado mucho más en globalizar las tecnologías que en globalizar el reparto de alimentos o medicinas, en globalizar el trabajo para dominarlo y abaratarlo que en globalizar la justicia social, la sanidad o la dignidad hacia las personas.

Este mundo actual, globalizado hacia el consumo como forma de obtener beneficios casi escondidos, olvida a las partes de la sociedad que son incapaces de consumir. 

La población china había sido orillada del mundo capitalista del siglo pasado hasta que se detecto que ya se habían levantado y podían empezar a consumir y a producir. 

Se quiso controlar sus propios medios de producción como sucedió en otros países pobres de la zona, hasta que los chinos aprendieron a controlar esos procesos de forma interna para que no fueran empresas extranjeras las que dominaran esos procesos suyos. 

Hoy toda esa zona de Asia del mundo no solo controla y domina sus propias producciones sino que ya ha entrado en muchas de las grandes empresas del mundo a través del mismo sistema utilizado por el mundo capitalismo, comprando acciones, poniendo testaferros que disimulen a los verdaderos dueños, controlando los mercados comerciales a los que se accede desde empresas que nos creemos occidentales del todo. 

Y sobre todo aprendiendo del mundo capitalista sus procesos de gestión industrial, copiando ya no solo sus productos finales, sino sus mecanismos de control de las empresas, de productividad o de gestión de calidad, sus formas comerciales de incidir en nuevos mercados, y sus maneras de defender precios y conocer a fondo a sus competidores. 

Hemos logrado entre todos que China —sin dejar de ser comunista— abrace al capitalismo admitiendo que la mejor defensa es un buen ataque. 

El virus o la pandemia nos vino en el peor momento, y debemos también considerar que tal vez no a todos los países les pillo con el paso cambiado, o que al menos no todos van a salir igual de damnificados. 

Hay que admitir que este proceso brutal de enfermedad global va a beneficiar a algunos países y podría replantearse las posiciones estratégicas de medio mundo. Pero de eso hablaremos más en otra parte del análisis que irá viniendo. 

De momento nos debemos quedar con que esta enfermedad “casual y causal”, como en cualquier otra Guerra Mundial —aunque odiemos referirnos a la actual pandemia como una Guerra— va a dejar países vencedores y vencidos. Y como en todas ellas, la ciudadanía civil será la gran afectada. 

El grado de afección, el segmento social y por edad al que más afecten estos problemas en el futuro, está todavía por definir pues depende de las medidas que tomemos a partir de ahora, y el objetivo que nos marquemos con estas decisiones. 

No será igual si Europa es capaz de articular salidas económicas de gran volumen y de reparto de dinero gratuito a que las soluciones pasen por préstamos, o incluso a que no existan decisiones globales por frenos desde diversos gobiernos que buscan marcar territorio sea geográfico, identitario o ideológico.

¿De qué forma se puede salvar a una generación de jóvenes sin trabajo ni futuro claro, que necesitan encontrar sus espacios de futuro? 

¿En qué momento serán los jóvenes actuales los que tomen las decisiones, de un tipo o de otro, para ser los protagonistas de los momentos que tengan que venir? 

¿Podrían caer en la manipulación inteligente estas generaciones que necesitan rebelarse contra “todo” pues nada les está ofreciendo soluciones válidas?

Julio M. Puente Mateo

20.3.21

Día Mundial de la Felicidad. ¿Queremos intentar atrapar la felicidad?


Cada 20 de marzo se celebra el Día Mundial de la Felicidad. Suena muy bonito pero cada vez es más complicado lograr una felicidad básica, no ya una gran felicidad sino una sencilla, para estar simplemente feliz.

La felicidad es algo que para cada persona es distinto y tiene un tamaño muy diferente. Para mí, felicidad es una llamada, una tarde de ocio, estar con mi familia o amistades, un viaje, y sin duda, claro, cualquier recuerdo alegre. Pero para cada persona cuando se piensa en "Felicidad" se imagina, seguro, u8n instante diferente. No es malo esto, así sabiendo que hay "muchas" posibles felicidades, podemos elegir e incluso ir cambiando a lo largo de la vida.

¿Y a tí, qué te hace feliz? ¿Puedes elegir estar feliz si te lo propones, simplemente queriéndolo? No es fácil, pero entrenándose algo se puede mejorar esa sensación, para que resulta más sencillo intentar alcanzar algo de una felicidad básica.

Pensemos.: ¿Sonreír? ¿Una buena música? ¿Una compañía agradable para ti? ¿Hacer feliz a los demás? ¿Saber detectar dónde está la belleza? ¿Pensar, escribir, hablar sobre la felicidad y la calma? ¿Saber estar más alegre? ¿Quererte un poco más? ¿Cambiar el color de tu ropa, de tu peinado, de tus uñas, de tus complementos? ¿Sabes distinguir las flores, las plantas por sus aromas? ¿Una buena cerveza, un buen plato cocinado con amor? ¿El sexo te hace feliz? ¿Un animal de compañía te puede ayudar? ¿Viajar de un lado a otro aunque sea con un libro? ¿Llamar a un amigo o amiga y charlar un rato?

Laura P. Puente Ajovín