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19.4.19

Jueves Santo de antaño. Cosas de críos

Mis primeros contactos con el Jueves Santo eran paternos, de colonia de día de fiesta y de afeitado a media tarde. Mi padre trabajaba tanto, incluso los domingos por la mañana, que tenerlo en casa un jueves por la tarde era especial. Verlo ponerse guapo, afeitarse delante de mí, ponerse las mejores ropas me parecía casi un milagro. Luego recorríamos con mi madre y mi hermano las iglesias del barrio, buscando estampicas que recogíamos tras dejar cinco o diez céntimos en la bandeja, que nuestros padres nos entregaban antes en un montón.

Según como fuera de guapa la estampita del santo, dejábamos cinco o diez céntimos, que para nosotros era mucho. Nunca he recordado qué hacíamos luego con ellas. Con el tomillo bendecido del Santo Sepulcro, sí. Lo colgábamos del calendario de la pared del comedor. El mismo que siempre teníamos en alto, junto a la radio de antenas que iban por el techo de la habitación hasta el balcón. Hasta que cambiamos de casa, a una nueva, y allí el calendario se desplazó a la cocina.

El Jueves Santo siempre era un día especial pues vivíamos justo enfrente de San Nicolás, de donde salía una procesión enorme y muy especial, llena de símbolos que no siempre entendíamos. Se salvaba de la cárcel a un preso y eso no lo entendía bien. ¿Era malo? ¿Y si era malo por qué lo abrazaban todos en cuanto salía a la calle vestido de oscuro y con la cara tapada, poco antes de salir la procesión?

Hoy recordaba que a media tarde, tras la sobremesa pero antes de salir por la tarde la Virgen a la calle, venían los gitanos ricos de la ciudad a entregar un abrazo con su sobre a los jefes de la cofradía. Entraban a la iglesia, estaban un buen rato y salían vestidos de guapo y con oros y brillos para montarse a su coche que les esperaba donde nadie podía aparcar.

Eran dos o tres familias como mucho, y nunca llegaban juntas. No se mezclaban. Pero todos ellos eran similares. Grandes, fuertes, gruesos, grises claros, sonrientes, amigos de todos, y como entraban salían, entre abrazos y palabras suaves que nunca escuchábamos. Entraban a ver a la Virgen y a dar una limosna me decía mi madre. Pero ellos era como distinto, los trataban como si fueran los jefes de la Virgen. Nunca lo entendí.