6.12.18

Estamos en crisis. Tiempo de oportunidades

Como sociedad nos cuesta mucho entender qué está sucediendo, pero todos admitimos que algo sí está sucediendo. Y que según lo que suceda, ya nada volverá a ser igual a como era hace una década. La presunta complejidad que no es tal, nos lleva en muchos casos al desencanto, a apartarnos o incluso a elegir caminar con las vísceras en vez de con la cabeza.

Yo, que a veces me rodeo de políticos mucho más importantes que yo, incluso de varias ideologías lo cual ya sé que suena rarísimo, noto una pérdida de tiempo y de músculo que me preocupa tremendamente. Desde esa política odiada, somos capaces de hablar de acequias, de semáforos, de carreteras comarcales, de estudios sesudos sobre asuntos sin final, pero casi nunca hablamos de lo magro, de lo que en realidad afecta a la sociedad, al país, al momento que vivimos.

Aunque solo tenemos el presente, cada paso que damos nos hace avanzar hacia el futuro. E incluso si nos quedamos quietos el tiempo sigue corriendo hacia el futuro. No hacer nada es hacer.
El trabajo no solo ha cambiado, sino que va a cambiar mucho más. Nadie sabe a qué trabajaremos dentro de 20 años. Y con el trabajo va la economía, y antes de ellas nuestra capacidad de consumo y de construcción feliz de nuestro envoltorio. Y no hablamos de esto.

Como no hablamos tampoco de las debilidades que nuestro sistema social tiene y que algunos, incluso sin darse cuenta ellos mismos, juegan a joder. A veces un paso mal dado supone que te partas la cadera. Y ya nunca más andas como antes.

No hablamos de verdad del cambio climático, tampoco de nuestra capacidad para podernos defender de las manipulaciones por exceso de información manipulada, ni del futuro de nuestras pensiones, ni del final del mundo rural como lugar de habitabilidad y sus posibles soluciones y/o consecuencias, ni de nuestra educación manipuladora, ni de unos servicios públicos asumibles y controlables, ni del poder de los laboratorios farmacéuticos, o de los poderes escondidos que controlan al mundo, ni del hambre y pobreza en nuestras calles más cercanas, o de la pérdida de capacidad para leer más de 8 segundos un texto con más de un titular y dos líneas.

Tenemos muchísima más información que nuestros padres, pero no la queremos entender e incluso ni leer. Queremos que nos la resuman, nos la den masticada. Y efectivamente, nos la ofrecen blandita y pasada a puré. Y con ella decidimos. Pero estoy convencido de que esto es una moda más, producto de los cambios tecnológicos que se nos han apoderado sin poderlos asumir bien. Volverá la calma y el sentido común. Lo malo será observar lo que habremos roto en el camino.